Paranoia

blogeditor · 24 de noviembre de 2014

Paranoia

Por: Guillermo Fajardo (@GJFajardoS)

El discurso del Presidente es una contrahechura que lo mismo divaga entre la desesperación, el señalamiento y la confusión. Este Gobierno no ha sabido imprimirle un sello distintivo a las crisis que vienen del propio Gobierno. El sexenio se acabó prematuramente. Ahora lo único a lo que habrá de abocarse es a controlar los daños: la ineficacia a la hora de esclarecer las rupturas; el discurso oblicuo del Presidente en el que se insinúa un chaleco antibalas siempre a la defensiva; de su Gabinete no sale ni un susurro –es como si Enrique Peña Nieto quisiera enfrentar la crisis él solo-, la percepción de colusión de los grandes medios de comunicación con el poder. El fulgor que antes irradiaba el Presidente es ahora una mancha constante de sangre en su corbata, que no quiere ver porque sigue teniendo la mirada puesta en el futuro. Esta actitud no es reprochable siempre y cuando exista la contigüidad de una estrategia. No hay nada, sin embargo.

El problema del Presidente está en esta jugada de empujar tantito y señalar implícitamente: una sociedad asolada no está para albergar este tipo de escarnios, por mínimos que sean. De lo que se trata es que el Presidente no solamente representa ahora –en la mente de cierto sector ciudadano- un extractor de influencias dada su posición política, sino un funcionario alejado de la realidad social. El mensaje presidencial, por muy sincero que quiera parecer, burla las comodidades que Los Pinos le ofrecen a Peña Nieto y le dan a la sociedad un signo más de ineptitud política. La percepción de corrupción e ineficacia es suficiente para derribar la tapia –que no era más que una transparencia- a la que Peña Nieto nos tenía acostumbrados: la ilusión del mago que todo lo podía, el secreto inabarcable de su buen momento, la cómoda morada de la escenificación.

[contextly_sidebar id=”jNfoXozlcL292tPDfMcZxgZIDl5IURqH”]Ahora que solo se ve la osamenta del Presidente bien valdría preguntarnos si hay algo aparte de las manifestaciones –demostraciones que son chispazos, pero no fuego- que podamos hacer para cambiarle la cara a un actor inexpresivo. No es derribando a Peña Nieto como se solucionan los problemas sino exigiéndole que sea líder. Algunos ven en la sombra del Presidente una mentira obvia que camina y que da discursos, pero que no resuelve y ni siquiera parafrasea soluciones. Al Presidente hay que pellizcarlo y hacerle ver que las inercias políticas no existen, y no solamente a él sino a los funcionarios que lo rodean. No ha habido ni uno solo que busque ponerse entre él y Peña Nieto, todos parecen demasiado complacientes o desertores del proyecto de nación que le reprocha a unos cuantos violentos. El Presidente no se ha dado cuenta que el enemigo está en casa. En la parálisis gubernamental que con una puntualidad trágica se ha hecho presente a través de un silencio revelador. No existe la sensación de reagrupamiento político ni tampoco de solidaridad partidista: el PRI es un organismo tan dado a la supervivencia que parece que sacrificar la cabeza es solamente una transacción necesaria para conservar el cuerpo.

Todo lo que salga de la boca del Presidente a partir de ahora caerá en oídos sordos para cierto sector de la sociedad –el que reclama, el que va a las marchas, el que está siempre atento a las espinas-. Peña Nieto ha de saber que el capital perdido hasta ahorita ha sido demasiado para un sexenio que prometía mucho más. La oposición no se ha movido mucho, quizá porque intuyen que el desprestigio no solamente alcanza al Presidente sino a toda la clase política que se ha mantenido, sin fecha de caducidad, en un congelador que la mantiene viva aunque paralizada.

Las marchas alcanzan hasta donde los votos se los permiten. La única manera de arrebatarles la iniquidad y la simulación que algunos actores políticos representan es sacándoles de sus puestos mediante los votos. La solución que se vuelve a repetir y que puede parecer una iniciativa trillada es el primer fertilizante de un gran cambio, que requiere de una gran organización y que tiene que ser considerada más allá del fervor asfáltico de nuestras pisadas.

El poder ya entendió el mensaje, ahora hay que hacérselo llegar.