Parpados pesados

ernestoramos · 19 de octubre de 2011

Parpados pesados

A uno se le antojaría que las palabras dijeran otras cosas, o que simplemente no se empeñaran en ser escritas.  Se antojaría que el silencio se apoderara de todo.

Los días pasarían más felices y  la existencia más llevadera…, sí ese ente racional, que nos preciamos de ser, mutara a un simple y voluntarioso armatoste hedonista, al que sólo eso le importa.

Nada de preocupaciones, ya saben: ni la inseguridad, ni la situación política, ni alimentar o ser alimentado, progresar, satisfacer gustos; nada de preocupaciones por mantener, al fin de cuentas, una línea de estatus ascendente.

O de ir bien, por lo menos.

***

Tengo un amigo al que le ha ido mal.  Anda con pantalones gastados, y por eso ya pocos de sus conocidos lo saludan.

–“Imagínate –dice, por fin estoy solo.  Por fin vivo sin interrupciones.”

— “Aprendes a tolerar las primeras veces en que te dan la espalda, y después todo se vuelve más sencillo, y empiezas a ser más libre.”

— “Ahora me he dado cuenta por fin de lo poco que necesito” –dice.

 ***

Quizá su filosofía sea el resultado del mínimo amor propio, origen del fracasado.  Quizá simplemente decidió no luchar.  Prefiere la placidez de la suela despreocupada, que recorre las banquetas de la ciudad sin destino, al hermetismo, en ocasiones sin sentido, de la cómoda oficina, del billete quincenal, la añorada seguridad imposible.

Quizá la palabra equilibrio es algo de lo que todos hablan, pero pocos gozan.

 ***

Hace días, caminando en un bosque, me tocó ver un tronco rodeado de mariposas, al que todas querían trepar, llegar hasta arriba, ignorando que las esperaba un murciélago para devorarlas.   Con sus mamíferas alas extendidas, se parecía a ellas.  Tal vez gozaron la digestión de llegar a la cima.

Las luchas por el estatus tienen múltiples vericuetos…

La quietud invade los espacios, y, la noche, también invade estas letras.

***

A veces uno anhela que la estupidez se haga a un lado.  Uno quisiera simplemente ser un yo mismo.  Pero desespera al darse cuenta, incesantemente, diariamente, que hay demasiadas distracciones como para lograrlo.  Vemos a los lados, y tratamos, y no somos.   Las luchas por el estatus tienen múltiples vericuetos.

Pero por las mañanas bostezamos, y nos pesan los parpados, mientras, alrededor de todo, el tiempo se empeña en seguir pasando.

Es entonces cuando a uno se le antojaría que las palabras no se empeñaran por ser escritas.