¿El peso blindado?: por qué la fortaleza no es lo que parece

Jorge Avila · 7 de mayo de 2026

¿El peso blindado?: por qué la fortaleza no es lo que parece

Por: Delia Paredes
@deliyo

El peso mexicano cotiza alrededor de 17.40 por dólar. Acumula una apreciación cercana al 3.5% en lo que va de 2026, luego de haber ganado 8.4% en 2025. Sin embargo, el consenso de mercado sigue apuntando a un cierre alrededor de los 18 pesos por dólar hacia diciembre. Esto implica una depreciación de casi 4%.

Si el peso ha mostrado tanta fortaleza, ¿por qué quienes lo siguen de cerca siguen esperando una depreciación?

La respuesta es que la fortaleza del peso es real, pero también es condicional.

Un activo financiero, pero no sin fundamentos

Durante años, el peso reaccionaba como dicta el manual de las divisas emergentes: balanza comercial, remesas, petróleo y riesgo país. Hoy sigue respondiendo a esos factores, pero no son los que dominan su comportamiento en el margen.

El peso se ha convertido en un activo financiero global: líquido, accesible y atractivo para inversionistas que buscan rendimiento. Se compra y se vende desde Londres, Nueva York o Tokio con una lógica más cercana a la de un bono que a la de una moneda tradicional.

Eso no significa que carezca de fundamentos. Al contrario, México ofrece una combinación poco común entre economías emergentes: disciplina fiscal, un banco central relativamente creíble, mercados financieros profundos y una cuenta externa estable.

No obstante, esto no explica, por sí solo, la magnitud ni la persistencia de la apreciación reciente.

Aquí entran los factores financieros. El primero es el diferencial de tasas. Banxico paga muy por encima de la Reserva Federal. Aunque se ha venido reduciendo, esta brecha sigue siendo uno de los principales imanes para los flujos hacia el peso.

El segundo es el carry trade: financiamiento barato —típicamente en yenes— que se canaliza hacia activos en pesos para capturar ese diferencial. México destaca no solo por el rendimiento, sino por la liquidez de su mercado, algo que no todos los emergentes pueden ofrecer.

El tercero es el posicionamiento. En un entorno global incierto, el peso se ha convertido en una especie de “refugio relativo” dentro del universo emergente: suficientemente líquido para entrar y salir, y suficientemente rentable para justificar la exposición.

Lo que esto significa es que la fortaleza del peso no es ficticia, pero sí está amplificada por factores financieros que pueden revertirse con rapidez.

El mapa de los riesgos

Si este es el andamiaje, los riesgos son relativamente claros.

El primero tiene que ver con la percepción de que el entorno global de liquidez podría dejar de ser tan favorable como en los últimos meses. El consenso sigue anticipando algunos recortes adicionales tanto de la Reserva Federal como de Banxico este año, por lo que el diferencial de corto plazo podría mantenerse relativamente estable.

El riesgo sería un escenario distinto: que la inflación estadounidense resulte más persistente de lo previsto —por resiliencia de la demanda o por un choque energético— y obligue a la Fed a adoptar una postura más restrictiva.

Para el peso, el problema no sería únicamente el nivel de las tasas estadounidenses, sino el efecto más amplio sobre las condiciones financieras globales. Un entorno de mayores rendimientos en dólares, mayor volatilidad y menor apetito por riesgo suele reducir el atractivo relativo de las posiciones de carry trade y de los activos emergentes en general.

El peso mexicano, precisamente por su elevada liquidez y profundidad, suele estar entre los primeros canales de ajuste.

El segundo riesgo es Japón. Buena parte del carry hacia el peso está financiado en yenes. Si el Banco de Japónendurece su postura más rápido de lo esperado, el fondeo se encarece y las posiciones se deshacen. Cuando eso ocurre, no suele ser gradual: es rápido, desordenado y sincronizado.

El tercer frente es comercial. La revisión del T-MEC en 2026 está en el calendario. No hace falta una ruptura: basta con que el proceso se perciba como hostil para que aumente la prima de riesgo.

