Parto

blogeditor · 22 de mayo de 2020

Parto

Cuando mi mamá decide abrir el anecdotario de su maternidad cuenta que llegué muy rápido. Partí de un lugar a otro en dos horas. También dice que fue fácil. Treinta y cuatro años después entiendo el asombro: sentir la primera contracción a las ocho de la noche y abrazar a tu hija a las diez es algo que, entre más historias de otras madres escucho, más extraordinario me parece. Es por eso que ella lo cuenta. Mi mamá siempre habla de lo extraordinario, aunque esto sea lo más normal. Mi mamá convierte lo normal en extraordinario. ¿Es el poder de las madres?

Llegar a este mundo casi sin avisar, aunque me estuvieran esperando, me dejó una sensación permanente de prisa y una ansiedad tremenda. El parto de mi madre fue mi primera partida. La primera de tantas. Nacer quizá no se trata de llegar, sino de irse. Hace dos años nació mi hijo, Nicolás, y cuando él llegó –o se fue- yo llegué. No partí: parí.

Parir no se parece a partir. Parir significa quedarse, permanecer, enraizarse con la vida. Parir es abrirse de todas las maneras posibles. Y no volver a cerrar. En una queda una grieta por donde se cuela todo el amor del mundo y el miedo y la culpa y la angustia y la calma. Parir a Nicolás me enseñó que se puede nacer más de una vez. A veces en dos horas, a veces en 32 años. A veces nazco, de pronto, cada vez que mi hijo me nombra.

Y cada vez que mi hijo me nombra dos universos colapsan: el de la cotidianidad, que me hace adivinar sus necesidades inmediatas, y el de sus deseos y las pequeñas faltas que crecerán junto con él y en las que me veré involucrada a lo largo de su historia. Cuántas veces me he imaginado a Nicolás en un pequeño diván quejándose de lo mucho que le doy, de lo poco que le doy, de mis porqués, de mis cómos y de mis cuándos. Es inevitable imaginarlo y será inevitable que suceda.

Menos mal que madre solo hay una, pienso mientras contengo todo el amor y el miedo y la angustia que escapan a través de mi grieta e invaden la objetividad para poder criarlo, educarlo y prepararlo para enfrentar un mundo en el que no habita solo su madre, pero sí muchas madres que habrán de malabarear, también, sus circunstancias, sus llegadas y sus partidas.

Esta columna se trata de eso: de las madres y los malabares. De lo cotidiano y de lo profundo. De los espacios sobrepoblados y de los vacíos. De los espacios físicos y, por supuesto, de los territorios mentales. De las voces internas, de las que a veces hay que partir. Y de la soledad, en la que hay que aprender a quedarse.

Ser madre me ha enseñado a extrañar la soledad y a buscar, muy adentro, rincones oscuros y abandonados. Ser madre me ha enseñado que esos rincones, a los que tanto les temí, ahora me rescatan. Y es ahí, en esos rincones, donde me siento a respirar y a contemplar mi vida, que también es de Nicolás; y, sobre todo, a entender que desde que mi hijo llegó está partiendo, tal vez hacia todos los lugares a los que no me atreví a llegar o a los que ya conozco. Qué más da. Hoy, desde uno de esos rincones, contemplo las posibilidades. Y las escribo. Y me deshago de ellas porque necesito salir de aquí. Nicolás despertó y seguramente tiene hambre.

@barbarahoyo