Joel Aguirre · 15 de julio de 2026
Por Julieta Jocabeth*
En las últimas semanas, una narrativa inquietante ha comenzado a ganar terreno en el debate público: la idea de que la fe y la devoción exigen que las mujeres den un paso al costado de la vida democrática y cedan su voto al criterio de sus esposos. Bajo el cobijo de discursos que apelan a un supuesto “plan divino”, se intenta romantizar la renuncia a la ciudadanía.
Frente a esta ola que pretende devolver a las mujeres al silencio, resulta urgente cuestionar el trasfondo teológico y político de estas afirmaciones. ¿Realmente la fe exige el aislamiento cívico de las mujeres o estamos ante una peligrosa instrumentalización de las Escrituras para pavimentar el camino hacia dinámicas de control absoluto sobre su vida y su libertad?
Un eco surgido de conferencias en Estados Unidos ha reavivado una discusión que trasciende fronteras. En el marco de la cultura TradWife y de eventos como el encabezado por Erika Kirk, en Texas, se ha difundido una narrativa preocupante: mujeres dispuestas a renunciar a su voto bajo el argumento de que, al ser “una sola carne” con sus esposos, un solo sufragio representa al matrimonio, presentando esta decisión como el “plan divino de Dios”.
No me interesa juzgar la libertad de quien decide no acudir a las urnas. Me preocupa que una decisión individual se promueva como un mandato bíblico para todas las mujeres.
Escribo estas líneas desde una profunda convicción que entrelaza mi fe cristiana, mi profesión como abogada y mi experiencia en la prevención y atención de mujeres víctimas de violencia. Tanto el derecho como la teología han desarrollado rigurosas reglas de interpretación (la hermenéutica jurídica y la hermenéutica bíblica) porque entienden que ningún texto puede comprenderse de manera aislada. Ni las normas ni la Biblia pueden leerse a partir de un solo fragmento; ambas exigen una lectura integral que considere el contexto histórico, los principios que las rigen y su finalidad última.
La pregunta obligada, entonces, es si existe un fundamento bíblico suficiente para presentar esa decisión como el modelo universal para toda mujer creyente. La respuesta es un rotundo no.
Por el contrario, al acercarnos a las Escrituras encontramos una premisa fundamental: Dios llama a cada persona a responder de manera individual delante de Él. Esto significa que la unidad matrimonial nunca debe construirse sobre la anulación o la delegación del discernimiento propio. De hecho, Dios advierte con firmeza sobre el peligro de depositar una confianza ciega en los seres humanos, pues esa obediencia absoluta, que roza la idolatría, solo le corresponde a Él.
Quienes pretenden utilizar la fe para desterrar a las mujeres del espacio público ignoran la riqueza de las propias Escrituras. La Biblia desmonta la idea de un único modelo pasivo de feminidad. Es cierto que muchas mujeres, como María, recibieron y aceptaron con gracia el llamado a la maternidad. Pero también encontramos a Débora, quien, además de ser esposa, ejercía un liderazgo político y judicial como jueza de Israel, gobernando y convocando al ejército (Jueces 4:4); a la reina Ester, que intervino con valentía e inteligencia política ante el imperio para salvar a su pueblo; a Priscila, quien enseñaba teología y exponía con exactitud el camino de Dios junto con su esposo, Aquila (Hechos 18:26); o a Febe, reconocida explícitamente por el apóstol Pablo como diaconisa (Romanos 16:1).
Dios no uniforma el llamado de las mujeres; por el contrario, reconoce y celebra una diversidad de vocaciones que honran la identidad y el propósito de cada una.
Al final del día, el Dios en el que creemos es un Dios vivo que no necesita intermediarios humanos para decirle a una mujer cuál es, en lo individual, su propósito. La misma Escritura nos recuerda en Romanos 8:15 que no recibimos un espíritu de esclavitud para vivir otra vez en temor, sino un espíritu de adopción por el cual podemos llamarle Padre. Somos sus hijas, no sus siervas ciegas; y un Padre que ama la libertad jamás diseñaría un plan para vernos sometidas u oprimidas.
La participación política y ciudadana no riñe con el evangelio. Cuando Jesús pronunció la célebre frase: “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:21), no fragmentó la vida del creyente, sino que distinguió ámbitos de responsabilidad. El voto y el ejercicio de la ciudadanía forman parte de los deberes civiles que nos corresponden para procurar el bienestar de la comunidad en la que Dios nos ha puesto. El voto no es solo un papel depositado en una urna; es una expresión de nuestra conciencia social y política, y una herramienta para construir estructuras más justas.
Con frecuencia, los discursos de sumisión extrema se sostienen en una lectura aislada de Efesios 5. Sin embargo, suelen omitir el versículo que da sentido a todo el pasaje: “Someteos unos a otros en el temor de Dios” (Efesios 5:21). El modelo bíblico describe una entrega mutua, un respeto recíproco y, sobre todo, establece que quien encabeza el hogar también debe estar sujeto a Cristo.
Promover narrativas que despojen a las mujeres de su autonomía cívica e individual, colocándolas bajo un esquema de subordinación absoluta, resulta sumamente peligroso. La realidad nos recuerda que, desafortunadamente, muchas mujeres viven situaciones de violencia dentro de sus hogares. Ante este panorama, vale la pena preguntarnos si es prudente respaldar discursos que limiten o desalienten su autonomía cívica.
La participación política de las mujeres no representa una confrontación; es una vía para construir el bien común. Gracias a la presencia de las mujeres en el espacio público se han logrado visibilizar y atender problemáticas que durante años permanecieron fuera de la agenda, como la protección de la niñez, el reconocimiento del valor de las tareas de cuidado y la atención a la violencia familiar, incorporando perspectivas y experiencias que históricamente habían sido excluidas.
El derecho al voto no es un accesorio prescindible, sino el escudo cívico que nos permite nombrar los dolores que durante siglos fueron confinados al silencio. Por ello, callar a las mujeres bajo el argumento de un supuesto “plan divino” no es teología, sino una estrategia de control político. Ceder el voto hoy, bajo la promesa de una falsa paz familiar, significa pavimentar el camino para que mañana intenten borrarnos por completo.
Al final, honrar a Dios no consiste en entregar nuestra conciencia a un hombre, sino en ejercer con libertad la voz y la responsabilidad que Él mismo nos dio, para asegurar que el silencio nunca vuelva a ser nuestro destino.♦
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*Julieta Jocabeth es maestra en Derecho. Desde el ámbito jurídico y las políticas públicas trabaja en la construcción de estrategias para prevenir, atender y erradicar la violencia contra las mujeres. Redes: @Julieta_Jocabeth