blogeditor · 28 de septiembre de 2016
Hace tiempo que se sabe que en la ciudad existen grupos delictivos fuertemente vinculados con los grandes cárteles del narcotráfico. No hace tanto, aunque la precisión tampoco remite a días, que se sabe que las colonias Condesa, Roma y Narvarte son territorio narco. Sin embargo, el pasado fin de semana el tema ha saltado a la discusión citadina con motivo de sendos artículos, publicados uno en Milenio por Rafael Pérez Gay y el otro en El Universal por Héctor de Mauleón, en los que se ofrece un relato vivencial de lo que significa interactuar en el vecindario del narco.
El tema no es en absoluto menor porque también, por aquí y por allá, se sabe que los partidos políticos locales, en diversos estados de la República, se financian con dinero del narco, lo que en principio permite al menos hipotetizar que los gobiernos apoyados con estos recursos deben ser los menos interesados en disputarles sus territorios.
El título que Héctor de Mauleón dio a su columna Perdieron la Condesa es brutal, porque implica, en efecto, que la lucha territorial que han emprendido las bandas criminales tiene lugar también en la Ciudad de México y que ha sido el gobierno de la ciudad quien ha claudicado.
Conozco a Miguel Mancera hace muchos años; más allá de las diferencias políticas que nos distanciaron, hay un substrato de amistad, al menos en mi persona, que recuerda con mucho afecto momentos compartidos que hicieron crecer la confianza y el apego entrambos. Tal vez por eso me resisto a pensar que su gente —su procurador, su secretario de seguridad pública o él mismo— no sepan o no quieran saber lo que en este tema pasa en la ciudad que les confiamos gobernar cuando una inmensa mayoría les dimos nuestro voto; o peor aún, que sean aquiescentes, prohíjen o participen de algún modo dentro de todo este fenómeno.
La política en la Ciudad de México nunca ha sido un dechado de virtudes, igual de sabido es que las demarcaciones políticas son la caja chica de las tribus y que la corrupción y el conflicto de interés son parte integrante de las transacciones cotidianas en la capital —botones de muestra tenemos varios— y por eso lo que preocupa es que las y los ciudadanos terminemos viendo normal la presencia de los cárteles —como normal vemos toda la corrupción que pasa frente a nosotros— y nos dejemos dominar por el miedo y la parálisis que sus prácticas producen. Sobre todo si lo que es sabido es que los gobiernos de la ciudad, en lo que va del siglo, no sólo no han podido erradicar las prácticas corruptas de funcionarios y políticos de toda la vida, sino que han aprendido a hacerlas funcionales a sus propios intereses. El riesgo es pues, que el GCDMX se repliegue y ceda la plaza al crimen a cambio de ser beneficiario de su dinero. Lo que tiene que saber Miguel Mancera es que si eso pasa, nos estaría vendiendo a todas y todos.
Si ya tenemos perdida buena parte del país, no podemos permitirnos perder la ciudad, no podemos dejarla en manos de quienes hallan en la violencia el mejor modo de imponer sus reales y de resolver sus conflictos. Si eso ocurre, como dije, todos perdemos.
A pesar de lo que se sabe, honestamente, en lo personal, no conozco funcionarios públicos de los que con pruebas se pueda decir que, seducidos por el poder, son cómplices del crimen. Pero lo que sí conozco, son muchos ex funcionarios públicos ejemplares a quienes hacer bien su trabajo les volvió disfuncionales; y es que el sistema no está hecho para el desempeño honesto de la función pública.
En esta ciudad nacimos, muchos vivimos aquí por necesidad o por elección, y aquí viven nuestras hijas e hijos. En más de un sentido, la Ciudad de México representa la esperanza de recuperar un país que se nos desmorona entre las manos.
Mi reconocimiento a Pérez Gay y a Héctor de Mauleón por el valor de denunciar las amenazas de las que han sido objeto y mi enérgica exigencia al Jefe de Gobierno de la Ciudad de México para que intervenga y garantice su seguridad y la de todas y todos los habitantes y transeúntes de esta capital.