blogeditor · 22 de febrero de 2016
El que calla, otorga. Se apuntó un éxito notorio -para sus propósitos- el gobierno de Enrique Peña Nieto. Por fuerza o de grado, el papa Francisco omitió mencionar durante su jornada en México a los 43 normalistas desaparecidos en Iguala los días 26 y 27 de septiembre de 2014. Tampoco se reunió con víctimas de pedofilia eclesial, o del posterior encubrimiento de altos jerarcas que disfrutan, como siempre, de impunidad por parte del Estado. ¿Correrán con éxito las tentativas por cambiar de tema, principal obsesión de los mandamases y tatamandones del Poder Ejecutivo federal?
La gestión del Grupo Interdiciplinario de Expertos Internacionales termina el próximo 30 de abril. Las comicios estatales y municipales que podrían marcar el rumbo del resto del sexenio -y del que viene, a partir de los comicios de 2018- se llevan a cabo el 5 de junio (por cierto, séptimo aniversario del incendio de la Guardería ABC de Hermosillo, tema al que podría darse definitivo carpetazo judicial en fecha muy próxima).
Las discusiones relacionadas con Ayotzinapa han pasado a segundo término. ¿Funcionará como siempre, la estrategia del ninguneo y el desgaste, practicadas durante el actual sexenio, tanto como sus antecesores y los que le seguirán? Las conclusiones de la conferencia de prensa de ayer por la mañana en la CDHDF sugieren que la administración peñista agotará el tiempo que le queda de vigencia al acuerdo con la CIDH sin hacer lo correcto; todo indica, asimismo, que ante el parcial o nulo acompañamiento de sectores sociales activos -que son los que deberían exigir cuentas claras a Peña y compañía- los expertos partirán a sus respectivas casas con magros resultados, y sin que se aborde la posibilidad de extender su mandato.
El peñismo se readueña de la conversación, relegando pendientes cruciales antes de deshacerse del GIEI; en un intento por capear el temporal económico en el que estamos inmersos, alienta a sus comparsas Verde, PANAL (y satélites pactistas que lo acompañan) en su pretensión por imponer carro completo de la mano de Manlio Fabio Beltrones.

En el mismo orden de ideas, la semana pasada se confirmó que la muerte de sesenta y cinco mineros en Pasta de Conchos, Coahuila, el 19 de febrero de 2006 apenas amerita menciones aisladas. Para nada interrumpió el incontenible ascenso de Germán Larrea Mota Velasco (acreedor al título de plutócrata o ricachón más misterioso del país, amo y señor de Grupo México, responsable de desastres ecológicos como el de la mina Buenavista del Cobre en los ríos Bacanuchi y Sonora, del que su empresa salió relativamente incólume), en las listas de Forbes y Fortune de oligarcas sin escrúpulos, adinerados hasta la obscenidad.


El décimo aniversario de la tragedia minera pasó casi desapercibido, con una mínima participación ciudadana en la Ciudad de México o en redes sociales.

Los cuerpos de los dos primeros nombres de la lista, abajo, son los únicos que han sido rescatados. Los restantes permanecen bajo tierra, y -de acuerdo a la empresa infractora- nunca podrán ser recuperados por existir altas probabilidades de que estén contaminados por enfermedades como tuberculosis, VIH [sic], &c.

Los protagonistas de la tragedia no pierden el sueño una década después del siniestro; participan activamente en el ámbito enrarecido de la alta política mexicana, y los turbios negocios relacionados con su desempeño.
Los mineros y sus familias son prescindibles, como lo ha sido 72 migrantes de San Fernando Tamaulipas, o los 49 bebés sacrificados por la voracidad pública y privada en Hermosillo, Sonora, o 16 jóvenes asesinados en Villas de Salvárcar en Ciudad Juárez, Chihuahua, o las víctimas de feminicidios por todo el país, o los periodistas de Veracruz. La lista es interminable, y se acumulan nombres y cifras todos los días.

Como un mínimo homenaje a su recuerdo y a la lucha por la memoria y la justicia de sus parientes, aquí se comparten los nombres de #65Mineros de Pasta de Conchos.
Ellos no debieron morir. Han fallecido decenas de trabajadores desde entonces, en condiciones intolerables en cualquier otro país (que no éste).
Pero vivimos en México, donde recuentos como el de Pasta de Conchos son cotidianos.
¿Hasta cuándo seguirá normalizándose la barbarie nacional?