La peste italiana (1629-1632)

Redacción Animal Político · 19 de septiembre de 2024

Las ciudades-Estado fueron un notable fenómeno político del norte de la península itálica. Las ciudades más prósperas de la Baja Edad Media alcanzaron su desarrollo gracias al comercio de larga distancia, estableciendo las rutas a partir de las Cruzadas, la ruta Atlántica y las nuevas rutas al Pacífico. Esto permitió que ciudades del norte de Italia, como Venecia, Milán, Florencia, Pisa y Génova se convirtieran en grandes metrópolis comerciales. Después de la gran pandemia del siglo XIV, la peste negra se volvió endémica en Europa, afectando a la sociedad en todos los niveles durante más de trescientos años. En respuesta, desde principios del siglo XVI los estados del norte de Italia desarrollaron sistemas de salubridad sofisticados. Se establecieron magistraturas permanentes especiales que combinaban poderes legislativo y ejecutivo para gestionar todos los asuntos relacionados con la salud pública. Junto a Roma, estas ciudades-estado fueron las primeras de Europa en pavimentar calles y en mejorar las irrigaciones de los campos. Ese fue el escenario de la última gran epidemia de peste en Italia.

Esta epidemia llegó a Italia hacia finales de 1629 durante la guerra de Sucesión de Mantua, un conflicto de la Guerra de los Treinta Años, y afectó tanto a comunidades urbanas como rurales. Se ha escrito que las epidemias de tifus y las hambrunas de 1628 y 1629 debilitaron el sistema inmune de la población antes de iniciar la transmisión. Así, el ejército que cruzó los Alpes para asediar la ciudad de Mantua trajo consigo la epidemia que se presentó como una serie de brotes de peste bubónica en el norte y el centro de la península itálica. Tan solo en el norte de Italia se han estimado alrededor de dos millones de víctimas, con una tasa de mortalidad general del 30 % al 35 % y una tasa media estimada de hasta el 40 % en las 26 ciudades más grandes de la región.

Matthäus Merian the Elder (1630): Asedio y captura de Casale Monferrato, por el ejército francés en 1630. Guerra de Sucesión de Mantua (1628-1631).
Matthäus Merian the Elder (1630): Asedio y captura de Casale Monferrato, por el ejército francés en 1630. Guerra de Sucesión de Mantua (1628-1631).

 

La epidemia impactó primero a Milán en 1629; a principios de 1630 ya había alcanzado 34 ciudades. En Lombardía y el Veneto cobró la vida de unas 280,000 personas, en la Toscana unas 80,000. Pequeñas ciudades como Mantua y Turín perdieron más del 70 % de su población, Padua y Brescia perdieron la mitad de sus habitantes. Al este, la República de Venecia resultó severamente afectada, y algunos historiadores coinciden en que la peste facilitó su caída como la gran potencia político-comercial en Europa.

Mapa con los datos de la peste de 1630-1632 en el norte y centro de Italia.
La peste de 1630-1632 en el norte y centro de Italia. (A) Mapa del norte y centro de Italia que muestra las ciudades registradas en (B). Las áreas afectadas por la hambruna de 1628-1629 están marcadas en rojo y las áreas que se especula que fueron afectadas en rojo grisáceo. (B) Tasas de mortalidad para las ciudades marcadas en (A). Tomado de Guellil M, et al. Bioarchaeological insights into the last plague of Imola (1630-1632). Sci Rep. 2021;11(1):22253.

La gran peste de Milán

La epidemia de peste en Milán es considerada una de las más relevantes en la historia italiana. En octubre de 1629 se registraron oficialmente los primeros casos y se documentó que la ciudad inició medidas de salud pública agresivas y eficaces. Entre ellas cuarentenas estrictas, establecimiento de lazaretos, prohibición del comercio y las relaciones con el exterior. La epidemia pareció desaparecer durante el invierno, pero en marzo de 1630 surgió un brote explosivo debido a las medidas relajadas durante el carnaval. A finales de marzo de 1630, el Lazzaretto di Milano albergaba a menos de 300 personas, pero a finales de junio el número superó a varios miles. Dos de los cronistas más importantes de la época, Giuseppe Ripamonti y Alessandro Tadino, afirmaron que el número de muertes por peste aumentó después de la procesión de San Carlo Borromeo, el 11 de junio de 1630: “…eadem ab motis D. Caroli Reliquijs, & solicitato veluti Coelo terribilior multò violentoiorque facta fuerit…” (Una vez trasladadas las reliquias de San Carlos y solicitado el Cielo, los hechos se volvieron mucho más terribles y violentos, Ripamonti página 66); “Finite queste solennità molto più si acese il fuoco della peste in tutte le parti della Città” (Al final de estas solemnidades, el fuego de la peste ardió aún más por toda la ciudad, Tadino página 108).

