Base de la pirámide social: eufemismos, contradicciones, y muchas buenas intenciones (Parte 1)

Redacción Animal Político · 20 de abril de 2024

Base de la pirámide social: eufemismos, contradicciones, y muchas buenas intenciones (Parte 1)

Una cuestión de enfoques

Por regla general, cuando se trata de plantear políticas, programas, proyectos, estrategias de negocio, o una simple charla de café en relación con la llamada “base de la pirámide”, los gobiernos, organizaciones y empresas tienden a asumir que ya conocen de sobra sus características, necesidades y comportamientos, e inclusive llegan a sojuzgar sus hábitos y decisiones vitales en el día a día.

Para empezar, hay que notar cómo muchas veces –incluyendo el párrafo anterior-, es muy seductor referirse a las partes (en este caso, personas), en función del todo (o sea, este estrato social). Esto representa un primer obstáculo para la comprensión, ya que ni la suma de sus partes puede explicar cabalmente el todo, ni el todo bastaría para comprender cómo son realmente cada una de sus partes. Gestalt aparte, el filósofo italiano Geymonat planteaba que existe una suerte de “imposibilidad” para aprehender la vida diaria, si ello se intenta desde un único punto de vista por parte del observador (fuera este un científico, un funcionario, un activista, un estratega de negocios, o alguien con cierto gusto por la reflexión).

En una interpretación bastante licenciosa, pensemos en un bosque y sus hormigas: digamos que estamos explorando, o simplemente admirando el bosque, de pie. En este momento, no estamos considerando a las hormigas que quizá corretean por doquier (se diría que, por ahora, las hormigas “no existen” a fines prácticos). Pero, si “reenfocamos” nuestra atención, para observar específicamente a esos insectos, empezaremos a notar otro género totalmente distinto de cosas; tales como su conducta organizada, las rutas que siguen, los peligros que sortean, su morfología, etcétera. ¡Es otra realidad y no!

En todo caso, nos dice el filósofo, nuestra realidad no puede ser simultáneamente observable; un poco como sucede con las ondas y las partículas, si se quiere, donde describir las ondas refleja nuestra capacidad de observar un estado fluido de la materia en movimiento; mientras que el solo hecho de poder describir a la partícula demanda del observador un “prodigio mental” (y evidentemente técnico) para “pausar” la noción de movimiento.

Si usamos este ejercicio para repensar cómo estamos entendiendo, por un lado la pirámide social como modelo, y por el otro a las personas que conforman la sociedad así representada, me parece que iremos bien encaminados.

Hormigas caminan sobre las raíces de un árbol enorme. Imagen generada por Inteligencia Artificial.
Imagen generada mediante IA, 14 de abril de 2024.

Y a propósito de partículas, particularmente hablando de la industria de investigación de mercados y opinión pública, he de admitir que quienes nos dedicamos a ella –ya sea como parte de las marcas, o en un rol de aliados estratégicos-, tampoco hemos logrado estar del todo exentos de la tentación de asentar y “predeterminar” imágenes estereotipadas, victimizantes, o incluso romantizadas sobre los estratos sociales “bajos”, que todavía a la fecha predominan sobre nuestro entendimiento colectivo sobre la pobreza y sus dimensiones.

Caricaturizar, romantizar y estigmatizar son prácticas muy comunes, pero también nocivas, y siendo sinceros nos resultaría de gran provecho cuestionarlas más a menudo. Mi texto no busca sino servir como una invitación abierta en dicho sentido.

La base, ¿de cuál pirámide?

La noción de que las jerarquías y organización de la sociedad pueden representarse mediante una figura piramidal (poliedro con base mucho más ancha –donde “cabe” la gran mayoría de la población pobre o menos favorecida– versus las secciones superiores –donde se encuentra una minoría formada por los más ricos), se la debemos a la sociología clásica, pero otro poco también a nuestro amor por la simplificación metafórica (¡y gráfica!). Y es que, con ayuda de tal metáfora, se vuelve sencillo entender instantáneamente que estamos hablando de una estructura que subyace a la organización de la vida en común; llámese las reglas o el “contrato” que le da sentido a hablar de clases sociales, o de niveles socioeconómicos, por ejemplo.

