blogeditor · 2 de noviembre de 2015
Se ha dicho que la película más terrorífica de toda la historia del cine es El Exorcista. Primera parte, por supuesto. El padre Karras es un encanto de jesuita torturado por sus dudas y la niña, Regan por más señas, de acarameladas, melosas y empalagosas facciones, casi gana al transformarse en la encarnación misma del diablo. Falla el vómito verde, pero en aquella época los efectos digitales todavía no se habían afianzado. Lo cual fue mejor porque cuando el exorcista propiamente dicho, Max von Sydow, se quita el vómito de la cara, la expresión no es de simulación sino que, verdaderamente, aquella baba le producía náuseas.
[contextly_sidebar id=”pObNS8RQKlD4reucZMcjmmnVB0fOPgHv”]Pero si El Exorcista (el montaje del director estrenada en el 2000, es decir, 25 años después del montaje primigenio, mejora el original) merece la primera mención, no es menos cierto que siguió a otra película que abrió las pantallas del gran cine al Maligno. En efecto, la fama adquirida por La Semilla del Diablo, unos años antes, la situó en el arranque del cine de Terror, subgénero de Satanismo. Polansky coqueteaba en aquella época con lo diabólico. Finalmente, su esposa resultó despanzurrada por un grupo de alienados satanistas. La película de Polanski es, sin duda, la primera gran película sobre el Diablo. El argumento se basó en la novela de Ira Levin, El bebé de Rosemary, y puede ser considerada como un verdadero descenso a los infiernos de la protagonista, la enfermiza Mia Farrow. Poco a poco se da cuenta de que sus afables vecinos son conspicuos satanistas y que el hijo que lleva en sus entrañas ha sido concebido por Satanás. Todo un poema. Llama la atención que en el filme de Polansky no hay ni una sola escena en donde aparezca el Diablo o alguna forma terrorífica. Y sin embargo, la película causa angustia y desasosiego en el espectador. Lo más angustioso, sin duda, es la normalidad banal y pequeño-burguesa de los devotos de Satán.
Nada que ver con los heavys convertidos en los noventa en comparsas del Diablo. El mensaje es claro: lo demoníaco está en el núcleo mismo de la sociedad más tranquila y conservadora, una tesis que compartimos al ciento por ciento y que hoy es incluso mucho más actual que cuando Polansky dirigió el film.
Para colmo Polansky se documentó hasta la saciedad para realizar la película. A lo largo de toda la cinta hay guiños hacia el satanismo organizado, el primero de los cuales es, sin duda, la ubicación del escenario en el Edificio Dakota, donde vivió en su periplo neoyorkino Aleister Crowley. Un inmueble que parece incorporar el mal dentro de sus muros.
El protagonista, John Cassavetes, se sintió incómodo a lo largo de todo el film. Cineasta independiente, entonces era una estrella ascendente, pero aquel guión le superaba y le resultaba extremadamente desagradable. Pero lo más desagradable estaba por llegar: a los pocos meses de proyectarse el film con gran éxito, los anónimos que Polansky había ido recibiendo, se materializaron y su esposa, Sharon Tate, y cuatro de sus amigos, resultaron horriblemente asesinados por “discípulos del diablo” propiamente dichos.
Manson y las chicas de su tribu eran algo más que hippis desarrapados: adoraban a Satanás y en anteriores encarcelamientos el siniestro personaje pudo conocer el mundo del ocultismo, la magia y el satanismo.
Tres años después llegó la primera entrega de La Profecía (los otras dos fueron, tan olvidables como las secuelas de El Exorcista). Aquí se jugaba con todos los trucos del cine de terror: cabezas cortadas, efectos especiales escalofriantes, perros ladrando en la oscuridad, cementerios, y nuevamente el diablo tenía facciones de un chiquillo. Richard Donner hizo bien su trabajo y los guionistas también estuvieron sembrados. Gregory Peck, al adoptar un niño, va y adopta al hijo del Diablo. Niñeras suicidadas, accidentes inexplicables, la misma madre que se muere… Peck, ante tanta desgracia, concluye que la criatura es la encarnación del Anticristo.
La última cinta que forma para mí el póker de miedo es, sin duda, El corazón del Ángel. Alan Parker se luce. Y además, el cuadro de actores del que Mickey Rourke borda el mejor papel de su alcohólica filmografía, Robert De Niro actúa como uno de los diablos más convincentes de la historia del cine. Y las actrices –Lisa Bonet y Charlote Rampling- cumplen gloriosamente con su papel de víctimas. El ambiente de los años 40 y 50 es recreado con un detallismo obsesivo. Harry Angel, el detective-protagonista sufre la peor de las experiencias humanas: el desconocimiento de la propia identidad. Un pacto diabólico se la hurtó. Un rito satánico transfirió su alma de un soldado machacado por la guerra a un cuerpo nuevo secuestrado y asesinado el día de la victoria sobre el nazismo. Pero Satanás no ha cobrado su precio: quiere el alma del signatario del pacto. Harry Angel termina reconociendo que él es Jhony Favorite, el cantante que alcanzó el éxito vendiendo su alma al Diablo.
El Corazón del Ángel es una historia de búsqueda de redención, pero esa redención, ese bien preciado, no llega nunca. Pactar con el diablo tiene un precio, y ese precio es la condenación eterna del alma. Y por mucho que intentemos ocultarnos o darle esquiva, el Diablo siempre acabará encontrándonos, porque, qué duda cabe, siempre será el más astuto. ¿Saben ustedes que es lo más trágico en esta película? Que no hay perdón, no hay lugar para la redención; quien vende su alma al Diablo, la paga y poco importa si ha perdido la memoria o si se ha reivindicado como hombre honesto: no hay redención posible, solo angustia trágica, drama sanguinolento con pago final de la deuda.
Estas cuatro películas contribuyeron, más que cualquier otra iniciativa, en acercar el Diablo al público. A partir de estas cuatro películas la sociedad empezó a tener la sensación de que el Diablo se paseaba por el mundo y que no se trataba solo de una patraña urdida por clérigos troglodíticos o predicadores iracundos. Ya hemos dicho que tras El Exorcista, los casos de posesión aumentaron, de la misma forma que La semilla del Diablo sirvió tanto para propulsar la fama de las sectas y como inducción intelectual para los crímenes de Charles Manson.
La Profecía, por su parte, nos sitúa en un contexto inédito hasta entonces: el Anticristo se dispone a tomar posesión del mundo. Y además, el sentido de la anticipación de la película es notable: el mejor empleo al que puede aspirar el Anticristo en este mundo es al de Presidente de los EEUU. Demian se quedará en las puertas en la tercera entrega de la serie, pero no siempre ganan los buenos, y si no, miren quien se sienta en el despacho oval.
Y ya que estamos por estas fechas en las que a veces terminamos más asustados por las noticias diarias de nuestro país, les recomiendo ver de nuevo estas cintas.
Hoy, en nuestro maltrecho siglo, los bosques caen, la tierra se ahoga, no se alzan nuevos jardines dignos de tal nombre, sino solo plazas “duras” de hormigón y cemento, las flores artificiales causan buena impresión como muchas personas en la vida real… Total el mundo del miedo hollywoodense en gran medida ahora nos rebasa.