Un estudio moderno utilizó registros históricos detallados para hacer una reconstrucción espacio-temporal de la epidemia en Milán. El trabajo reveló el impacto de algunos factores locales como la densidad poblacional y las condiciones de vida como la distribución geográfica, la presencia de clústeres de infección (focos de alta mortalidad) en ciertos lugares, y una dinámica temporal a través de la ciudad en oleadas, con periodos de aumento y disminución de los casos y las muertes.

Melchiorre Gherardini (1630): Piazza S. Babila, Milán. Archivio storico lombardo, 5th series 9 (1922), 361–63 (p. 362).
Melchiorre Gherardini (1630): Piazza S. Babila, Milán. Archivio storico lombardo, 5th series 9 (1922), 361–63 (p. 362).

La epidemia en Florencia

Las autoridades del Granducato di Toscana ordenaron cerrar los pasos por los Apeninos septentrionales para evitar la llegada de la peste. Aún así la epidemia apareció en agosto de 1630, primero en una aldea cercana y casi de inmediato en Florencia. En septiembre hubo 600 muertos en la región, en octubre más de mil y para noviembre se reportaban 2,100. En enero de 1631 la Magistratura alia Sanitá dispuso la cuarentena general en la ciudad.

En tiempos de peste, la Sanitá, creada a principios del siglo XV, tenía amplias facultades policiales, judiciales y presupuestarias. Estableció cuatro nuevos lazaretos y dispuso que los muertos se enterraran lejos de la ciudad, rociados con cal. Las casas con enfermos se clausuraban por 22 días (periodo entre el contagio y la muerte) y se cerraban las puertas de la ciudad, imponiendo cuarentenas a los provenientes de zonas infectadas y emitiendo boletas de sanidad. Los infractores eran detenidos, y se prohibieron todas las actividades públicas, como clases, festividades, juegos, bailes, teatro y visitas a tabernas, posadas y casas de juego. Las misas se celebraban en cruces de calles y las confesiones se realizaban desde ventanas o puertas, protegidos por paños encerados. La prioridad de la Sanitá eran los pobres, debido a su hacinamiento y su supuesta “falta de sentido cívico”. Carlo Cipolla, historiador económico italiano, estudió la dureza particular hacia los pobres señalando que por tal condición de vulnerabilidad merecían “una protección especial que requería mucha organización y dinero por parte del estado”. Los 32,000 pobres en cuarentena eran alimentados por la Sanitá, recibiendo diariamente dos barras de pan, una ración de vino y carne, salchichón, arroz con queso o ensalada, además de medicinas (incluido el “aceite del Gran Duque”, conocido por su poder curativo).

La epidemia se prolongó hasta 1633 en la Toscana, produjo 80,000 muertos (8,000 de ellos en Florencia), desapareció de Italia y no volvió a circular por Florencia.

El médico de la peste

Durante los brotes epidémicos de aquel periodo, las ciudades contrataron a “médicos de la peste negra“, que no eran profesionales con instrucción tradicional como otros doctores o cirujanos experimentados. Muchos eran médicos de segunda categoría, conocidos como “empíricos”, que no habían podido establecerse exitosamente en la profesión, o médicos jóvenes tratando de hacerse camino. Pagados por el estado, cuidaban de todos los ciudadanos sin importar su origen. Prescribían brebajes protectores y antídotos. Utilizaban máscaras con picos de aves llenas de sustancias aromáticas, diseñadas para protegerlos del aire podrido, considerado la causa de la infección. Estas máscaras, modificadas en 1619 por Charles de Lorme, un facultativo que atendió a la realeza del Siglo XVII, consistían en una túnica de tela gruesa encerada, una máscara con agujeros y lentes de vidrio. De acuerdo con de Lorme, la máscara incluía una nariz de «15 centímetros, en forma de pico de ave, llena de perfume y con solo dos agujeros, uno a cada lado de las fosas nasales, pero que era suficiente para respirar y transportar en el aire que se respira la impresión de las [hierbas] colocadas en la punta del pico». El atuendo incluía un abrigo cubierto de cera aromática, los calzones metidos en las botas, la camisa metida en el pantalón, un sombrero y unos guantes hechos de cuero de cabra. También llevaban una vara con la que podían tocar y defenderse de los enfermos.

