¿Cuánto cuesta decir la verdad?

Jorge Avila · 4 de mayo de 2026

¿Cuánto cuesta decir la verdad?

Por Jesús Caudillo

Era Nochebuena. La Policía Ministerial del estado de Veracruz, acompañada de elementos del Ejército, detuvo a Rafael León Segovia en Coatzacoalcos. El cargo: terrorismo. León Segovia, conocido como “Lafita” León, cubría temas de seguridad y nota roja, y difundía su trabajo principalmente a través de plataformas digitales y redes sociales. Según su hijo, la acusación se basaba en que su cobertura informativa “causaba pánico”. El periodismo, en otras palabras, redefinido como crimen de Estado. El cargo de terrorismo fue finalmente retirado, pero el juez lo vinculó a proceso por otros dos delitos y le impuso prisión domiciliaria por un año, impidiéndole salir a las calles a seguir informando.

Nueve meses antes, en Silao, Guanajuato, Kristian Zavala corrió con peor suerte. Tenía 28 años y una página de Facebook con 18 mil seguidores. Nada más. Ninguna cadena editorial detrás, ningún equipo legal, ninguna oficina en la capital. Solo una plataforma digital desde la que contaba lo que pasaba en su ciudad: política local, seguridad pública, las cosas que la gente necesitaba saber. Había pedido protección al Estado en 2021. Se la concedieron. La madrugada del 2 de marzo de 2025, dos hombres en motocicleta se acercaron al vehículo en el que viajaba y abrieron fuego. Kristian murió ahí. Sus asesinos huyeron. Nadie ha sido detenido.
Dos periodistas. Dos métodos distintos. El mismo mensaje.

Democracia, la promesa incumplida

Hubo un tiempo —no tan lejano— en que creímos que contar la verdad tenía protección institucional. Que la democracia, una vez conquistada, era irreversible. Que el periodismo libre era ya un dato del mundo moderno, como el agua corriente o la luz eléctrica: algo que había costado mucho conseguir pero que ya nadie podría quitarnos. Esa certeza, hoy, no existe. Y en el ejercicio del periodismo hay miedo, pero también duelo. El duelo por un futuro que creímos garantizado y que resultó ser, apenas, una promesa sin blindaje.

Lo incómodo de dar cifras sobre los atropellos a los periodistas es que, en realidad, hablamos de vidas e historias que no merecieron el desenlace que tuvieron. Desde el año 2000, 171 periodistas han sido asesinados en México en posible relación con su labor. Más del 95% de esos crímenes permanecen sin resolver. Solo en 2025, el país ocupó el tercer lugar mundial en periodistas asesinados, con seis casos documentados —y eso en un año que batió récord histórico global: 129 muertes de periodistas en todo el mundo, la cifra más alta en tres décadas.

Silencio, presión y autocensura

Pero los muertos son solo la parte visible del problema. El caso de Rafael León ilustra la otra cara: los regímenes aprendieron que el mártir genera ruido. Que hay formas más silenciosas, más limpias, de acallar una voz. Artículo 19lo señaló con precisión: en apenas veinte días, la fiscalía integró y judicializó una carpeta contra un periodista por terrorismo, pero solicitó cuatro meses para la investigación complementaria. La misma institución que no puede resolver los asesinatos de periodistas en Veracruz actuó con velocidad inusitada para detener a uno. La diligencia del Estado, al parecer, tiene dirección preferente.

A esto se suma otra tragedia más de esta opresión: cuando el periodista decide censurarse a sí mismo. Y por autocensura nos referimos al tema que uno sabe y no publica; a la pregunta que formulamos con cuidado para no parecer que atacamos; al titular que revisamos una y mil veces, que suavizamos antes de enviarlo. En México, cuestionar al poder formal —no solo al crimen organizado, sino a la autoridad institucional— cuesta hoy más que antes. La confianza de la población en los medios ha caído al 36%, según el informe más reciente del Reuters Institute Digital News Report. Entre los factores que explican esa caída: la percepción de que los medios responden a intereses económicos y la práctica extendida de la autocensura.

Libertad que se apaga en el mundo de la posverdad

Todo lo anterior no es un fenómeno solo mexicano, sino el signo de una época. Reporteros Sin Fronteras publicó su informe 2026: la libertad de prensa alcanza su peor nivel en 25 años. En 2002, el 20% de la población mundial vivía en países donde la prensa era considerada libre. Hoy, esa proporción ha caído a menos del 1%. Nicaragua desmanteló su prensa independiente y convirtió el exilio en destino forzoso para periodistas críticos. Venezuela los asfixió económicamente. El Salvador los criminalizó. Hungría los capturó desde adentro, comprando medios y convirtiendo la propaganda en periodismo de Estado. Y en Estados Unidos, el país que presumía de ser el modelo de la democracia liberal, un presidente llamó “enemigos del pueblo” a los reporteros. México, como se ha visto, tampoco está lejos de estos ejemplos. Los autócratas —nuevos y viejos, de izquierda y de derecha— han entendido que la primera batalla por el poder se libra en el terreno de la verdad.

Vivimos la era de la posverdad, nos dicen. La era en que los hechos ya no importan, en que cada quien elige su realidad, en que la mentira amplificada supera en alcance a cualquier reportaje riguroso, siempre que apele al escándalo como base. Puede ser. Pero hay algo que ningún régimen ha logrado en toda la historia: matar la verdad de manera permanente. Los textos que la dictadura argentina destruyó llegaron igual a los tribunales. Los archivos que Nixon mandó borrar definieron su caída. Las voces que el estalinismo silenció siguieron circulando en papeles clandestinos durante décadas, y terminaron siendo la memoria que juzgó al régimen.

Perseguir la verdad ha sido siempre la condena de cualquier poder que intenta suprimirla. Todo régimen habrá de terminar. La historia no recuerda a los censores. Recuerda lo que intentaron censurar. Por eso, hoy, en el aniversario de un día que debería celebrarse y que en cambio se conmemora con duelo, vale decir que ejercer el periodismo en este momento histórico es un acto de fe. No fe religiosa ni heroica —fe laica, terca, a veces agotada. La fe en que decir lo que uno ve tiene sentido aunque nadie te proteja ni el algoritmo lo amplifique; aunque el poder lo niegue o te acuse de terrorismo por difundirlo.

Rafael León lo sabe, desde su arresto domiciliario en Veracruz, sin poder salir a la calle a seguir contando lo que pasa. Kristian Zavala lo supo hasta la madrugada del 2 de marzo, en una carretera de Silao. Lo saben todos los que lo siguen haciendo.