‘Planeta de los Humanos’ confronta al capitalismo verde

blogeditor · 14 de mayo de 2020

‘Planeta de los Humanos’ confronta al capitalismo verde

Hace unas semanas un amigo (muy querido) me sugirió ver el nuevo documental del ambientalista Jeff Gibbs, Planeta de los humanos. El documental, producido por el controvertido director Michael Moore, se publicó en el marco del Día de la Tierra y se encuentra disponible de forma gratuita en la plataforma de Youtube. La sugerencia de mi amigo vino acompañada de un artículo en The Guardian, en donde el documental parecía ser criticado ampliamente por su contenido antirrenovables y por diseminar información desactualizada o falsa en torno al movimiento ambiental.

Después de ver el documental, creo que muchas de las acusaciones que se han hecho en su contra confunden la difusión de la desinformación con el mensaje que busca comunicar: la crítica a las estructuras económicas y políticas del capitalismo verde. Parte de las críticas al documental son acertadas. En algunos casos, la información que se presenta sobre las energías renovables parece de hace una década: la innovación tecnológica ha reducido substancialmente el costo de alternativas como la solar y la eólica, permitiendo que algunas organizaciones dejaran de apoyar el uso de biomasa y los biocombsutibles.

Pero la crítica a una parte del movimiento ambiental y su alianza con el capitalismo verde o cualquiera de sus variantes (economía verde, crecimiento verde, desarrollo sustentable, economía circular, etcétera) es bastante atinada. Así, el documental toca dos de las fibras más sensibles del movimiento ambiental: I) la sumisión del movimiento ambiental al capitalismo y la ideología del libre mercado y, II) el papel de la tecnología renovable en el contexto de la crisis climática.

El documental sigue la historia de organizaciones internacionales como The Nature Conservancy, el Sierra Club y 350.org, así como las de sus líderes y otros ambientalistas, entre los que se incluyen el exvicepresidente de Estados Unidos Al Gore, John F. Kennedy Jr. y el escritor y ambientalista Bill McKibben, quienes han promovido un modelo de ambientalismo que, entre otras cosas, busca resolver el problema del cambio climático a través de la ideología del libre mercado y de la innovación, eficiencia y substitución tecnológica (i.e. fósiles por renovables) de la energía.

Recientemente, McKibben respondió al documental en un artículo en la revista Rolling Stone, en donde atinadamente responde a algunas de estas inexactitudes. Aunque personalmente creo que el caso de McKibben es distinto del de otros ambientalistas y organizaciones que sin arrepentimientos han promovido una versión del capitalismo verde, su caso demuestra una reivindicación más clara para apostar por otras alternativas como la oposición al desarrollo de megaporyectos y el uso de combustibles fósiles. Aun así, en su respuesta, McKibben no menciona que buena parte del movimiento ambiental ha estado y continúa asociado al interés de grandes corporaciones y agencias internacionales que han promovido este tipo de ‘desarrollo’ por décadas.

Para quienes hemos trabajado en el movimiento ambiental estas críticas tampoco son nuevas. Por años, muchas personas hemos señalado este tipo de inconsistencias, como tratar de resolver el problema del cambio climático de la misma forma, con la misma mentalidad e incluso con los instrumentos y herramientas con las que fue creado, es decir, por medio y a través del capitalismo. En otras palabras, atender el cambio climático va más allá de la innovación tecnológica y de poner un precio a la naturaleza o a las moléculas de dióxido de carbono para intercambiarlas en el mercado. Tiene que ver con una profunda transformación de las estructuras sociales, políticas y económicas que nos permitan trascender las tendencias más destructivas del capitalismo que están asociadas a un modelo de acumulación por despojo, crecimiento económico infinito y que separan lo social de lo natural.

El documental hace un buen trabajo al evidenciar cómo la apuesta de las grandes corporaciones, las agencias de desarrollo, los bancos multilaterales y el financiamiento para el desarrollo (incluyendo el climático) operan buscando el “enverdecimiento” del modelo económico. Estas instituciones entienden al capitalismo como una esfera puramente económica, y lo desasocian del resto de sus impactos en las esferas sociales, políticas y ambientales.

La filósofa marxista feminista Nancy Fraser ha demostrado que el capitalismo es en realidad una forma de organización social institucionalizada que rige las estructuras de nuestras sociedades y se mantiene en la medida que crea crisis en los ámbitos sociales (a través de la explotación del cuidado y la reproducción social), políticos (separando lo político de lo económico y lo privado de lo público) y naturales (degradando lo natural frente a lo social, lo que incluye a aquellas personas y grupos más ‘cercanos’ a la naturaleza frente a los modernos o desarrollados), todo ello en el nombre de la economía. Al reducir este problema a un ámbito económico, el cambio climático y su solución se reducen a una receta muy simple: asignemos un precio adecuado para atender las ‘externalidades’, aceleremos la innovación tecnológica a través del mercado y redoblemos los esfuerzos para ser más eficientes.

