Base de la Pirámide social: eufemismos, contradicciones, y muchas buenas intenciones (Parte 2)

Redacción Animal Político · 14 de mayo de 2024

Base de la Pirámide social: eufemismos, contradicciones, y muchas buenas intenciones (Parte 2)

Sobre las no–definiciones

Uno de los primeros rudimentos sobre cómo se construye el conocimiento está en cómo se llega a una definición de las cosas: las personas elaboramos primero objetos del pensamiento (Ej. palabras, ideas, imágenes, abstracciones, conceptos, fórmulas, ecuaciones, teoremas …), y es sólo hasta después, aunque no en todos los casos, que esos mismos “objetos mentales” aparecen en el mundo físico, con una concreción material y social (como cuando a nivel especie, concebimos las primeras canoas, el primer juego de mesa, las primeras reglas para jugar a algo juntos, el primer cuento para narrar junto al fuego, la mitología base de las religiones, el método científico, los navegadores web, la inteligencia artificial y un inagotable etcétera).

Menciono aquí el tema de las definiciones, precisamente porque sabemos –o deberíamos- que una cosa o noción, de ninguna manera puede definirse a partir de aquello que ésta NO es. Baste con imaginar que palabras “sencillas” como mesa, pantalla, texto… no podríamos definirlas simplemente a partir de explicaciones tales como “No es una silla”, “No es un librero”, “No es música”, “Esto no es una pipa”… una cosa más que curiosa, ya que justamente en el universo de los fenómenos sociales suele ser donde más atractivo se vuelve el uso de estas formas de no–entendimiento. De las no–definiciones.

Así pues, retomando la base de la pirámide, seguramente estaremos de acuerdo en que existe todo un estado del arte en continuo desarrollo, sobre esta misma cuestión: para empezar qué nomenclatura es la más adecuada y acorde con los tiempos, qué pasa con la comprensión teórica (y nuestra capacidad pragmática para incidir) sobre fenómenos de empobrecimiento, deprivación social, precarización y carencias materiales; o inclusive, por qué no, ¿cómo exhibir una mínima corrección política al abordar este tema y pasar por alguien entendido, o respetuoso? ¿Qué es la pobreza, en última instancia? ¿Cómo son las personas pobres?

Parte del desafío estriba en que, salvo en círculos netamente académicos u oficiales en universidades, gobiernos e instituciones con capacidad técnica a gran escala, todavía hoy persisten visiones de estos fenómenos que los siguen concibiendo desde una noción de Déficit –o sea, todo aquello que NO es / que NO está- y así, paradójica e involuntariamente, podríamos estarle negando una parte esencial de su propia existencia a las personas empobrecidas; desde el poder de quien está “socialmente facultado” para adjudicar, categorizar, medir e intervenir sobre la vida cotidiana y las decisiones personales de la gente.

Imagen creada con inteligencia artificial de una mujer con el rostro en rompecabezas.
Imagen generada mediante IA, 14 de abril de 2024.

Siempre que escuchamos frases como: “Los pobres NO son…”, “los pobres NO cuentan con…”, “los pobres NO consumen…”, o “los pobres NO sueñan con…”, estamos ante esta contradicción epistémica, pero también humana y ética, de definir homogénea y arbitrariamente a las personas, considerando sólo aquello que ni siquiera forma parte de ellas:

  • No ricos
  • No escolarizados
  • No inteligentes o juiciosos
  • No “chambeadores”
  • No planificadores
  • No bancarizados
  • No digitalizados
  • No informados
  • No lectores o cultivados
  • No ambiciosos o soñadores
  • No consumidores de tales o cuales categorías

En resumen: lo mismo valdría decir que a los pobres casi los miramos como no–personas. La única diferencia está en que, solo hasta el momento de ponerlo así, apenas empieza a sonar a violencia simbólica; como a descarte.

Aporofobia y falsa autoridad moral

Un aspecto que personalmente considero de lo más pernicioso sobre este tema es la ilusión de “estatura moral” con respecto a las personas pobres. Se trata de una disposición o actitud que refleja esta especie de “permiso auto asignado” para juzgar con mayor severidad las decisiones de vida que toman personas en condiciones de pobreza.

