blogeditor · 8 de febrero de 2016
Esas fotos lo delatan; retrato vivo de la petulancia, el engreimiento. Una burla descarada. Esa mueca de superioridad -como tatuaje en el rostro y la estrategia legal de su abogado, invocar la Quinta Enmienda de la constitución norteamericana para no autoincriminarse por los delitos que le imputa la autoridad, pintan por completo a los reyes del universo y corsarios de nuestro tiempo.

Señalado como el villano favorito por los medios, no se nota demasiado nervioso. Si se percibe él mismo en un aprieto, no lo aparenta.

Se llama Martin Shkreli alias Pharma Bro. El Donald Trump de la ascendente generación Milenaria.

Se le acusa de cometer todo tipo de fraudes a los inversionistas de una de sus empresas. Fue arrestado en diciembre de 2015. No está en prisión, porque pagó una cuantiosa fianza.

Se mofa (con su asco mal simulado, su silencio y la tormenta gestual de su cara), de los legisladores que le cuestionan infructuosamente, en sesión formal donde el especulador bursátil y ex dueño de empresas farmacéuticas de 32 años –que incurrió en abuso de confianza y otros cargos- fue requerido por el Congreso; acompaña a otros ejecutivos del ramo. Ellos sí responden a las preguntas, se sinceran y desmarcan del hermetismo de Shkreli; la nota dominante es la insolencia del muchacho.

Tras negarles a contestar cualquier pregunta, por nimia que ésta sea, etiqueta más tarde a sus inquisidores como unos ‘imbéciles’.
El excéntrico nerd saltó a la fama nacional en redes sociales por haberse impuesto en la subasta de un disco de Wu Tang Clan, capricho del que se imprimió una sola copia; desembolsó 2 millones de dólares por la pieza de colección; no tardó en enfrascarse en pendencias prefabricadas -tan ‘auténticas’ como los pleitos luchísticos de Donald Trump, antes de su aventura presidencial- versus Ghostface Killah, rapero estrella del grupo antes mencionado. Pasó lo mismo con el cantante pop Ellen Goulding.

Trump tiene treinta y siete años más que su pupilo. Es un veterano de estas pugnas; Shkreli es una amorfa criatura suya, recién surgida del caldero que entremezcla notoriedad, éxito en los negocios, chismes y amplia cobertura en medios e ‘identidades’ cultivadas a lo Kardashian. Receta hasta ahora infalible, que tiene al ególatra inmobiliario -a pesar de haber quedado segundo en los caucus de Iowa en donde el reaccionario Ted Cruz ganó la contienda- todavía en la cima de la gesta por la candidatura republicana. ¿Buscará su alumno un puesto electoral de relevancia, como The Donald?
17 de diciembre, 2015. Arrestado.
Shkreli, estadounidense de origen albanés y montenegrino, nació en 1983; creció en Sheepshead Bay, Brooklyn. Es hijo de emigrantes que se abrieron paso en su país adoptivo, trabajando como conserjes y porteros en edificios neoyorquinos. Es el despiadado self-made man, exitoso en extremo, que pertenece al imaginario colectivo que contiene pocas women, y que en ocasiones se vuelve realidad. Fue un muy niño introvertido. Pasó por escuelas y colegios sin figurar; se aficionó ahí al ajedrez, las estadísticas deportivas y financieras, y los juegos virtuales por computadora. También al rap en su modalidad gangsta. Gran admirador de sus predecesores, los Robber Barons de finales del diecinueve y principios del veinte -a los que el republicano Theodore Roosevelt intentó poner a raya, durante su mandato, con leyes e instituciones inimaginables en México- Shkreli transitó de la condición de slacker sin oficio fijo hasta un aterrizaje forzoso en el mundo de las ventas a corto plazo y arbitrajes de riesgo en Wall Street que asemejan -para los neófitos- un auténtico casino de High Rollers recién expulsados de la adolescencia. Tuvo problemas de distinta índole: personales y laborales, pero mucha suerte: la principal demanda judicial que enfrentaba, por una deuda de más de dos millones de dólares, se desvaneció con la quiebra de la correduría Lehman Brothers.

Su destino en Big Pharma, con su entramado financiero: este estado paralelo, de puertas giratorias y luz verde para delitos de cuello blanco, con sus Titanosaurios consolidados, demasiado indispensables como para fracasar (que para esas eventualidades siempre contarán con el gobierno en turno, al rescate), son producto de la desregulación a-go-gó impuesta por Margaret Thatcher y Ronald Reagan en los años ochenta. El demopublicano Bill Clinton lo fortaleció en la década siguiente, eliminando las barreras que quedaban, y que hubiesen limitado los daños a la economía y el tejido humano que sobrevinieron.

El barbaján Trump es un Martin Shkreli exponenciado, pero con aires y pretensiones de Generalísimo.
En campaña. El candidato republicano imita a un periodista con discapacidad, al que conoce perfectamente. Luego niega ambas cosas.

