blogeditor · 9 de octubre de 2020
“En nuestra familia, todos aman las flores. Por eso las tumbas nos parecen tan extrañas“.
Tomado de “Amante de las flores”; Louise Glück
Ya le urgía —en realidad le sigue urgiendo, a decir verdad— a la Academia Sueca que concede el Nobel, limpiarse un poco la cara después de la pesadilla que ha sido para sus honorables miembros hacerla sobrevivir luego de los sucesivos escándalos mediáticos que han desgastado su imagen de impecabilidad ante el gran público. Primero fue el desdén con el que Bob Dylan la (mal)trató en 2016, cuando al anuncio de la concesión del Nobel literario para su obra; lo que siguió fueron primero días y después semanas de desconcertante descortesía por parte del de Like a Rolling Stone para finalmente solo musitar algunas declaraciones inconexas de algo parecido al agradecimiento y finalmente, en un momentazo histórico, pedir a su amiga, la cantante Patti Smith que acudiera en su lugar a recibir el premio en ceremonia dentro de la cual ella, poderosamente, interpretó A Hard Rain’s A-Gonna Fall dejando zanjada, de alguna manera, la tensísima relación de su amigo Bob con la Academia.
Vino el 2017 y las cosas parecieron tranquilizarse con el anuncio de que el japonés británico Kazuo Ishiguro, autor ampliamente reconocido, obtenía el galardón. Pero entonces la Academia decidió tomar una pausa para atender el escándalo que todos conocimos, relacionado con las acusaciones nada menos que por violación dirigidas a su colaborador Jean-Claude Arnault y la posterior cancelación tanto del anuncio del Premio como de la ceremonia 2018 (un hecho absolutamente inédito). Al año siguiente, el “renacimiento” del prestigio Nobel se intentó con los sendos premios entregados durante la retomada ceremonia de 2019, pero vino el caso del austriaco Peter Handke, señalado por su apoyo a la brutalidad serbia durante la guerra que desintegró Yugoslavia durante la última guerra de los Balcanes y de nuevo la historia del Nobel de literatura se vio manchada por un hecho indeseable nada ligado al quehacer literario. En 2020, año ciertamente inolvidable, la concesión del Premio Nobel de Literatura a una poeta como Louise Glück reafirma la vocación de los integrantes de la Academia por separarse todo lo posible de las polémicas y atender lo que, a juicio de cualquier ámbito respetable en el mundo de la cultura, debe ser su orientación principal: reconocer la obra de un destacable.
Nacida en el agitado Nueva York de principios de los años cuarenta del siglo pasado —cuando los Estados Unidos debatían su economía participando en la Segunda Guerra Mundial— Louise Glück no está hecha para los aspavientos: la suya es una poesía de vocación social que más que hablar a la colectividad alude al individuo: la propia escritora ha declarado que la suya es una obra dedicada a reflejar la voz de quienes ha escuchado y en ese sentido se circunscribe al hallazgo de otro grande como Walt Whitman (por cierto, también neoyorquino) cuyo eje poético siempre giró alrededor de la experiencia magnificente de la vida.
En todo caso, el anuncio del Nobel de Literatura este año vuelve a colocar al centro de las mesas de noche de muchos lectores, la obra de un autor en muchos casos desconocido hasta antes de su irrupción en todos los noticieros del planeta. Como es ya casi tradición luego del aviso, este es un gran momento para acercarse a la obra del premiado o, dicho de otra manera: qué bien que ya está aquí el fin de semana, para poder acercarse a la obra de Louise Glück.