Lo anterior es un fenómeno intersubjetivo; es decir, compartido por muchas personas que lo piensan como algo propio, haciendo muy difícil captar la existencia de los factores externos de la desigualdad como algo estructural no individual, y que a su vez mantienen los procesos de empobrecimiento y una casi nula movilidad social (estadísticamente, en México, nacer rico es morir rico; mientras que nacer pobre, pues…).

La frase de uso común con que más rápido se puede ilustrar este sesgo es: “El pobre es pobre porque quiere”. Pero resulta que, cuando se piensa de esta manera, opera toda una serie de asunciones y prejuicios alrededor de las personas empobrecidas, que poco o nada tienen que ver con sus realidades. Por ejemplo, bajo estas ideas francamente erróneas, se asume que quien ha nacido pobre no conoce ni le interesa la “educación financiera”; o que esa persona seguramente malgasta alegremente su de por sí escaso dinero en “vicios” (otro eufemismo para decir que sus formas de consumo y decisiones de vida no se justifican moralmente a ojos de alguien más rico o acomodado); y que por lo tanto, la persona pobre “no sabe” cubrir “bien” lo que se consideraría que son sus “verdaderas” necesidades o prioridades. Vaya: que es alguien de mentalidad necesariamente torpe, degenerada o mediocre. “Ser un jodido”, para acabar.

Este falso derecho auto asignado (con su buena dosis de “autoridad” para señalar a otros en desventaja social como personas “débiles de voluntad”, irracionales, indecentes, ignorantes, o abiertamente tontas), es pariente cercano del clasismo y del famoso “echaleganismo”, donde a las personas pobres les falta la voluntad e inteligencia de quien las juzga. Por esto, otro concepto que aquí viene a cuento es la aporofobia, un neologismo que se refiere llanamente a la aversión por la pobreza y, sobre todo, hacia las personas empobrecidas.

Hace no mucho tiempo, investigadoras de la Universidad de Harvard condujeron un estudio en el que, mediante 11 experimentos sociales, demostraron y analizaron este tipo de prejuicios. En situaciones donde las autoras exploraron la “validez” o “sensatez” que los participantes le otorgaban a consumos similares entre personas de ingresos distintos, o a la hora de opinar sobre la asignación de recursos para comprar alimentos, versus otros bienes materiales, las personas respondieron marcadamente a favor de los más ricos y casi siempre en detrimento de las decisiones de quienes no gozaban de “buen estatus” socioeconómico a sus ojos. Es decir: que las decisiones de los más pobres se sopesaron notoriamente con un rasero mucho más crítico, rígido, y muchas veces acusador que cuando se trató de personas con mayores recursos.

Imagen de un hombre con riquezas sentado al lado, en el suelo, de un hombre sin recursos y que vive en la calle.
Imagen: depositphotos.com, 14 de abril de 2024.

Los participantes de este estudio se ponían además a racionalizar y racionar el gasto de las personas más pobres; como si quisieran enseñarles de qué forma debían utilizar su dinero. Su idea fue que, por ser pobres, “no deberían” gastar en cosas que los participantes determinaban como “no necesarias” para ellos. Es decir, aspectos tales como el ocio, el entretenimiento e inclusive el acceso a la cultura no se consideraron como destinos “realmente necesarios” o “socialmente aprobados” al gastarse su propio dinero.

Luego entonces, se encontró que tendemos a juzgar muchas de las decisiones en las personas pobres, bajo parámetros mucho más duros que a quienes consideremos más ricas; infantilizándoles tan solo por buscar consumir los mismos artículos, o disfrutar de los mismos bienes o servicios (ejemplos claros son las bebidas alcohólicas o los cigarrillos, pero otros no tan evidentes incluyen los cosméticos, accesorios y ropa, dispositivos electrónicos, o hasta las comidas fuera de casa).

Este falso “permiso automático”, implica ejercer presiones extra a las condiciones materiales y socioculturales de la gente pobre (esto se conoce como estigma social). Ni siquiera es que las personas tengan forzosamente menos dinero para gastar, sino que tenderemos a “querer ordenarles” sus consumos, para que sean más austeros o escasos, echando mano de una especie de brújula moral que realmente solo aplica para ellos.