Transitar del modelo económico que depende de los combustibles fósiles a uno parcialmente dependiente del uso de energías renovables (que hoy representan 26.2% de la generación eléctrica), ya está transformado paisajes y formas de vida humanas y no humanas alrededor de todo el planeta. Así, la crisis del Antropoceno (o el Urbanoceno) demuestra cómo las formas de vida con altos consumos materiales y energéticos en grandes ciudades está expandiendo las nuevas fronteras de la mercancía hacia otros espacios rurales y naturales. Por ejemplo, la expansión de la extracción de litio en América Latina (donde se concentra aproximadamente la mitad de las reservas del planeta) para producir baterías está dominando el imaginario y el futuro de la transición energética. En este futuro, un modelo de movilidad individual regido por el mercado y con altos impactos sociales y ambientales demanda el incremento de la extracción de estos materiales.

La lección que puede obtenerse del documental es que todas nuestras acciones tienen impactos importantes en el planeta, o como diríamos en inglés, no podemos tener el pastel y comerlo también (o como diríamos en México ‘no se puede chiflar y comer pinole’). Así, tenemos que reconocer esos límites biofísicos y de esta forma organizar sociedades que no sólo se preocupen por ‘enverdecer’ nuestra energía, sino que se preocupen por establecer límites al consumo de forma democrática. Es decir, tenemos que hablar de equidad, acceso, justicia, democracia y soberanía energética, no sólo de seguridad o transición.

Ahora bien, el documental hace algunas generalizaciones que vale la pena cuestionar. Por ejemplo, en varias ocasiones el documental pone nuevamente en la mesa la discusión sobre la población, en donde los entrevistados hacen referencia a la imposibilidad de tener 7.8 mil millones de personas en un planeta finito con deseos de crecimiento infinito. Apenas 100 empresas son responsables de 71% de las emisiones a nivel global, mientras que, en términos de población, apenas el 7% de la población más rica a nivel global es responsable de más de 50% de todas las emisiones acumuladas en la atmósfera, mientras que el 50% de la población más pobre genera menos de 7% de las emisiones totales. Esta lógica maltusiana (recursos finitos y necesidades infinitas) no sólo ha probado ser incorrecta, sino que ha dado origen a muchos de los conceptos que hoy rigen a las sociedades occidentales, como la competencia, la escasez y la hiperindividualidad, que son parte fundamental de la identidad neoliberal en la que nuestras acciones -y la vida misma- se convierten en una carrera en contra del ocio, el tiempo recreativo y la ineficiencia.

En una sociedad en donde la eficiencia lo es todo, nuestras acciones se convierten en una carrera en contra de l@s otr@s, en una competencia que lleva al desgaste y al cansancio. El filósofo y teólogo coreano-alemán Byung-Chul Han ha detallado este tipo de organización social, en donde incluso nuestras acciones para ‘cuidar el medio ambiente’ se encarnan en esta lógica neoliberal: el individuo es responsable de la reducción de emisiones. Esta es otra forma de extender la idea de que la sociedad no existe y la conducta moral es aquella que sigue los valores de la escasez y la competencia. Un comunicado de solidaridad de las mujeres de Kurdistan que ha circulado recientemente enuncia la misma idea de manera muy atinada:

“Calmar la conciencia a través de un estilo de vida ecológico individualista, sin luchar por la naturaleza y el medio ambiente en su conjunto, está en línea con una ideología capitalista y con las tácticas del liberalismo, que alejan a las personas de las luchas mancomunadas”.

Este punto es fundamental para comprender que esencialmente estamos confundiendo el salvar nuestras formas y estilos de vida con salvar el planeta.

El documental también deja de lado la crítica a la energía nuclear y el alto riesgo que tiene apostar por este tipo de tecnología y, tal vez lo más preocupante, no plantea alternativas. En su crítica a la tecnología, Marx describe cómo al organizarse la innovación tecnológica como un negocio, ésta se transforma en competencia. Esta tendencia desincentiva el desarrollo de tecnologías socialmente necesarias, a favor de otras económicamente lucrativas. Así, Gibbs omite siquiera mencionar que existen alternativas de uso y organización social alrededor de la tecnología, lo que ha permitido que algunos grupos de antiecologistas tomen el documental como prueba o evidencia en contra de los movimientos ambientales y de las energías renovables.

¿Una recuperación verde después de COVID-19?

