Poder partir en paz

Joel Aguirre · 17 de julio de 2026

Poder partir en paz

Por Roberto Rueda Monreal*

¿Quién eras o qué sentías tú antes de que tus padres se conocieran siquiera? Para bien o para mal, uno va descubriendo el germen conservador de la sociedad mexicana en la medida en que, en medio de ciertas charlas un tanto filosóficas, emergen temas que, sencillamente, no se han abordado o que se han ido ocultando a lo largo de la existencia.

Una de esas charlas me remitió a lo que ocurrió con una de mis novelas, Pétalos Negros, en donde abordo a la muerte como personaje en sí mismo, a través de la psique de una doctora forense peculiar, en un mundo distópico en donde la inmensa mayoría de la población —encerrada en sus lindos departamentitos, en altísimas y muy tecnologizadas e infinitas torres de azul cristal— experimenta la sensación mortal de la repetición sinfín y, en consecuencia, una demoledora serie de trastornos psiquiátricos.

Proponer esta sociedad, a este ser humano del futuro que, muy probable e irremediablemente, terminará también sintiendo una sensual atracción por el cuerpo de los muertos se esbozaba sencillamente imposible para el público lector mexicano. No pocos editores y casas productoras cinematográficas me lo dijeron tajantes: México no está preparado para que le sacudas la postal que ya tiene de la muerte, a saber, todas las coloridas versiones de La Garbancera de José Guadalupe Posada.

¿México no está preparado?

“México no está preparado” fue la misma frase que estúpidos compañeros de la generación de mi universidad repetían como merolicos en medio de debates sobre la posibilidad de que dos mujeres llegaran a casarse o que una mujer pudiese gobernar el país.

“México no está preparado” fue lo que pensó parte de la sociedad y hasta gente intelectual cuando algunos propusimos una Sociedad de Convivencia (en su etapa primeriza de anteproyecto) en donde la entidad llamada “pareja” no era en absoluto la estrella de la protección social, como sí lo era, más bien, un conjunto de personas (el número no importaba) que no tuviesen parentesco entre sí, pero que viviesen bajo el mismo techo, pues, en medio de una ciudad tan monstruosa y propiciadora de soledad como Ciudad de México, era muy claro que estábamos pensando antes que nada en la amistad y en la cada vez más necesaria solidaridad, nunca en el trato sexual (tema al que, morbosamente, siempre volvían legisladores locales).  

Este tipo de realidades o pasajes me ha vuelto con fuerza en el presente, ahora que la asociación Libertad para Morir aparece ante los chilangos para replantearnos un paradigma, pero, sobre todo, para que le hagamos frente a una realidad largamente menospreciada frente a miles de personas que se desgañitan al grito del “derecho a la vida”, invisibilizando a los que pugnamos por el “derecho a la muerte”. No obstante, ¿de qué muerte estamos hablando?

Productos culturales y obras de arte fílmicas nos pueden ayudar a aquilatar el dolor

Ciudad de México cuenta con una Ley de Participación Ciudadana, cuyo artículo 34 podría ser la jurídica puerta de entrada a la Asistencia Médica para Morir. Existen las condiciones para replantear el derecho a la vida para que su fin, su término, es decir, la muerte, deje de ser vista todo el tiempo como una fatalidad biológica y se la mire como el resultado de una decisión libre, autónoma y muy íntima, pero, al mismo tiempo muy informada, apoyada y, sobre todo, muy consciente.

Una eutanasia, por el momento, hay que decirlo, planteada en contextos muy específicos. Unos en donde el paciente ya no puede hacer cosas por sí mismo y que, encima, está sufriendo dolores insoportables e incompatibles con las condiciones mínimas de dignidad de la vida humana.

Hay algunos productos culturales y obras de arte fílmicas que nos pueden ayudar a aquilatar esta básica descripción del dolor, de la desolación y de la postración. El documental mexicano El último viaje, del director Rodolfo Santa María Troncoso; la película Mar adentro (protagonizada por Javier Bardem); la película No conoces a Jack (protagonizada por Al Pacino) y el cortometraje documental El viaje a Islandia (del cineasta César Vallejo) son algunos ejemplos de lo que se está hablando aquí, independientemente de los casos que pululan por el planeta.

La muerte da más vueltas que la vida

Superemos esquemas mentales anquilosados y, como ciudadanos, ayudemos a que las personas que lo necesiten y lo deseen puedan bien morir. 

Estamos en este contemporáneo mundo, entre otras cosas, para entender y respetar el hecho de que una persona, si bien no pudo decidir ni el momento ni las condiciones de nacer, bien pueda decidir el momento y las condiciones de morir. Sería un buen comienzo.

Tenemos una oportunidad histórica para hacer algo. La asociación cuenta con un sitio web (en donde se encuentra toda la información necesaria) para la recolección de firmas en apoyo a la Asistencia Médica para Morir. Seamos empáticos. Firmemos todos.

La vida da muchas vueltas. La muerte da muchas más. 

¿Quién eras o qué sentías tú antes de que tus padres se conocieran siquiera?

En una de esas, uno de los nuestros o nosotros mismos desearemos regresar a ese momento llamado Nada para parar el infernal dolor y, finalmente…  ¡poder partir en paz!

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*Roberto Rueda Monreal es politólogo, escritor y traductor literario formado en la Universidad Autónoma Metropolitana y en el Instituto Francés de América Latina.