De los consumos culturales casi que ni hablar… exactamente la misma música, película, programa de tv, etc., se juzga con muy distinto parámetro cuando está siendo disfrutada por una persona acomodada, o alguien menos favorecido. Mención aparte merecen fenómenos como los corridos tumbados, por ejemplo, donde se estigmatiza a quienes los escuchan (si son pobres, por supuesto), y se deja de lado que por ser expresiones de la sociedad que los alberga y posibilita, reflejan parte de la cultural actual. Si hubiera un problema con estos contenidos que ensalzan la violencia, la cultura narco, el dinero fácil, el machismo, o la hipersexualidad, en todo caso la “culpa” es de todos menos de quien encuentra en ello, un reflejo y elementos identitarios alrededor de sus condiciones diarias, aspiraciones, sueños, frustraciones y temores, que el resto de la estructura social se limita a echarle en cara.

Algo similar sucede con quienes sí logran “subir” los escalones de la Pirámide, o con quienes se afanan a diario en oficios que una mirada clasista llega a considerar indignos, denigrantes, o abiertamente inmorales o “feos”; es el caso de actividades fundamentales, pero más o menos invisibles desde la comodidad o “moralina”, tales como el obreraje, el jornal agrícola, las labores de saneamiento y limpieza, o la prostitución, lo que de paso intensifica el estigma de quienes se dedican a ellas. Mirarlos como trabajos “fregados” es negarles una mínima dignificación ni tampoco contribuir a cuestionar o mejorar las condiciones que podrían estarles orillando a no contar con más alternativas.

En otro estudio similar pero llevado a cabo en Bolivia, se señaló que las clases acomodadas suelen reproducir o hasta aplaudir una suerte de “sospecha de irracionalidad económica” hacia los menos favorecidos. En otras palabras, se las piensa por defecto como personas “menos inteligentes” en cuestión de dinero.

Y es que una de las razones que se esgrimen para tratar de explicar la pobreza sería esa supuesta “incapacidad” con que se cree que las personas pobres fallan en administrar adecuadamente su dinero (¿adecuadamente con respecto a qué?). Nuevamente, se les adjudica en automático una total falta de previsión, de planificación y de sentido del ahorro o la responsabilidad, pero bajo el supuesto adicional de que sencillamente “no son capaces”, o no tienen las herramientas cognitivas, formativas, o volitivas (o sea, la fuerza de voluntad) para desear vivir de otra manera y empezar a actuar en consecuencia. Y es así como la pobreza –y las personas en condiciones de- es devuelta rápida y categóricamente al cajón de las cuestiones morales.

Imagen de una persona, hombre, en medio de una multitud, con cara de. preoocupación.
Créditos: freepik.es, 14 de abril de 2024.

De esta forma, vemos que se logra “acorralar” social y políticamente a las personas en condiciones de pobreza (incluso si económicamente dejaran de serlo), asignándoles un rol de “inferioridad” racional e instrumental. Y esto permite a su vez, ejercer sobre ellas formas de utilitarismo o “dominación suave”, por supuesto a veces auto percibidas como generosidad, o en el mejor de los casos simpatía y condescendencia.

El caso es que, además de ser de suyo clasista, esto de pretender dirigir y limitar las decisiones vitales de las personas empobrecidas (Ej. gasto, ocupación, salud, anticoncepción, aborto, metas personales), coquetea cínicamente con cuestiones como el maltusianismo (limitar los nacimientos entre los más pobres), el racismo (que en países como México tiene un profundo nexo con la aporofobia), y si nos descuidamos incluso con la eugenesia social (pretender “mejorar” genotipo y fenotipo de la población, mediante la instrumentalización oficial del control sobre otros seres humanos).

Queda claro entonces por qué las marcas y los gobiernos deben procurar mantenerse alertas, evitando a toda costa estas formas de pensamiento que, lejos de construir, son bastante lesivas para la sociedad y la vida cotidiana.

* Carlos Rosales Abundiz (@ra_karlos) es Senior Manager en @Altazor_Intell. Psicólogo social de mente inquieta, versátil y con una curiosidad permanente hacia el mundo de todos los días. Además de la investigación de mercados y opinión pública, también ha sido docente a nivel Diplomado y Especialidad, ha participado en debates públicos o mesas de trabajo gobierno–sociedad civil, e impartido talleres, cursos y webinars sobre temas como política de drogas en México, igualdad de género, diversidad e inclusión social, o factores psicosociales de riesgo en el ámbito laboral. Ama detenerse de vez en cuando a experimentar por completo el espacio público, desde donde intuye el pulso de la vida cotidiana.