Los médicos de la peste también actuaban como funcionarios durante las epidemias, anotando las muertes y otras estadísticas en los registros públicos. En ciudades como Florencia y Peruggia se les permitía realizar autopsias para determinar la causa de la muerte y el papel de la peste en ella. Además, se convirtieron en testadores, testigos en los numerosos testamentos y daban asesoría a los pacientes sobre su conducta antes de la muerte, estableciendo una especie de código ético. Con su vestimenta distintiva y el enfoque de tratar específicamente esta enfermedad, los médicos de la peste simbolizan el desarrollo de una especialización médica en respuesta a una crisis sanitaria. Aunque carentes de formación, su papel se institucionalizó, y su presencia marcó el inicio de una profesión enfocada en el manejo de epidemias. La creación de las máscaras con pico y otras prendas protectoras destaca los primeros intentos de utilizar equipo de protección personal basado en teorías contemporáneas de transmisión de enfermedades. Después de la Edad Media la relación entre el doctor y el paciente fue gobernada por un código de ética cada vez más complejo.

Michel de Nôtre-Dame, el famoso boticario francés más conocido por su libro Les Prophéties, daba consejos médicos y medidas preventivas contra la peste. Junto con Giovanni de Ventura, Niall O’Glacáin, Ambroise Paré y Paracelso fueron algunos de los médicos de la peste más famosos en la Europa Medieval.

Paul Fürst (1656): Grabado del Doktor Schnabel von Rom ("Doctor Pico de Roma") con un poema macarrónico satírico en latín/alemán (‘Vos Creditis, als eine Fabel, / quod scribitur vom Doctor Schnabel’).
Paul Fürst (1656): Grabado del Doktor Schnabel von Rom (“Doctor Pico de Roma”) con un poema macarrónico satírico en latín/alemán (‘Vos Creditis, als eine Fabel, / quod scribitur vom Doctor Schnabel’).

Consecuencias de la Peste Italiana

La epidemia tuvo un profundo impacto en la vida cotidiana y en la psique no solo de los italianos. Algunas obras literarias y artísticas del siglo XVII influenciadas por la peste italiana incluyen los escritos de Alessandro Manzoni, que se basa en las experiencias de la peste en Milán. En el arte, los trabajos de artistas como Artemisia Gentileschi, Guido Reni y Caravaggio reflejaron el impacto de la epidemia, utilizando temas religiosos y dramáticos para capturar la desesperación y el sufrimiento de la época. Las experiencias de la peste también influenciaron el teatro de la época, como en las obras de Lope de Vega (El ganso de oro) y Calderón de la Barca, quienes abordaron temas de mortalidad, destino y la angustia barroca de la existencia. Las crisis sanitarias y políticas influenciaron las ideas de Jean-Jacques Rousseau en “El contrato social”.

La peste también tuvo consecuencias políticas importantes: el afianzamiento del joven gran duque Fernando II, coronado en 1628, tras siete años de regencia compartida entre su madre María Magdalena de Austria y su abuela Cristina de Lorena (nieta de la célebre Catalina de Medici). Inicialmente inexperto y de poco carácter, Fernando sorprendió al quedarse en Florencia durante la peste, instalándose en el Forte Belvedere y recorriendo diariamente el “corredor de Vasari” hasta el palacio de la Señoría. Allí, respaldaba a los magistrados de la Sanitá, consolaba a los enfermos y se hacía visible, lo que le convirtió en un monarca popular conocido como el “buen rey”. Este reconocimiento le permitió asumir el poder con energía, manteniendo la soberanía de Toscana y de los Medici durante la Guerra de los Treinta Años.

Della peste e della publica amministrazione sanitaria, la obra capital de Angelo Antonio Frari, se consideró la mejor historia general de las epidemias de peste del mundo hasta mediados del siglo XIX. En este texto de casi mil páginas revisó las distintas entidades políticas italianas, discutió sobre las posibilidades de diagnóstico, métodos de tratamiento, informó sobre los resultados de las autopsias y los métodos de desinfección, incluyendo la fumigación. Frari estaba convencido de que la causa de la enfermedad era un germen contagioso específico (germe del contagio), a pesar de que el bacilo de la peste (Yersinia pestis) fue descubierto hasta 1894.