A eso se suma el frente fiscal. México ha sido percibido como relativamente disciplinado, pero cualquier señal de deterioro podría cambiar rápidamente el apetito por activos en pesos.

Finalmente, está la geopolítica. Un choque energético prolongado no solo presiona los precios del petróleo. También reconfigura la política monetaria global. Un petróleo persistentemente alto tiende a elevar la inflación global, lo que reduce el espacio de la Fed para recortar tasas y golpea directamente uno de los pilares del peso.

Lo que realmente está en juego

El peso fuerte ha sido uno de los aliados más importantes del Banco de México en su esfuerzo por contener la inflación. Pero eso no implica que cualquier depreciación tenga consecuencias automáticas ni lineales. No todas las depreciaciones son iguales.

Un movimiento gradual puede ser incluso funcional: corrige valoraciones, modera la dependencia de flujos de corto plazo y permite un ajuste sin desanclar expectativas. En ese escenario, el impacto sobre inflación y política monetaria puede ser acotado.

Cuando la depreciación es abrupta y viene acompañada de mayor volatilidad global, cambios en el apetito por riesgo y desarme de posiciones tácticas en mercados emergentes, el tipo de cambio empieza a reflejar algo más que fundamentos locales.

En el caso del peso, eso importa especialmente porque buena parte de su operación ocurre fuera de México. El peso no es solo una moneda emergente; es también uno de los instrumentos más líquidos y utilizados para expresar posiciones globales sobre riesgo, tasas y carry trade.

Eso significa que el ajuste puede ser rápido incluso sin un deterioro evidente de los fundamentos macroeconómicos del país.

Esta es quizá la verdadera naturaleza de la fortaleza del peso: no necesariamente como señal de una economía blindada, sino de una moneda profundamente integrada al sistema financiero global.

Hay otro riesgo menos visible, pero potencialmente más importante: que los factores locales vuelvan a pesar más en la determinación del tipo de cambio.

Durante buena parte de los últimos años, la combinación de tasas altas, liquidez global y apetito por carry permitió que el peso resistiera episodios de incertidumbre política e institucional que, en otro contexto, probablemente habrían generado mayor presión cambiaria.

Si el entorno financiero global deja de ser tan favorable, el mercado podría volver a enfocarse en variables que hoy parecen parcialmente relegadas: la trayectoria fiscal, la calidad institucional, la incertidumbre regulatoria o la percepción de debilitamiento del Estado de derecho.

El punto no es que alguno de estos factores haya detonado ya una crisis de confianza. El punto es que, mientras el diferencial de tasas domina la narrativa, muchos riesgos locales permanecen en segundo plano.

Cuando esa narrativa cambia, los fundamentales domésticos suelen regresar rápidamente al centro de la discusión.

La pregunta correcta

Quizá la discusión importante no es si el peso está demasiado fuerte o débil, sino entender en qué tipo de moneda se convirtió.

Durante años, México aspiró a tener una moneda líquida, integrada y relevante para los mercados globales. Hoy la tiene. El peso mexicano se ha convertido en uno de los principales vehículos para expresar posiciones sobre tasas, riesgo y carry trade dentro del universo emergente.

Eso tiene ventajas evidentes: profundidad financiera, acceso a capital y capacidad para absorber choques que habrían desestabilizado a otras economías emergentes.

Pero también cambia las reglas. Una moneda profundamente integrada al sistema financiero global ya no responde únicamente a exportaciones, remesas o fundamentos domésticos. También responde a decisiones tomadas en la Reserva Federal, el Banco de Japón o las mesas de operación de Londres y Nueva York.

Tal vez esa es la verdadera paradoja del peso mexicano. Su fortaleza no refleja una economía blindada del resto del mundo. Refleja, precisamente, qué tan conectada está con él.

*Delia Paredes (@deliyo) es Maestra en Economía y Negocios por la Universidad Anáhuac y en Economía de Mercados Globales por la London School of Economics (LSE). Actualmente es socia en TransEconomics, desarrolla una labor docente en la Universidad de Anáhuac y el Tec de Monterrey, y es experta México, ¿cómo vamos?