Joel Aguirre · 27 de julio de 2026
Por Colectivo Buscadoras Guanajuato (Andrea Cárdenas, Evelina Guzmán y Alejandra Díaz)*
En México, las realidades sobre la desaparición de personas suelen contarse desde las voces adultas de quienes buscan; sin embargo, dentro de esas mismas narrativas, las voces de niñas, niños y adolescentes suelen permanecer sofocadas. Las niñeces crecen entre fotografías de quienes faltan, relatos familiares, silencios, secretos a voces, preguntas que permanecen abiertas y emociones que acompañan la espera. Además, algunas enfrentan exclusión social en sus entornos educativos como consecuencia de los prejuicios y de la criminalización institucional que rodean a las familias con personas desaparecidas.
La ausencia de sus voces en las narrativas familiares y comunitarias forma parte de procesos complejos atravesados por el dolor, la incertidumbre y la impunidad. Frente a estos contextos, y en un intento por protegerles de experiencias que difícilmente caben en palabras, muchas personas adultas reservan información sobre la desaparición de su ser querido, las circunstancias en que ocurrió o algunos hechos relacionados con la violencia.
Estas formas de cuidado también se ven limitadas por las profundas desigualdades sociales y por las dificultades para acceder a servicios de salud, atención psicosocial y procuración de justicia, condiciones que la propia desaparición suele agudizar. Al mismo tiempo, estos silencios también pueden comprenderse a la luz de un sistema adultocéntrico presente en las políticas públicas.
Históricamente, este sistema no ha reconocido plenamente el derecho de niñas, niños y adolescentes a la verdad, la justicia y la participación, ni ha generado las condiciones necesarias para que sus voces sean escuchadas y sus experiencias reconocidas. Como consecuencia, las acciones dirigidas a este grupo suelen responder a lo que las personas adultas consideran que viven o necesitan, más que a aquello que ellas y ellos expresan y experimentan. En este sentido, la Convención sobre los Derechos del Niño reconoce su derecho a expresar sus opiniones en todos los asuntos que les afectan, a que estas sean tomadas en cuenta y a participar, jugar y expresarse.
La desaparición de personas en México tiene impactos diferenciados en las familias. Hasta 2025, los registros oficiales contabilizaban más de 129,000 personas desaparecidas y no localizadas: 99,515 hombres (76.7 %) y 29,702 mujeres (22.9 %). Aunque la desaparición afecta a personas de todos los géneros y edades, las cifras muestran una mayor proporción de hombres desaparecidos.
En nuestro país, esta realidad ocurre en un contexto donde históricamente a los hombres se les ha asignado el papel de principales proveedores económicos del hogar. En consecuencia, su desaparición transforma profundamente la vida familiar. Frente a esta ausencia, muchas mujeres —madres, esposas, hermanas, hijas y otras cuidadoras— asumen la búsqueda de sus seres queridos mientras continúan sosteniendo la crianza, los cuidados y la manutención económica de sus familias, y a ello se suman los gastos y las diligencias que implican los procesos de búsqueda, como traslados, documentación, trámites y gestiones ante distintas instituciones.

Todo ello ocurre en un contexto donde el sistema de procuración de justicia enfrenta profundas limitaciones para responder de manera oportuna y eficaz, con respuestas insuficientes, omisiones, negligencias y prácticas que, en numerosos casos, revictimizan a las familias. Como resultado, son ellas quienes con frecuencia terminan asumiendo los costos económicos, emocionales y organizativos que implica sostener la búsqueda de su ser querido.
Estas transformaciones también modifican la vida cotidiana de niñas, niños y adolescentes. Algunas familias recurren a préstamos, aumentan sus jornadas laborales o reorganizan sus formas de cuidado para hacer frente a las consecuencias de la desaparición. En este proceso, niñas, niños y adolescentes también reorganizan sus tiempos, actividades, responsabilidades y formas de participación dentro del hogar.
Desde la experiencia de acompañamiento en diversos colectivos del norte, centro y sur de la república, hemos observado que en distintos casos las niñas asumen mayores responsabilidades de cuidado hacia sus hermanas y hermanos menores mientras sus madres trabajan o asumen acciones de búsqueda. Del mismo modo, algunos niños se ven en la necesidad de incorporarse al trabajo remunerado o de abandonar temporalmente sus estudios para contribuir al ingreso familiar.
Aunque estas decisiones pueden percibirse como elecciones familiares, en realidad suelen estar profundamente condicionadas por las dificultades económicas, la precarización y las condiciones de vulnerabilidad que la desaparición profundiza. Estas circunstancias afectan su derecho a la educación y limitan sus posibilidades de desarrollar sus propios proyectos de vida.