¿Y el acaparador de medicinas? Su estrategia consisitió en obtener licencias de medicamentos con patentes vencidas, e incrementando sus precios sin necesidad de desarrollar productos propios al Mercado. Esta fórmula le redituó fabulosas ganancias

Fundó Turing, una empresa farmacéutica a principios del año pasado. Eventualmente adquirió los derechos de un medicamento cuya patente venció en 1953, que funciona para curar los efectos de la malaria y la toxoplasmosis, severa infección parasitaria que aqueja a algunos pacientes del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida. Incrementó su costo de $13.50 dólares… a setecientos cincuenta, sin necesidad de invertir en productos nuevos y con un mercado cautivo que, para efectos prácticos, le pertenecía por completo a la empresa recién constituida por él.
Otros consorcios que explotaron el dominio implícito de productos como el Daraprim, del que no existen genéricos y al que Shkreli reetiquetó al cinco mil por ciento de su valor inicial, pregonaban con el mismo ejemplo. En un lapso de seis años, de 2009 al 15, Valeant aumentó 1800 % el precio de Tagretin, cápsula que combate los síntomas del linfoma cutáneo de células ‘T’. El laboratorio Rodelis hizo lo propio en septiembre pasado, elevando de súbito el precio de Sycloserine, que se usa para combatir los efectos de la tuberculosis resistente a tratamientos multidroga –condición que afecta más a reducidos sectores más pobres y vulnerables de la población- en dos mil seiscientos por ciento (la empresa recapacitó después del furor general por este aumento injustificado, y solo duplicó la oferta).
Los epígonos jóvenes o sucesores de Gordon Gekko (y los que no son tanto), personaje de la película Wall Street de Oliver Stone (1987) y su Evangelio secular (‘Greed is good’, soliloquio donde la codicia se aproxima a la salvadora virtud), superan al Maestro interpretado por Michael Douglas.

El shkrelismo empata con la xenofobia Know-Nothing del obcecado aspirante a Duce en su variante blanca anglosajona y protestante (WASP), y con reivindicaciones racistas y de Apartheid corporativista.
Para el experto en Economía y ex funcionario público Robert Reich, el abuso sistémico no es anomalía. Representa la norma, con prácticas cotidianas en Wall Street desde la gestión de Ronald Reagan (1980-88), y anteriormente. Alcanza su perversa perfección con Bush padre, Bill Clinton y Bush hijo; Obama ha respondido con tibieza al actual todo se vale. Muchos protagonistas de la catástrofe se sumaron a su campaña en 2008, y se incorporaron a su gabinete. Dinero del sector inunda las arcas de la campaña de Hillary Clinton. El manto de impunidad que protege a los principales responsables de habernos orillado al borde del precipicio se mantiene. Desde sus puestos en los colosos de inversión, perciben bonos y prestaciones descomunales. Aportan fortunas a las campañas del GOP, y (por supuesto la de la ex secretaria de Estado), a la que le pagan sumas estratosféricas –como su marido, ex presidente de EEUU- por dar pláticas, discursos y conferencias.
Ningún ejecutivo ha sido procesado. Nadie pisará la cárcel. Estimaciones de expert@s presagian -de persistir la regulación deficiente, en un entorno sin castigos ejemplares- remezones futuros.
![Clip Art Animal Deer [sic]](https://front.animalpolitico.com/wp-content/uploads/2016/02/Foto-14-456x342.jpg)
El fenómeno Donald Trump es la culminación de este desarreglo. El monólogo peliculesco de Michael Douglas, hace 29 años, comienza diciendo que los Estados Unidos son ‘una potencia de segunda’; premisa exacta del candidato conservador más aventajado.
La autocomplacencia de los plutócratas no puede ocultarse. Ahí está el rictus de satisfacción de Martin Shkreli, para recordárnoslo.
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La disciplina kremlinológica de antaño observaba detenidamente (en un simple gesto de la alta jerarquía soviética, o un tic, o una indicio de cercanía comparada la sucesión imprevisible en un solo y condensado instante), la rúbrica del destino. Volúmenes enteros se redactaron en libros que nadie consulta, en bibliotecas especializadas cuya condena es el olvido. Quizá lo mismo suceda con el Peñato, y sus criterios afines. Ausente una meritocracia que asigne premios y castigos, sólo nos resta adivinar sobre la superficie; interpretar los abrazos o el repudio a los satélites del Tlatoani; el rictus de agrado, jovialidad y preocupación en rostros. En su defecto, podemos admirar el gasto en gacetillas posicionadas en periódicos, revistas, plataformas y medios audiovisuales.

El Spanglish corporal invade los espacios de la normalidad democrática; sigue haciendo falta una cultura de rendición de cuentas. Nos es ajena por completo.

Es el sexenio del retroceso y el premodernismo tecnologizado, la burla va dirigida hacia la sociedad.

La carcajada presidencial (‘Así van a ser y hacerse las cosas / No hay vuelta de hoja / Hazle como quieras’) es el nuevo avión presidencial, y los miles de millones de deuda robados en señoríos que controlan los Duarte de Veracruz y Chihuahua, o Manuel Velasco en Chiapas y los hermanos Moreira; los relojes de César Camacho, y Romero Deschamps, y las infinitas transas en Legislativos federales y locales.

No emergíamos aún de la larga noche del Calderonato; nos encontrábamos en diciembre de 2011. El sexenio actual, con sus excesos, pesadillas y el afianzamiento del Pactismo y el binomio corrupciómpunidad, no aparecía.
Ocupa rastrear en el pasado reciente. El ofensivo tuit de la hija de Peña Nieto, es suficiente prefiguración.

Somos espectadores involuntarios, en la intimidad plutocrática de lo público. Los mandamases andan de pachanga. Disfrutan plenamente el festín.
De gira con Videgaray y Claudia Ruiz Massieu Salinas de Gortari. En el México donde no cuenta más del 50 % de la población, importa únicamente estar cerca del Rey Sol del momento y los virreyezuelos en las entidades.


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Reflexiones finales acerca de Martin Shkreli. Una, del Fiscal Times.
Otra, del New Yorker.