Perfilamiento racial y racismo internalizado

blogeditor · 17 de marzo de 2022

Perfilamiento racial y racismo internalizado

Hablar de racismo en México es complicado, y no por falta de hechos y evidencias, sino por la complejidad de las narrativas históricas heredadas que marcaron y aún marcan la percepción que tenemos sobre tonalidades de piel, formas de hablar (lenguas y acentos), características fenotípicas, formas de vestir, condiciones económicas (de clase), y cuerpos y atributos en general.

Una de estas narrativas históricas, promovida por el Estado en su momento para construir una identidad nacional, fue la del mestizaje, que afirmaba que la población mexicana era resultado de una mezcla entre personas europeas e indígenas (ahora se sabe que la mezcla mayoritaria fue entre afrodescendientes e indígenas) y que, por lo tanto, quienes habitaban México eran de “raza” mestiza.

No debe perderse de vista que el racismo tiene su base en la creencia de que existen razas humanas, la cual fue desmentida desde el 2000 (y cuestionada décadas atrás) con el estudio del genoma humano; de ahí que, de entrada, la ideología del mestizaje sea en sí misma racista. Por otro lado, es necesario resaltar la exclusión que se da a partir de la aspiración a ser una persona mestiza, pues lo que se busca al tratar de serlo mediante prácticas y expresiones culturales, económicas y sociales es acercarse lo más posible a los estándares blancos y europeos, y alejarse lo más que se pueda de los estándares indígenas y afrodescendientes (tener un tono de piel claro en vez de uno moreno u oscuro, hablar español e inglés en lugar de alguna lengua indígena, tener modales e ideas europeas y dejar las costumbres y creencias indígenas, vivir en la ciudad y dejar el pueblo).

Sobra entonces decir que las personas afrodescendientes, afromexicanas, indígenas, morenas y prietas quedaron excluidas del modelo identitario nacional. En un país donde la mayoría de las personas son morenas y tienen tonalidades de piel oscuras, la ideología del mestizaje resulta una especie de autosabotaje a la propia identidad, pues es excluyente para la mayoría de la población y pone en evidencia que éste no sucedió como nos contaron: no hubo un mestizaje ni biológico ni cultural ni social que diera un piso de igualdad a todas las personas.

La sociedad mexicana es muy diversa y en su interior las desigualdades que generan las distintas estructuras de opresión como el racismo son una realidad que afecta sobre todo a los grupos racializados y en situación de pobreza.

El más precisamente llamado mito del mestizaje aún se sigue creyendo y reproduciendo en muchos sectores sociales, de tal suerte que la invisibilización histórica de grupos sociales enteros y la ilusión de unidad poblacional y aspiracionista que borra diferencias culturales, económicas, sociales, fenotípicas, de género, etcétera, se traduce en dificultad para reconocer el racismo y sus expresiones particulares entre las personas de México. Este mito parte de la consigna de que en México no existe el racismo, puesto que toda la población es mestiza.

Sin embargo, no es extraño escuchar aún frases como “quítate el nopal de la cara”, “se trata de mejorar la raza”, “trabajo como negro para vivir como blanco”, “luego luego se nota la mugre en los codos”, “es morenita, pero está bonita”. Tampoco es ajeno ver prácticas relacionadas con el blanqueamiento de la piel (ya sea real o mediante filtros de aplicaciones de celular), con códigos de vestimenta, con creencias en torno a que existen acentos y gustos “nacos”, con autoridades que detienen a personas por su sola apariencia y con una desigualdad económica que se refleja particularmente en el tono de la piel.

El racismo es estructural e interseccional y se hace evidente cuando la Ciudad de México se ve dividida por colores. Si el racismo no existiera, estas expresiones, prácticas, manifestaciones y separación de cuerpos por geografías tampoco lo harían.

Esta negación o invisibilización refiere a una dimensión en particular, que es el racismo internalizado. Este alude a una internalización de las narrativas históricas raciales como naturales; es la apropiación de discursos racistas, al punto de creer que las personas son como son a causa de una pertenencia racial. Esta puede considerarse como una dimensión cognitiva y psicológica del racismo, con implicaciones serias, pues una persona puede creerse y sentirse menos por esa internalización del discurso racista, y viceversa: otra puede sentirse o creerse más por su supuesta pertenencia racial (Instituto Nacional de Formación Política, 2020).

Por otro lado, esta dimensión también revela que el racismo está tan arraigado en la cultura mexicana que las personas que pertenecen a un grupo racializado (y afectado por el racismo) también reproducen expresiones y prácticas racistas, sin darse cuenta que tales reproducciones les afectan a sí mismas.

Esta dimensión se encuentra en el inconsciente colectivo, pues no se cuestionan los cánones de belleza y de saberes occidentales impuestos ni los sistemas de opresión históricos en general que han determinado qué grupos están sobre otros y a qué características se les ha atribuido un mayor valor simbólico de forma arbitraria.

Lo preocupante del racismo y su naturalización son las repercusiones reales. Ejemplo de ello es el perfilamiento racial, que se define como la determinación por parte de agentes policiales o autoridades encargadas de hacer cumplir las leyes de que una persona es sospechosa con base en su apariencia, su tono de piel, su forma de vestir, de hablar, su origen nacional o étnico, en lugar de basarse en hechos y comportamientos.

Bajo la estructura racista de nuestro país y entendiendo quiénes son los grupos racializados, las personas morenas, indígenas, afromexicanas y migrantes son vigiladas en el supermercado por agentes policiales al pensar que pueden robar algo; detenidas y revisadas en las calles de forma arbitraria por considerarles como primeras sospechosas de un delito; rechazadas en trabajos porque no tienen la imagen “adecuada” (¿cuál es la imagen adecuada?); sacadas de una plaza o restaurante por verse o vestirse de cierta forma (ser indígena o vestir ropa indígena, por ejemplo); obstaculizadas para tramitar una identificación oficial al no creerles que son de México por ser afromexicanas; deportadas del país por pensar que son extranjeras; violentadas y hasta asesinadas por su tono de piel o su nacionalidad; criminalizadas por ser quienes son.

Muchas de estas acciones son resultado de prejuicios y estereotipos raciales que parten de generalidades y desinformación, por lo que hacernos (toda la población) conscientes de ellos, y por lo tanto, del racismo que prevalece, es urgente para generar un cambio de percepción y del curso de la historia, para exigir que quienes se encargan de promover, respetar, proteger y garantizar derechos lo hagan; para informarse, sensibilizarse y reconocer las historias de las identidades que conforman la diversidad del país y la ciudad; para exigir justicia cuando se violentan los derechos de las personas racializadas; para seguir señalando que vivimos bajo un sistema capitalista, patriarcal y colonialista que es sumamente injusto y desigual; para no autosabotearnos.

Todos los espacios de convivencia cotidiana son una oportunidad para analizar, reflexionar y accionar en contra del racismo. Dado lo arraigado del problema, parece no ser suficiente con no ser racista: es necesario ser antirracista. Es urgente concientizar y combatir el racismo para que ninguna persona sea asesinada por ser quien es.

* Ricardo Portilla es asesor educativo en la Subdirección de Capacitación y Educación del COPRED.

 

Referencias:

* INFP Instituto Nacional de Formación Política. (17 de junio de 2020). Racismo y Relaciones de Poder.

* Desmantelando el racismo estructural (video). Youtube.