El documental apareció en un momento tanto complicado como interesante. El 50 aniversario del Día de la Tierra pasó casi desapercibido gracias a la pandemia. Sin embargo, dejó un frío recordatorio del impacto que el avance de las fronteras de la deforestación masiva, la industria extractiva y la agroindustria han tenido para facilitar el avance de la pandemia y del cambio climático. Rob Wallace, en su libro Grandes granjas producen grandes gripes, refleja cómo la agroindustria, a pesar de conocer los grandes riesgos de la producción masiva de carne y la agricultura intensiva e industrializada, continúa priorizando los beneficios económicos sobre el interés y la salud de las personas, los animales y el medio ambiente.

Este modelo agroindustrial no sólo es el principal productor de patógenos, también es responsable de eliminar conocimientos tradicionales para producir alimentos que han probado ser más eficientes y accesibles, mantener la fertilidad de los suelos y asegurar formas de subsistencia para millones de campesinos en Asia, África y América Latina. El Atlas de la Agroindustria, por ejemplo, muestra cómo la producción de alimentos, controlada por grandes corporaciones multinacionales, no ha servido para reducir el hambre. Más bien, ha producido una desigualdad global en el acceso a la comida y cerca de 800 millones de personas pasan hambre.

Asimismo, la transición energética basada en el uso de energías renovables no puede estar fundamentada en un modelo que pretenda reducir emisiones, pero que al mismo tiempo sostenga el crecimiento económico ilimitado y el consumo de más energía (como se muestra en las proyecciones de IRENA). En este modelo, el combate al cambio climático se traduce en la producción de zonas de sacrificio, en donde formas de vida humana y no humana en su relación con el paisaje y el territorio pagan el costo de mitigar el cambio climático a través de megaproyectos de energías renovables sin un debate en torno a la equidad, acceso y justicia energética.

En este momento, en donde la pandemia ha dejado al descubierto los horrores del neoliberalismo, las estrategias de recuperación del Coronavirus deben asegurar que el modelo de la transición energética y agro-ecológica promueva un futuro distinto al que hace referencia el documental y al que apuntan los paquetes de recuperación de varios países. En México, la recuperación se apuntala a la construcción de más infraestructura que sigue apuntando al crecimiento económico y al uso de los combustibles fósiles, mientras que en otros países los medios para asegurar el control de la población e imponer una ideología neoliberal se hacen cada vez evidentes en las formas de control tecno-totalitario (por ejemplo con el uso de los pasaportes y apps inmunológicos).

Las energías renovables sin duda jugarán un papel importante en el futuro de la humanidad, sin embargo, en este momento en el que la industria del petróleo se encuentra en una posición debilitada, es sumamente importante que los paquetes de recuperación apuesten por un modelo que no limite la transición energética a una propuesta tecnológica y financiera de gran escala y con altos impactos sociales y ambientales.

Un modelo de transición energética debe estar regido por principios de soberanía, democracia y justicia energética, en donde comunidades urbanas y rurales tengan la posibilidad de generar su propia energía reduciendo los impactos espaciales y ambientales asociados al desarrollo de megaproyectos para la reducción de emisiones. Este modelo necesariamente requerirá de un Pacto Eco-Social y Económico (Green New Deal) que entre otras cosas permita: a) reestructurar el papel del Estado para que sea capaz de guiar una transición hacia la soberanía, la justicia y la democracia energética y alimentaria; b) reconciliar el modelo de transición energética con la justicia social a través del avance de la soberanía y no de la seguridad energética que sostiene una lógica neoextractivista del desarrollo y; c) eliminar la dependencia de los combustibles fósiles así como de los megaproyectos de energía renovable reconociendo su impacto material y espacial. Este pacto no sólo requería de una transformación de las fuentes de energía, sino un debate social y democrático sobre la equidad y el acceso a la energía en México.

En este sentido, el documental de Jeff Gibbs trae a la mesa un debate que deja muy claro que, aunque hay quienes estamos hablando de dejar atrás el capitalismo, buena parte de las organizaciones ambientales aún mantienen algunas de estas narrativas. Por ejemplo, el compromiso de la APF con los megaproyectos basados en el consumo de combustibles fósiles y en mantener las bases del libre comercio, continúa apostando por un modelo, aunque crítico del neoliberalismo, fundamentado en un paradigma del desarrollo y el crecimiento económico que será a la larga, igualmente dañino. La oportunidad que trae la pandemia, a pesar de todos los horrores que también supone, es que abre un espacio para redefinir y reconciliar la transición energética con los principios de justicia y democracia socio-ecológica, más allá del modelo basado en el libre mercado, el tecno-optimismo y el neoextractivismo.

* Carlos Tornel es investigador y candidato a doctor en la Universidad de Durham, Inglaterra. Este artículo se benefició de los comentarios y observaciones de Dolores Rojas, Jenny Zapata, Jorge Villarreal y Claudia Campero con quienes el autor está profundamente agradecido.