Pirotecnia: tradición cuestionable

blogeditor · 18 de diciembre de 2019

Pirotecnia: tradición cuestionable

En México, la pirotecnia significa alegría, diversión, fiesta y felicidad. Por ello es muy común que a lo largo del territorio nacional se recurra a esta actividad recreativa para la celebración. Al crecer ¿quién no amó el silbido y las enormes luces en el cielo en una noche de festejo? Además del placer que genera entre los habitantes, el argumento central que legitima esa práctica consiste en una falacia ad antiquitatem, es decir, afirmar que si algo se ha venido haciendo desde hace mucho tiempo es que está bien y es incuestionable.

Sin embargo, valdría la pena preguntar si es pertinente continuar con la tradición, tomando en cuenta las crisis ambientales globales del siglo XXI, la profusión de textos académicos sobre estudios críticos animales y el surgimiento del paradigma poshumanista que, entre otras cosas, cuestionan la retórica que defiende las prácticas culturales por el simple hecho de existir. Para darle salida a dicha reflexión, analizaré las repercusiones de la práctica de la pirotecnia desde tres vertientes: los daños al ser humano, la contaminación ambiental y auditiva, y los perjuicios hacia los animales no humanos.

En el municipio de Tultepec en el Estado de México, al norte de la zona metropolitana de la capital, se han presentado varias explosiones en las bodegas donde se almacenan los fuegos artificiales, las cuales han causado, en los últimos cinco años, la muerte de por lo menos 50 personas, además de dejar otros tantos heridos como aquéllos que quedan mutilados porque les explotan los cohetones en las manos. El argumento más fuerte que ha mantenido y legitimado a la pirotecnia es el económico, ya que se contempla como una actividad artesanal que sustenta a múltiples familias; sin embargo, es una explicación endeble y sesgada porque, aunque es cierto que obtienen beneficios, se pueden optar por otras alternativas que no causen daños (aunque estos no sean intencionales). Además, al ser una actividad artesanal, sin normativas que regulen su proceso productivo y que se lleva a cabo en las viviendas familiares de los artesanos, es prácticamente imposible que las autoridades puedan verificar los procedimientos; por lo tanto, no existe un control de calidad en cuanto al uso de materiales o sobre las normas de seguridad industriales.

En segundo lugar, debemos analizar el daño ambiental. Los fuegos artificiales y los cohetones están hechos de compuestos altamente contaminantes, como perclorato de sodio, cobre, estroncio-litio, antimonio-magnesio, aluminio y otros metales pesados, que al momento de detonar liberan monóxido de carbono y otros tipos de partículas suspendidas. Cuando estos gases entran directamente al sistema respiratorio en grandes cantidades pueden causar enfermedades respiratorias e incluso envenenamiento. Por si fuera poco, hay que agregar las otras emisiones de gases generadas por la hidrocarburo-dependencia mexicana en la movilidad que, cuando se suman con los residuos de la pirotecnia, provocan la mala calidad del aire, fácilmente perceptible por la escasa visibilidad y el olor a pólvora.

El otro tipo de contaminación que se genera es la auditiva. De acuerdo con la especialista en audiología Jimena Atuán Rodas, la detonación de petardos y cohetones alcanza hasta los 190 decibeles, superando por mucho el nivel permisible para el oído humano (70 a 85 decibeles). En este sentido, son los niños pequeños los más propensos a padecer daños auditivos porque sus oídos son muy sensibles. Además, se deben considerar a los niños autistas y todos aquellos individuos que padezcan un desorden del procesamiento sensorial, pues dado que tienen los sentidos exacerbados y perciben los ruidos y las luces de manera aumentada, el “espectáculo” se vuelve una auténtica tortura. Lo mismo sucede con los animales no humanos, quienes también tienen, por lo general, un oído considerablemente más sensible que el humano y por lo tanto pueden sufrir daños más graves, como pérdida de audición o tinnitus, es decir, zumbido persistente.

Vale la pena mencionar otros daños físicos y psicológicos a las demás especies. Básicamente, los perjuicios registrados han sido hacia especies urbanas, como animales de compañía o aves citadinas. La British Small Animal Association indica que la mayoría de los animales de compañía le tienen fobia a los cohetes y, al escuchar los estruendos, tienen reacciones de temor. Estas últimas se pueden asociar con consecuencias físicas como paralización total o parcial, conductas de evitación activa (intentos incontrolados de escapar y esconderse), temblores y jadeos continuos, salivación, taquicardia, vocalizaciones intensas e incluso micción o defecación. Además, al momento de sentir temor pueden huir, perderse y ser víctimas de accidentes, ser atacados por seres humanos o incluso morir. A su vez, las aves reaccionan frente a los estruendos con taquicardias que les pueden provocar la muerte. El shock que genera el ruido de la pirotecnia se asocia con respuestas de desorientación y pánico que las pueden hacer chocar con los edificios o volar sin rumbo. El estrés también suele obligarlas a abandonar su hogar repentinamente, ya que buscan huir, y muchas aves no saben cómo volver a sus nidos, con lo que sus polluelos quedan abandonados. Finalmente, cabe mencionar que los insectos y otros animales pequeños poco pueden hacer para no ser dañados; para ellos, la pirotecnia es un explosivo de gran tamaño. Además se ha reportado que a los animales en cautiverio ─tanto en los zoológicos como en los establos─ también les genera daños físicos y psicológicos, e incluso que detonar un cohete cerca de ríos y lagos puede aumentar los niveles de contaminación, dañando microorganismos y a la fauna acuática.

Aunque la pirotecnia es una práctica cultural muy arraigada en México, tiene que cambiar. Se ha vuelto un espectáculo de ostentación que, en muchos casos, contradice el discurso político de quienes la incentivan, como los jefes de Estado (además de apropiarse de forma violenta del espacio público). Por un lado, las agendas políticas incorporan la salud ecosistémica y la responsabilidad ambiental, pero por el otro se organizan espectáculos con toneladas de pólvora en pos de “celebrar algo importante”.

* Gino Jafet Quintero Venegas es doctor en Geografía por la UNAM. Actualmente es profesor de Zoogeografía y de Geografía y Ética en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM e investigador posdoctoral en el Programa Universitario de Bioética, en la línea de Zooética. Es miembro regular de la Academia Mexicana de Investigación Turística y coordinador de los seminarios Geografía de la coexistencia: reflexiones espaciales en torno a las relaciones entre animales humanos y animales no humanos y Naturaleza y ética post-darwiniana.

 

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Fuentes:

Rivero-Weber, P. (2004). Apología de la inmoralidad (Ponencia). Seminario El Ejercicio Actual de la Medicina. División de Estudios de Postgrado e Investigación, Facultad de Medicina, UNAM. Versión en línea disponible aquí. Último acceso 13 de diciembre de 2019.