Joel Aguirre · 18 de septiembre de 2026
Por Lorena Arancón Rosales, Andrea Campos Cerutti, Camila Castañeda Ibarra y Gino Jafet Quintero Venegas*
En los últimos años, el reconocimiento de diferentes prácticas culturales como patrimonio inmaterial ha abierto un debate que consideramos importante: ¿todo aquello que forma parte de una tradición debe preservarse sin cuestionamientos? Y, sobre todo, ¿qué ocurre cuando esas prácticas implican el uso o la intervención sobre otros animales? Para reflexionar sobre estas preguntas, analizamos dos prácticas culturales: el ritual para amansar camellas en Mongolia y el Kok Boru en Kirguistán. Ambas son reconocidas como expresiones importantes de sus respectivas culturas, pero también plantean problemas bioéticos relacionados con la manera en que los animales son utilizados.
El primer caso es el ritual para amansar camellas en Mongolia. En esta práctica, un cantor entona melodías tradicionales que responden al comportamiento de la camella, con el propósito de conseguir que acepte a su cría, especialmente cuando la rechaza o cuando se trata de una cría huérfana. En este ritual, la música y el contacto físico buscan generar un vínculo que facilite la aceptación. Desde la perspectiva del patrimonio cultural, esta práctica se presenta como un conocimiento transmitido de generación en generación y relacionado con el sistema de pastoreo nómada. También se considera una forma de mantener la identidad y las tradiciones de las comunidades rurales. Sin embargo, creemos que reconocer su valor cultural no significa que no podamos preguntarnos por sus implicaciones éticas para los animales.
El ritual se hizo conocido internacionalmente gracias al documental The Story of the Weeping Camel y, posteriormente, comenzó a formar parte de algunas experiencias turísticas en el desierto del Gobi. De esta manera, una práctica que originalmente tenía una función dentro de la vida de las comunidades pastoriles se convirtió en un espectáculo para los visitantes. Y aquí el problema aparece cuando una tradición comienza a adaptarse a las necesidades del turismo y termina convertido en un producto que se vende como una experiencia que promete autenticidad cultural.
Las comunidades locales tampoco necesariamente tienen la misma opinión sobre este proceso. Para algunos pastores, el ritual sigue siendo una práctica cotidiana y necesaria; para otros, puede representar una oportunidad económica. Y también hay quienes lo consideran una parte importante de su identidad cultural. Por eso, sería incorrecto pensar que existe una sola postura dentro de las comunidades.
Desde un punto de vista zoocéntrico, es decir, aquel que considera a los animales como sujetos con intereses y valor moral propio, y no únicamente en función de su utilidad para los seres humanos, el problema es más complejo de lo que podría parecer. El ritual busca modificar la conducta de la camella y conseguir que acepte a una cría que inicialmente rechaza. Esto podría considerarse una forma de manipulación, aunque se realice mediante música y contacto físico y no exista una violencia evidente. Sin embargo, también debemos preguntarnos qué sucede con la cría si no es aceptada por su madre. Si se trata de una cría huérfana o rechazada, su supervivencia podría estar en riesgo. ¿Existen alternativas, como la crianza artificial o el cuidado por otra camella? ¿Qué posibilidades tienen las comunidades para cuidar a una cría en estas circunstancias?
Estas interrogantes hacen que el abordaje bioético de este ritual sea más complejo. No se trata simplemente de decir que los intereses de la camella deben estar por encima de los de la cría o al contrario. Ambos animales tienen intereses que deberían ser considerados. En algunos casos, intentar favorecer la aceptación de la cría podría buscar evitar un daño grave hacia ella. Por eso lo importante es preguntarnos en qué condiciones se realiza la intervención, qué alternativas existen y, sobre todo, cuáles son los intereses que realmente se están priorizando.
El problema es aún mayor cuando el ritual se convierte en una experiencia turística. Si la práctica se realiza para ayudar a una cría, existe al menos una finalidad relacionada con el bienestar de un animal. Pero cuando se reproduce meramente para entretener a visitantes, aparece un interés humano diferente. La camella y la cría pueden terminar formando parte de una experiencia diseñada para ser observada y consumida. En ese momento, la cultura puede convertirse en una justificación para utilizar a los animales con fines económicos.
El segundo caso, el Kok Boru en Kirguistán, plantea un problema diferente y, desde nuestra perspectiva, más evidente. Se trata de un juego tradicional a caballo en el que los jinetes compiten por llevar hasta una meta el cuerpo de una cabra. La práctica se vincula con la historia nómada de la región y con valores como la fuerza, la valentía y el trabajo en equipo.
Desde el discurso patrimonial, el Kok Boru representa una parte importante de la identidad cultural kirguisa y permite transmitir habilidades ecuestres a las nuevas generaciones. Además, en años recientes, este deporte ya es parte de eventos internacionales, como los Juegos Mundiales Nómadas, lo que ha aumentado su reconocimiento y visibilidad.
Sin embargo, a pesar de su reconocimiento patrimonial, este juego también genera preocupaciones relacionadas con la ética animal. Aunque la cabra utilizada ya esté muerta, su cuerpo se convierte en un objeto dentro de un espectáculo. Además, los caballos pueden sufrir golpes o lesiones durante la competencia. Entonces, esto nos lleva a preguntarnos si el valor cultural de una tradición es suficiente para justificar los riesgos que implica para los animales.
De hecho, se han propuesto algunas alternativas, como utilizar objetos que sustituyan al animal o establecer reglas más estrictas para disminuir los riesgos. Estas medidas pueden reducir parte del problema, pero también es necesario preguntarnos si basta con modificar algunos elementos o si debemos cuestionar la idea de utilizar animales como parte del entretenimiento.
Ambos casos muestran algo en común, que es que cuando una práctica recibe el reconocimiento de patrimonio, puede resultar más difícil cuestionarla. La categoría de patrimonio puede darle legitimidad cultural y, al mismo tiempo, favorecer su incorporación al turismo y al mercado. Sin embargo, cuando se reconoce el valor cultural de una tradición, esto no significa que debamos considerarla intocable.
Desde nuestra perspectiva, las tradiciones pueden y deben cambiar. Algunas prácticas pueden transformarse sin que eso signifique necesariamente perder la identidad cultural. También es posible conservar los conocimientos, historias y significados de una tradición y, al mismo tiempo, buscar formas diferentes de relacionarnos con los animales. Por eso, cuestionar una práctica patrimonial no debería entenderse automáticamente como un ataque contra una elemento cultural e identitario. Más bien, puede ser una oportunidad para reflexionar sobre qué aspectos de nuestras tradiciones queremos conservar y cuáles podemos transformar.
Al final, no deberíamos preguntarnos solo si una práctica es antigua, tradicional o importante para una cultura, sino también si podemos considerarla correcta en la actualidad y qué consecuencias tiene para los animales involucrados. El patrimonio nos ayuda a conservar nuestra historia y nuestras tradiciones, sí, pero eso no significa que no podamos cuestionarlas o pensar en cómo mejorarlas. Cuando otros animales forman parte de estas prácticas, también debemos tomar en cuenta su bienestar y la manera en que los tratamos.♦
*Lorena Arancón Rosales, Andrea Campos Cerutti y Camila Castañeda Ibarra estudian el bachillerato en la Escuela Moderna Americana. Gino Jafet Quintero Venegas es doctor en Geografía por la UNAM con un posdoctorado en Bioética; actualmente es Investigador Asociado “C” del Instituto de Investigaciones Sociales en el área de Espacio social.
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