Redacción Animal Político · 15 de diciembre de 2023
La historia dice que mi papá dudaba de que yo fuese su hija cuando mi mamá estaba embarazada. Si la historia se equivoca, como seguramente él me diría, habría una parte que no tiene intermediarios porque la viví en primera persona: no fui el personaje principal de su historia. Hoy, de adulta, lo entiendo: mi papá estaba centrado en él mismo, en la pérdida de su padre, en su juventud y en una persecución identitaria que encontraría la calma muchos años después. Pero, de niña, puedo decir que mi papá fue el primer hombre que me rompió el corazón.
Decidí retomar terapia hace algunas semanas porque no hallaba el origen de mi malestar. Intenté justificarlo durante algún tiempo con el arrastre de la pandemia, pero no me salían las cuentas: ni el ibuprofreno ni el paracetamol me ayudaban con la sensación de no poder lidiar con mi existencia.
En esta nueva migración hacia otra parte de mí, que nunca es una línea recta continua, me he sorprendido por las múltiples capas que llevo en la carga. Sesión tras sesión he recorrido los caminos conocidos de la terapia: mi miedo al abandono, al rechazo, al dolor y mi forma, tan parecida a la de un perro asustado, de reaccionar ante la indiferencia y la poca reciprocidad, por momentos, de algunas de mis relaciones.
Me sirve recordar que nada es para siempre y que lo que vivo, sola o acompañada, es un instante y no la historia completa. Necesito prudencia ante mis propios pensamientos. Una voz sensata entre todas las que tengo y escucho. Matices, grises. Me asomo a otros tonos. No es fácil evitar convertirte en tu antagonista cuando llevas un malestar que no sana.
Cada tanto pienso que, entre más años tengo, menos tiempo le dedico a lamentarme por lo que no es, no fue o no pudo ser. Supongo que la maternidad me da perspectiva y me levanta todas las mañanas. Aun así, lo que me duele me encuentra y se me clava.
Total que, tras unas cuantas sesiones, pude detectar que mi malestar existencial se debe a un corazón roto que se da cuenta, una vez más, de que no es el personaje principal en una historia en la que se reafirma como un personaje marginal que acompaña a quien la cuenta, como en mi infancia.
Siento pudor y vergüenza al contarlo, porque veo en mí a una persona y en mi manera de vincularme afectivamente con los hombres, a otra. Por un lado, una mujer completa; por otro, una mujer despedazada que se muere de ganas de protagonizar sus historias amorosas.
Mientras decido cómo resolverlo, procuro no pulverizarme al decirme que una no se forma con las historias que acompaña, sino con las historias que escribe y que vive siendo el personaje principal, en primera persona. Y, heme aquí, reescribiendo mi historia (una vez más), partiendo desde que mi madre estaba embarazada y desde que mi papá se encontraba en su persecución identitaria.
