Lo que no se nombra: la paradoja de ser mujer profesional

Redacción Animal Político · 18 de junio de 2025

Lo que no se nombra: la paradoja de ser mujer profesional

Me encontraba en un bar en Brooklyn a altas horas de la noche, rodeada de personas interesantes e inteligentes. Aunque eso no es excepcional en Nueva York, aquel momento me tomó por sorpresa: era casi intimidante. Hombres de casi dos metros y mujeres de diversas nacionalidades que irradiaban ambición conversaban sobre sus sueños. Y no era de extrañar: se trataba de un grupo de estudiantes del MBA de Columbia y algunos agregados, como yo, que desde afuera nos camuflábamos con facilidad. Éramos notoriamente extranjeros, aferrados a perseguir el sueño americano. La única diferencia era que nosotros ya vivíamos ese sueño que ellos perseguían: trabajar en Nueva York.

Xóchitl González, en su célebre novela Olga Dies Dreaming, afirma que en Manhattan nadie puede simplemente “ser”; siempre se busca “ser más”: más rica, más flaca, más famosa, más poderosa. Aquella noche en el bar Ray’s era un ejemplo de ello. Terminé envuelta en una conversación que, pese a ser entre desconocidos, pronto alcanzó intimidad intelectual: una chica compartió que se mudaría al Líbano para ser cinematógrafa en un documental sobre el conflicto palestino. Otra comentó su intención de cursar un segundo posgrado —pese a haberse graduado recientemente de Políticas Públicas en Columbia— o incluso empezar la licenciatura en Derecho. Así terminé compartiendo mi siguiente paso académico: ser abogada en Estados Unidos. En pocos meses comenzaría mi segunda maestría en Columbia.

A pesar de lo estimulante de la conversación, surgió una tensión inesperada cuando compartí las dificultades que enfrentan muchas mujeres en ambientes laborales altamente masculinizados, como sucede en varias firmas legales o financieras en la ciudad, donde existen decenas de socios hombres frente a muy pocas socias mujeres. En Estados Unidos, apenas el 20 % de los socios de las firmas de abogados son mujeres.

“Ser mujer puede ser una ventaja en muchos sentidos”, respondió la cineasta. La politóloga —contra todo pronóstico—  coincidió: “no todo se trata de temas de género”. Me quedé perpleja.

La conversación partía, precisamente, de reconocer las diferencias en las expectativas familiares que habíamos recibido las tres: mientras los hombres eran presionados para ser exitosos profesionalmente, de nosotras se esperaba el matrimonio y la maternidad. Las carreras profesionales eran vistas como un adorno, un accesorio que embellece, pero no como un medio legítimo para lograr independencia económica.

Aunque había consenso en esa diferencia de expectativas por género, surgía resistencia de reconocerlo como un problema, y menos aún, un problema para las mujeres. Como si usar esa expresión implicara abrazar un discurso radical del que no querían ser parte. Me pareció irónico: tres mujeres hablando de exclusión en el acceso a profesiones lucrativas, pero negándose a nombrarlo como un tema de mujeres.

Ellas argumentaban que ser mujeres les había permitido elegir carreras artísticas y seguir sus pasiones. Les pregunté si, a pesar de tener estudios de alto nivel, ganaban lo mismo que sus hermanos o colegas hombres, y si no les dolía saber que, después de los mismos esfuerzos, la proyección salarial a largo plazo era desigual. Después de un breve silencio, entendí algo fundamental: la desigualdad laboral atraviesa a todas las mujeres, la condición de privilegio socioeconómico o de educación no nos vuelve inmunes. Y aunque hoy, para algunas, la brecha de género parezca pequeña, la historia demuestra que el tiempo la agranda. El tiempo no disculpa a ninguna mujer.

Días después reflexionaba sobre una mujer socia que conozco de una prestigiosa firma de abogados. Una mujer en sus cincuenta, elegante y de apariencia acomodada, que trabaja largas horas en un ambiente dominado por hombres. Se rumora que proviene de una familia con recursos y que enfrenta un proceso de divorcio. Quizás, a mi edad, ella pensaba como mis amigas aquella noche: que ser mujer en ciertas circunstancias podría ser un privilegio, sobre todo si eres joven, guapa o con cierto respaldo económico. Pero con el tiempo, seguramente comprendió que el patrimonio del que dependía no era verdaderamente suyo, sino de su padre o de su esposo. Y que tras una separación, su calidad de vida podría verse amenazada.

La reconocida escritora americana Betty Friedan habló de este fenómeno en su célebre libro La mística de la feminidad; lo llamó “el malestar que no tiene nombre”. Entrevistó a decenas de mujeres “amas de casa perfectas” de suburbios privilegiados e identificó en ellas un “vacío imposible de describir”. Así concluyó que “solo hay una vía para que las mujeres alcancen su potencial humano pleno: ser económicamente independientes”. Describió el trabajo como un medio de autorrealización que permite encontrar un propósito, contribuir a la sociedad y construir una identidad propia.

La independencia económica no es un lujo ni un ideal abstracto: es la base de la verdadera igualdad. Porque no importa cuánto privilegio tengas, cuántos títulos acumules o cuán prometedoras parezcan tus oportunidades hoy. Si el patrimonio del que dependes no es realmente tuyo —si proviene de tu pareja, tu familia o de una posición temporal—, estás expuesta.

Para muchas mujeres:

  • Hoy, ser mujer joven puede parecer una ventaja, ¿pero lo seguirá siendo a los 40?
  • Hoy, creemos ganar lo mismo que nuestros colegas varones, ¿pero por qué ellos siguen ganando un 30 % más a nivel mundial?
  • Hoy, tenemos la misma ambición, ¿pero por qué los hombres siguen dominando las posiciones de poder?
  • Hoy, elegir dedicarnos a nuestras pasiones parece un privilegio, ¿pero si llega una crisis, ese hobby nos permitirá sostenernos de manera independiente?

Gloria Steinem lo dijo con claridad: “Nunca resolveremos la feminización del poder hasta que no resolvamos la masculinidad de la riqueza”.

Y tenía razón.

Pensé en mis amigas aquella noche, riendo y soñando con futuros posibles, convencidas de que el mundo ya es distinto para nosotras. Tal vez tengan razón. Quizás nuestro entorno privilegiado nos protege de muchas realidades. Pero al mirar las estadísticas, esa lógica se desarma.

El privilegio y el éxito individual pueden atenuar las barreras, pero no las eliminan. Y si no construimos sobre bases firmes, el tiempo —implacable— nos lo recordará. Por eso es importante seguir hablando de la desigualdad laboral, las brechas de género y la masculinización del poder. Nombrar las estructuras. Señalar las brechas. Cuestionar las narrativas del mérito.

Volver a decir “esto es un tema de género”, no es un retroceso. Es, quizá, el único camino para avanzar. Porque lo que no se nombra, no se transforma.

* Denisse G. Gómez (@Denissegzepeda / @denissegz) es abogada egresada de la Universidad Panamericana y maestra en Derechos Humanos por la Universidad de Columbia en Nueva York. Actualmente, trabaja en Fox Horan & Camerini, firma de abogados con enfoque internacional en Nueva York.