Frente a estos impactos, en los colectivos “Buscadoras Guanajuato” y “Justicia y Esperanza” hemos construido espacios comunitarios de acompañamiento que buscan reconocer las voces, experiencias y formas de participación de niñas, niños y adolescentes de familias buscadoras. Desde estas experiencias, las estrategias comunitarias, artísticas y psicosociales han mostrado su potencial para abrir espacios donde niñas, niños y adolescentes puedan expresarse desde sus propias formas, necesidades y experiencias. A través del juego, los cuentos, el teatro, el dibujo y la creación colectiva, estos espacios permiten reconocer las maneras particulares en que comprenden lo que ocurre a su alrededor y acompañar la construcción de sentidos propios frente a las experiencias que atraviesan junto con sus familias y comunidades.
El valor de estos espacios radica en la posibilidad de desprivatizar el dolor y fortalecer los vínculos entre las propias niñeces y adolescencias, sus familias y sus comunidades. Al encontrarse con otras niñas, niños y adolescentes que también forman parte de familias buscadoras, pueden reconocerse en experiencias compartidas, expresar emociones y construir redes de apoyo entre pares. Así, preguntas, emociones y vivencias que en ocasiones permanecen en silencio, incluso dentro de sus propios espacios familiares, encuentran un lugar de escucha, expresión y reconocimiento colectivo.
A través de metodologías colaborativas, artísticas y lúdicas, las niñeces exploran temas relacionados con las ausencias, la búsqueda de ayuda, los obstáculos y la importancia de las redes de apoyo. Estos espacios les permiten acercarse a emociones complejas, construir significados compartidos y reconocer formas propias de acompañamiento, cuidado y resistencia. Asimismo, abren posibilidades para imaginar otros horizontes. En los dibujos, los relatos y las producciones sonoras, las niñeces construyen narrativas donde la memoria no está vinculada únicamente con la ausencia y la búsqueda, sino también con la identidad colectiva, la participación, los vínculos comunitarios y las formas de afrontamiento y resistencia.
Los aprendizajes construidos dentro de los colectivos “Buscadoras Guanajuato” y “Justicia y Esperanza” parten del reconocimiento de niñas, niños y adolescentes como personas sujetas de derechos que participan en la construcción de sentidos, vínculos y comunidad. En estos espacios asumimos su protagonismo y sostenemos que lo justo sería que ninguna niña, niño o adolescente tuviera que acudir a una brigada de búsqueda, una fiscalía o una marcha para exigir verdad y justicia; que ninguna familia tuviera que atravesar la desaparición de un ser querido ni enfrentar procesos marcados por la incertidumbre, la impunidad y la criminalización.

Sin embargo, la desaparición de personas es una realidad que atraviesa la vida de miles de niñas, niños y adolescentes en un contexto donde las instituciones han sido rebasadas. Por ello, escuchar sus voces y reconocer sus experiencias no significa asumir que las niñeces deban enfrentar escenarios considerados “cosas de adultos”, sino reconocer que la desaparición de un ser querido ya forma parte de su realidad. Invisibilizar sus experiencias, sus voces y los impactos que enfrentan no hace que esa realidad desaparezca. Por el contrario, puede profundizar las condiciones de vulnerabilidad y riesgo en las que viven.
Frente a contextos marcados por la esperanza y la impunidad, las niñeces y adolescencias también construyen memoria, comunidad y caminos de verdad y justicia. Sus voces, sus preguntas y sus formas de afrontamiento abren nuevas maneras de encontrarse, cuidarse y resistir colectivamente.♦
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Andrea Cárdenas es psicóloga comunitaria, perita en violencias y violaciones a derechos humanos e Investigadora; se especializa en procesos psicosociales y forenses con niñeces, juventudes y sus redes de cuidado en contextos de guerra, militarización y narcotráfico; participa con el Colectivo Buscadoras Guanajuato a través de metodologías artísticas, colaborativas y lúdicas. Evelina Guzmán es fundadora y representante del colectivo Justicia y Esperanza, la primera organización en Guanajuato que se organizó para búsqueda de desaparecidos migrantes en el estado. Alejandra Díaz es integrante del Colectivo Buscadoras Guanajuato, por 18 meses estuvo buscando a su hermano Felipe, desaparecido en el estado; actualmente acompaña a más familias en su búsqueda a través de la vinculación y gestión de proyectos para la incidencia política, cultural y de acción ciudadana. Redes: @lamiradadeandy @colectivojusti1 @buscadoras_gto