blogeditor · 10 de septiembre de 2014
Es posible que ya lo haya mencionado antes, pero vale la pena repetirlo de cuando en cuando: una de las cosas más frustrantes de dedicarse de tiempo parcial o completo a la salvación de la patria es que, bueno, en realidad nadie ha visto a la patria en mucho tiempo, prácticamente desde su nacimiento si se quiere ser preciso, y peor aún hay indicios de que la patria ha sobrevivido y sobrevivirá a generaciones mucho peores que las nuestras sin mayores aspavientos. Existen por supuesto los cursis que encuentran a la patria en cada hoja que tiembla en cada árbol que sobrevive en un parque en el que no funciona el alumbrado público, pero su aflicción es demasiado similar a quienes encuentran a dios en cada piedra del camino como para tomarla muy en serio o juzgarla demasiado severamente. Si en tiempos que se presumían más sencillos que estos se podía debatir con un cierto grado de seriedad sobre la verdadera naturaleza de dios, por estos días resulta de mal gusto cuestionar el hecho de que cada quien debe tener su dios personal, incluso para los que prefieren sus dioses muertos o inexistentes. Sería un fauxpas incluso peor, entonces, ponerse a juzgar la versión de patria que cada quien se encuentra para sí mismo. Cada quien debe encontrar su propio heroísmo donde pueda, faltaba más. Si Pessoa se lamentaba por haber nacido en un tiempo sin dios, es porque no había descubierto el poder de inventarse uno a su gusto.
Pero si el trabajo de la salvación de la patria puede ser frustrante por falta de objeto visible a salvar, el del servicio público es incluso peor. Si la patria insiste en no dejarse ver para que uno pueda rescatarla, mucho menos se deja ver para que uno la pueda servir. Y mientras que uno puede inventarse su propia versión de la patria para salvarla a bombo y platillo, en lo que toca al servicio público la ley escoge por uno a qué versión de la patria habrá de atenderse y, veces de forma muy desafortunada, determina exactamente qué es lo que uno debe hacer al respecto. Si en la salvación de la patria hace falta una cierta dosis de imaginación para pretender que hay un heroísmo irrefutable en lo que se está haciendo, en el caso del servicio público hace falta poco menos que una negación de la realidad para pretender que uno está haciendo algo más que lo que explícitamente le están pagando por hacer.
A cientos de miles de funcionarios públicos, como a la inmensa mayoría de la gente que trabaja, esto les parece perfectamente razonable. Después de todo, uno deriva pequeñas y grandes satisfacciones del trabajo sin heroísmos, aunque sea simplemente la del hecho de poder pagar la renta o la de ir ascendiendo a las alturas que uno supone le corresponden. Hay ambiciosos y tímidos en la burocracia como en las finanzas como en la fábrica en la que trabajaba Charlie Chaplin en Tiempos Modernos. Y el que los ambiciosos sean muchas veces cínicos y corruptos es lo que uno suele —o debería— esperar de ellos. Se podría leer a Shakespeare o simplemente conversar con el pariente que hará todo lo posible para que sus hijos vacacionen en Orlando todos los años para saber que, dentro y fuera del servicio público, habrá quien decida que las reglas son para quienes son demasiado débiles para romperlas. Menos Nietzche que Ayn Rand, aunque es más probable que estos ambiciosos no hayan leído a ninguno de los dos; leer es, después de todo, una actividad para los que no están ocupados construyendo pequeños imperios sobre la espalda de quien se les atraviese. Es la naturaleza de las cosas y, en tanto que antagonismo, no es particularmente notable ni novedoso: hay quien quiere violar la ley para conseguir lo que quiere —o cuando menos interpretarla muy creativamente— y hay quienes se dedican a tratar de impedírselo o cuando menos llamarlo a cuentas por ello. Uno puede soñar todo lo que quiera con un mundo de ángeles incapaces de la menor deshonestidad, pero como a la patria, nadie nunca lo ha visto. Se vive con un mundo de diablos, veces de manera más angustiante que otras.
Se entiende que esta puede resultar una visión demasiado cínica para muchos. También, que haya quien prefiera pensar que su paso por el servicio público no es sino una continuación de su personalísima épica heroica en pos de la patria y que antes que un trabajo, su paso por el servicio público es un favor que reclama la sociedad a voz de cuello. Sea. Ya se ha dicho que no hay que juzgarlos con demasiada dureza —es de mal gusto juzgar los delirios ajenos. Pero si se les puede hacer una sugerencia —quizá sea de mal gusto hacerlo también— sería la de que quizá deban indignarse un poco menos cuando las otras versiones de la patria los ven menos como galantes caballeros al rescate que como empleados un tanto pretenciosos y más bien sobre-pagados. Es la naturaleza de la democracia a la que pretenden servir desde tantas y tan variadas trincheras—“militancia múltiple” le llama con algo de generosidad Antonio Martínez. Pero como se entendía en tiempos que, nuevamente, eran quizá más simples que estos: el que sirve a dos amos, terminará siéndole fiel a uno y menospreciando al otro —particularmente si uno se sirve a sí mismo por vía de servir a abstracciones No hay mucho más que decir al respecto, a menos claro que se quiera hablar de aves que cruzan el pantano sin mancharse —es posible que sean lo suficientemente cursis para ello.