Angelo Antonio Frari (1840): Della Peste e della Pubblica Amministrazione Sanitaria, Vol. 1. Da Forgotten Books, London, Regno Unito.
Angelo Antonio Frari (1840): Della Peste e della Pubblica Amministrazione Sanitaria, Vol. 1. Da Forgotten Books, London, Regno Unito.

 

Los lazaretos, diseñados específicamente para aislar a los infectados y prevenir la propagación de la peste, representan una innovación en la arquitectura sanitaria de la época. Estas instalaciones reflejan una respuesta estructurada a las epidemias, integrando aislamiento y tratamiento (prevención y control) en un solo lugar. El Lazareto de Milán fue construido por encargo del duque Ludovico Sforza. El proyecto fue presentado por el notario Lazzaro Cairati y la obra fue realizada por el arquitecto Lazzaro Palazzi. Este concepto y su estructura fueron tomados como modelo para proyectos posteriores en otras ciudades europeas.

En conjunto, el reconocimiento de la crisis sanitaria y el compromiso por parte del estado, la especialización de los médicos de la peste, el diseño y construcción de lazaretos en el norte de Italia destacan la evolución de las respuestas sanitarias y arquitectónicas a gran escala frente a las epidemias, marcando un importante desarrollo en la historia de la salud pública.

Giovanni Francesco Brunetti (1631): Verdadero diseño con las medidas correctas del gran lazareto de S. Gregorio en Milán tal como estaba en tiempos de la gran peste en el año 1630.
Giovanni Francesco Brunetti (1631): Verdadero diseño con las medidas correctas del gran lazareto de S. Gregorio en Milán tal como estaba en tiempos de la gran peste en el año 1630.
Autor desconocido (1870): fotografía del aún intacto Lazzareto, Porta Venezia y la avenida que se convertirá en Corso Buenos Aires.
Autor desconocido (1870): fotografía del aún intacto Lazzareto, Porta Venezia, y la avenida que se convertirá en Corso Buenos Aires.

 

Estudios recientes sobre Ferrara e Imola, en Emilia-Romaña, muestran que algunas ciudades fueron relativamente respetadas por la epidemia, a pesar de mantener intercambio económico con ciudades afectadas como Milán o Florencia. Estudios paleopatológicos y documentos históricos, analizados mediante nuevos enfoques multidisciplinares, reconocen un “manejo integrado de enfermedades” empírico, utilizando remedios con actividad bactericida, antiparasitaria y repelente, además de las estrategias de cuarentena y el uso de lazaretos. En contraste, la reconstrucción espacio-temporal de la epidemia en Milán, apoyada por estudios epidemiológicos recientes, permite entender mejor cómo se propagó la enfermedad y cuáles fueron los factores clave que influenciaron su dinámica. Esta información es crucial para aplicar las lecciones aprendidas sobre epidemiología y la importancia de las intervenciones oportunas de salud pública.

Enfoques multidisciplinarios que combinan datos históricos, geoespaciales, genómicos e inteligencia artificial brindan hoy oportunidades únicas para reconstruir imágenes en profundidad a través de los lazaretos de estas ciudades.

* J. Alberto Díaz Quiñonez es vicepresidente de la Sociedad Mexicana de Salud Pública A.C. (@saludpublicaac). Es Doctor en Ciencias Biomédicas por la UNAM, miembro de la Academia Mexicana de Ciencias, el Sistema Nacional de Investigadores y la Academia Nacional de Medicina de México.

 

Referencias:

Galli M, Nodari R, Perini M, et al. A spatiotemporal reconstruction of the 1630 plague epidemic in Milan. iScience. 2023;26(5):106704.

Guellil M, Rinaldo N, Zedda N, et al. Bioarchaeological insights into the last plague of Imola (1630-1632). Sci Rep. 2021;11(1):22253.

Jurgensen J, Peñaherrera-Aguirre M, Figueredo AJ. Differential mortality of infectious disease in Italian polities: COVID-19, past plague epidemics, and currently endemic respiratory disease. Infect Genet Evol. 2021;95:105081.

Vicentini CB, Manfredini S, Mares D, et al. Empirical “integrated disease management” in Ferrara during the Italian plague (1629-1631). Parasitol Int. 2020;75:102046.

 

Este texto forma parte de una serie sobre epidemias y pandemias: