Redacción Animal Político · 3 de mayo de 2024
Instigador de una narrativa poblada predominantemente por mundos complejos, la figura de Paul Auster se eleva por encima de la de otros escritores de su escena y su región gracias, entre mil detalles que a lo largo de los años sus lectores aprendieron a disfrutar, a su inmensa capacidad para capturar la esencia del mundo en sus escritos. Una esencia que lo mismo dio para reflexionar sobre el papel de un hombre en el mundo luego de la muerte del padre, que para aventurarse en la ciertamente literaria posibilidad de volar siendo un humano promedio. ¿Qué sería de las letras estadunidenses si no contaran entre sus joyas con historias como las que dan sustento a “La invención de la soledad” y “Mr. Vértigo“?
Profundo conocedor de la realidad estadunidense, Auster fue miembro del grupo de escritores que de manera más obsesiva han señalado a Donald Trump como un peligro no solo para la estructura de su país sino para el mundo entero. Atisbos de su noción de estado y la simpatía que sentía por la democracia aparecen salpiconeados a lo largo de una zona nodal de su obra, pero particularmente son una de las muchas capas que conforman la celebérrima “Trilogía de Nueva York” y particularmente uno de sus libros más encantadores: “Creía que mi padre era Dios. Relatos verídicos de la vida americana“. Auster fue un escritor dedicado a escarbar los recovecos del alma humana y al mismo tiempo un hábil retratista de la sociedad estadounidense, un autor que sabía copar de una extraña belleza los pasajes más profusamente humanos de sus historias.
Sabedor de que moriría pronto —fue muy poco tiempo después de terminada la pandemia que los doctores le hicieron saber que padecía un agresivo cáncer pulmonar—, Auster dedicó los últimos años de su vida a escribir “Baumgartner“, cuaderno de reflexiones en el que un viudo enfrenta la soledad equipado con una serie de claves que tratarán de desentrañar el sentido mismo de la vida, dotando con una ligera capa de absurdo existencial el texto que marcaría la despedida de uno de los autores más grandes de nuestro tiempo.
Se fue Paul Auster y con él se extingue la pluma de un escritor notable, pero ahí queda su obra, instantánea de un momento en la historia estadunidense destinada a ocupar un sitio preponderante entre las voces que han tratado de descifrar el extraño significado de la vida y la absurda construcción del mundo al que llamamos hogar. Paul Auster es ahora inmortal.