Esa pirámide imaginaria –cuyo correlato social es bastante real, eso sí– necesita claramente una base, la geometría lo demanda. En este caso, decíamos, tal “base” alude al estrato o “escalafón inferior” de entre todas las jerarquías sociales, basadas en variables tales como:

  • Ingreso
  • Ocupación
  • Nivel de instrucción escolar
  • Condiciones materiales de la vivienda
  • Formas en que se ejerce el gasto personal
  • Número de dependiente económicos
  • Porcentaje de los recursos destinados a alimentación, vestido, ocio, etc.

Queda claro por qué entonces, bajo esta concepción geometrizada de la vida colectiva, es la base de la pirámide donde se encontrarían las personas más empobrecidas, dentro de una misma sociedad de referencia.

Mencionaba arriba algunas de las variables que ayudan a determinar en qué estrato o “escalón” se encontraría cada quien. Esa misma cualidad espacial de la metáfora (sus arribas y sus abajos), nos permite también hablar con soltura sobre movilidad social; que sería el nivel de capacidades relativamente comunes con que una persona de cierto estrato puede “ascender” eficazmente, o bien “descender”, entre escalafones continuos de nuestra estructura piramidal.

Sin embargo, y aunque la data existente nos brinda información de enorme utilidad para el análisis de tales aspectos, sencillamente “no basta” para acerarnos a un entendimiento más profundo sobre aquellas actitudes y comportamientos que configuran todo un estilo de vida y psicografía en las personas de dicho estrato. Podemos decir que las realidades (así, en plural), tienen la bonita costumbre, o necedad, de rebasar con mucho a las cifras.

Una pirámide se erigen sobre un terreno plano. Imagen generada por Inteligencia Artificial.
Imagen generada mediante IA, 14 de abril de 2024.

Ahora bien, pobreza, deprivación, precarización, vulnerabilidad, carencia social, empobrecimiento multifactorial son conceptos que hemos ido incorporando a nuestro argot y léxico cultural de manera acelerada al menos durante los últimos 60 años. Empero, muchas veces todos los anteriores continúan pasando por una serie de ideas preconcebidas, prejuicios, sesgos, o buenas intenciones en el mejor de los casos. Lejos de contribuir a nuestra compresión de dichos fenómenos, lo anterior más bien dificulta poder lograr una mayor sensibilidad hacia las dinámicas y complejidad inherentes a este estrato social.

Un claro ejemplo está en la reciente explosión de “tours blanqueados” en zonas precarizadas de las urbes mexicanas: pagando una tarifa variable, se compra una experiencia urbana que exotiza la apariencia, cotidianidad y entorno vital de las personas que habitan aquellas demarcaciones de interés por puro estereotipo (Ej. Tepito, Naucalpan o Ecatepec en el Valle de México). Estas dinámicas se basan, inadvertida o abiertamente, en discriminación que se disfraza de admiración por toparse de lleno con la otredad –pero no desde la convivencia entre iguales, sino desde un placer egoísta que el “extraño” paga para poder mirar y estar, donde de otro modo ni se acercaría a mirar y mucho menos a habitar o formar parte de.

Debido a este tipo de inercias y actitudes, solemos dar por sentado que ya sabemos, conocemos y entendemos plenamente “la realidad de los pobres” (otro error, ya que en la base de la pirámide no existe una sola realidad estática, sino muchas, y coexisten todas a la vez en mayor o menor tensión). De este modo, terminamos por aseverar y hasta preconfigurar “desde fuera”, cómo es y cómo ha de mirarse ya no la pobreza en sí misma, sino a la gente que podamos definir como pobre; de acuerdo con nuestros bien recogidos y procesados datos. Y no se malinterprete esa última línea: contar con data y rigurosidad en su obtención es crucial –como investigadores, lo sabemos de sobra.

En la siguiente parte de este artículo, planteo otras inquietudes alrededor de nuestra concepción de la base de la pirámide, que espero al menos despierten la duda de si este tema no es un poco más complejo de lo que parecía al inicio.

* Carlos Rosales  (@ra_karlos) es Senior Manager en @Altazor_Intell. Psicólogo social de mente inquieta, versátil, y con una curiosidad permanente hacia el mundo de todos los días. Además de la investigación de mercados y opinión pública, también ha sido docente a nivel Diplomado y Especialidad, ha participado en debates públicos o mesas de trabajo gobierno–sociedad civil, e impartido talleres, cursos y webinars sobre temas como política de drogas en México, igualdad de género, diversidad e inclusión social, o factores psicosociales de riesgo en el ámbito laboral. Ama detenerse de vez en cuando a experimentar por completo el espacio público, desde donde intuye el pulso de la vida cotidiana.