Redacción Animal Político · 20 de mayo de 2025
Desde la infancia, los roles de género dictan normas y expectativas que afectan la forma en que las personas interactúan con su entorno, incluyendo su relación con las drogas. En este sentido, el género opera como un filtro que define no solo quién consume y por qué, sino también cómo se interpreta y responde a ese consumo desde lo social y lo institucional. Aunque el consumo de sustancias entre hombres también puede estar sujeto a ciertos juicios sociales, en el caso de las mujeres el estigma es más severo: no sólo son etiquetadas como usuarias, sino que también se les sanciona simbólicamente por transgredir los roles de género asignados.
Los hombres suelen estar socialmente autorizados e incluso incentivados a experimentar con drogas, lo que implica un reconocimiento implícito de su autonomía. Ellos pueden consumir en espacios públicos sin enfrentar el mismo grado de juicio social. En cambio, las mujeres tienden a hacerlo en privado o con desconocidos para evitar la crítica, lo que incrementa su exposición a situaciones de riesgo y reduce sus posibilidades de recibir apoyo. Este aislamiento debilita sus redes de protección, dificulta el acceso a servicios de atención y refuerza el silencio, perpetuando una cadena de vulnerabilidades poco visibles.
Estos datos fueron obtenidos en nuestro proyecto Conocer para Transformar desde lo Local, una iniciativa de México Unido Contra la Delincuencia (MUCD) mediante la que se generó evidencia de las prácticas de consumo de sustancias ilegales en personas jóvenes de 10 estados del país, a través de 10 encuestas estatales sobre riesgos y protección para el consumo de drogas en adolescentes (ERPCODA). La información demuestra que las motivaciones para el consumo de sustancias entre adolescentes de 12 a 17 años varían según el género: en los hombres, se relaciona con la socialización y el estatus; en las mujeres, con el manejo del estrés y la ansiedad. Esta diferencia se refleja en el tipo de sustancias consumidas: ellos prefieren alucinógenos y estupefacientes, mientras que ellas optan por tranquilizantes.
Los datos obtenidos por el proyecto Conocer para Transformar revelan que las mujeres jóvenes buscan información sobre drogas en mayor medida que los hombres en casi todas las fuentes consideradas, salvo en los amigos, que son la principal vía para ellos. En su lugar, las mujeres recurren sobre todo a internet, redes sociales y el entorno escolar, lo que sugiere una búsqueda más activa pero también más individualizada, posiblemente para evitar el juicio social. Esta diferencia refleja una forma de aislamiento informativo, mientras los hombres se apoyan en sus pares, ellas acceden a canales más privados, lo que puede limitar el acompañamiento y aumentar el riesgo de desinformación.
Frente a un escenario en el que el género es un elemento clave en la dinámica y necesidades de atención al consumo de drogas, es crucial replantear el papel de la política pública en materia de prevención.
Los esfuerzos gubernamentales en la materia son escasos, mientras que el esfuerzo federal más importante es preocupante: la campaña “El fentanilo te mata”, con la que el gobierno federal pretende prevenir el consumo de esta droga mediante mensajes masivos que alertan sobre sus peligros, con contenido estigmatizante y alarmante, centrado en una estrategia generalizada que omite factores clave como los perfiles de consumo, las condiciones sociales y, por supuesto, la perspectiva de género.
Este tipo de abordajes, además, ignoran las distintas barreras que enfrentan muchas juventudes para acceder a información confiable, servicios de salud o espacios de acompañamiento. No consideran, por ejemplo, cómo influyen el estigma, la desigualdad económica, el lugar donde se vive o el género en la posibilidad real de recibir apoyo. Asumen, pues, que todas las personas -todas las juventudes-, sin importar su edad, condición económica, territorio, necesidades, motivaciones y modos de consumo, género, etcétera, son afectados de la misma manera. Nada más alejado de la realidad.
Los datos del programa Conocer para Transformar revelan, por ejemplo, que en estados como Coahuila, Aguascalientes y Guanajuato, mientras el consumo de alcohol, tabaco y marihuana suele iniciar después de los 13 años el consumo de drogas médicas y otras drogas ilegales comienza antes de esa edad. Estas diferencias podrían explicarse por factores como la alta disponibilidad de sustancias, la automedicación, o la exposición temprana a contextos de riesgo. En tanto, en zonas urbanas o con tránsito frecuente de drogas, como Coahuila o la Ciudad de México, la accesibilidad y la normalización del consumo pueden adelantar la edad de inicio. Estos hallazgos confirman la necesidad de políticas preventivas ajustadas al contexto local y basadas en evidencia territorial. Y estas políticas incluyen, por supuesto, las relacionadas con comunicación social, como lo son las campañas de concientización.
Particularmente para el tema que nos atañe, es preciso advertir que sin perspectiva de género la política puede tender a una criminalización que no sólo desinforma, sino que perpetúa la discriminación y deja en mayor vulnerabilidad a quienes más necesitan apoyo. Esto ha demostrado que la prevención efectiva no puede depender de estrategias homogéneas, sino que es necesario construir políticas basadas en diagnósticos locales y datos actualizados, que atiendan las particularidades de cada grupo. Para lograrlo, es fundamental abandonar el discurso punitivo y moralista y apostar por la educación, la reducción de daños y la inclusión social. Sin una perspectiva de género, la criminalización no sólo desinforma, sino que perpetúa la desigualdad y deja a las mujeres en una situación de mayor vulnerabilidad.
* Abril Reneé Medina Cisneros es estudiante de la licenciatura en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en el CIDE y voluntaria en MUCD. Israel Álvarez es investigador de MUCD en el área de Investigación y Políticas Públicas.