¿Para qué sirve el concepto de feminicidio?

blogeditor · 20 de marzo de 2020

¿Para qué sirve el concepto de feminicidio?

La marcha del #8M y el paro nacional del #9M fueron un hito en la historia del movimiento por la lucha de nuestros derechos. Fue muy emotivo participar en la movilización del #8M y atestiguar la decisión, el entusiasmo y el coraje, con el que mujeres jóvenes, adultas, con bastón, en silla de ruedas, en bicicleta, llegaron al Monumento a la Revolución.

Algunas se integraron a diversos grupos, otras simplemente se sumaron al contingente hasta conformar la enorme e incontenible ola morada que rompió, con toda su fuerza, en el ombligo del país.

Nos buscamos, nos hicimos señas y llamadas para encontrarnos, hasta que se saturó la red y dejaron de funcionar nuestros celulares. Las personas que marchamos en el nutrido contingente de Amnistía Internacional nos distinguimos por el color amarillo de las casacas y playeras que vestimos.

Las consignas se escucharon fuerte, en ellas expresamos nuestro dolor, rabia e indignación por las mujeres que ya no están con nosotras. Las nombramos para recordarlas, rechazamos la violencia contra las mujeres, la desigualdad y expresamos nuestro coraje y hartazgo ante la indolencia del Estado mexicano que ha sido incapaz de prevenir y erradicar los feminicidios.

Marchamos codo a codo, con el puño en alto, hasta quedar roncas o sin voz. Y al día siguiente se hizo el silencio. Tan impactante fue nuestra presencia el #8M como nuestra ausencia el #9M en los comercios, las escuelas, las oficinas, en el trabajo doméstico, en los parques, en el transporte público. Fueron dos días intensos e inéditos de lucha por nuestros derechos.

El contingente de Amnistía Internacional fue uno de los más nutridos. Foto: Amnistía Internacional México.

“¡Vivan las mujeres!”, “¡Ni una menos!”, “Vivas nos queremos”, “Hoy no voy sola”, se leía en algunas de las pancartas del #8M. La protesta contra el feminicidio fue uno de los motivos por los que las mujeres tomamos las calles.

En el ambiente flotó el recuerdo de la niña Fátima Cecilia y el de la joven Ingrid Escamilla, ambas asesinadas con una brutalidad inaudita en febrero de este año. La indignación que generaron estos casos de feminicidio se reflejó en la masividad de la marcha, el coraje fue el detonante para movilizar a personas que no se habían animado a tomar la calle. El “¡ya basta!” que se escuchó fue por ellas y por todas las que ya no están.

Sin embargo, aún hay voces que cuestionan por qué hablamos de feminicidio. En las redes sociales es frecuente encontrar mensajes que sugieren que no es para tanto, que de todas formas se mata a más hombres que a mujeres en nuestro país, que quienes paramos el #9M somos perezosas y fácilmente manipulables a opiniones feministas que sobredimensionan las discriminaciones en contra de las mujeres.

En Amnistía Internacional México consideramos el feminicidio como tema prioritario. Nuestra posición es que el Estado mexicano debe tomar acciones urgentes, pues tan sólo en 2019 fueron registradas 3,795 muertes violentas de mujeres, con todo el daño que ello implica para las familias de las víctimas y para nuestra sociedad en su conjunto.

La violencia contra las mujeres es un problema histórico en México, que ha adquirido una visibilidad mayor desde hace tres décadas −por lo menos− y que, lejos de disminuir, sigue en aumento.

Vivimos en un sistema patriarcal que fomenta la desigualdad sobre nosotras, limita el desarrollo de nuestras capacidades personales y las decisiones sobre nuestras vidas.

Con este telón de fondo, la violencia contra las mujeres es una forma de reproducir esa opresión hacia nosotras y el feminicidio es su expresión máxima. Se comete en nuestra contra porque se nos considera como usables y prescindibles y porque se puede, pues muchas veces matar no tiene consecuencias para un sistema de justicia en el que prevalece la impunidad. El feminicidio encierra componentes de misoginia, crueldad, odio e impunidad social e institucional. También permite ver que a las mujeres se nos asesina de manera diferente que a los hombres.

Hace más de una década, Marcela Lagarde había señalado que en México los feminicidios tienen dos elementos: 1) el asesinato de mujeres por razones de género y 2) la inexistencia o debilidad del Estado que permite que prevalezca la impunidad. En ese sentido, los feminicidios en México se caracterizan por la tolerancia expresa o tácita del Estado y las instituciones frente a las conductas misóginas.1 Por ello, varias especialistas y organizaciones coincidimos en señalar que en México el signo distintivo de la problemática de los feminicidios es la impunidad como un factor clave en la perpetuación del problema.

En nuestro país se da una doble victimización desde el momento en que se limita a las víctimas y a sus familias el acceso a la justicia, a la reparación integral del daño, así como a medidas que garanticen la no repetición de los hechos. La impunidad fomenta la violencia feminicida.

Es comprensible no saber qué quiere decir que un feminicidio es la muerte de una mujer por el hecho de serlo. El concepto de feminicidio no es intuitivo, por el contrario, es complejo y sofisticado. Surgió en las ciencias sociales por el trabajo de Jill Radford y Diana Rusell (1992)2, luego fue trasladado al derecho penal. Desde las ciencias sociales el feminicidio es, como menciona Incháustegui (2014)3, un concepto que permite analizar las violencias extremas que privan de la vida a las mujeres. Su entendimiento hace visibles las violencias previas al asesinato, lo que permite comprender las múltiples formas de deshumanizar a las mujeres −que van desde el aislamiento, el encierro, el violentarlas sexualmente, desaparecerlas, entre otras−, como refiere Lagarde.

México fue el primer país en contar con el tipo penal de feminicidio, al incluirlo en el Código Penal Federal el 14 de junio de 2012. El artículo 325 de este ordenamiento determina que comete el delito de feminicidio quien prive de la vida a una mujer por razones de género. Estas razones están debidamente explicadas y se conjugan con la explicación sociológica del feminicidio, es decir, el tipo penal se construyó desde el entendimiento de la impunidad, la invisibilidad de los actos de violencia extrema antes del asesinato y la deshumanización de las mujeres.

El artículo 325 del Código Penal Federal detalla, en forma muy clara, operativa y objetiva, las razones de género, señalando que se considera feminicidio un asesinato de una mujer cuando:

“I. La víctima presente signos de violencia sexual de cualquier tipo;

II. A la víctima se le hayan infligido lesiones o mutilaciones infamantes o degradantes, previas o posteriores a la privación de la vida o actos de necrofilia;

III. Existan antecedentes o datos de cualquier tipo de violencia en el ámbito familiar, laboral o escolar, del sujeto activo en contra de la víctima;

IV. Haya existido entre el activo y la víctima una relación sentimental, afectiva o de confianza;

V. Existan datos que establezcan que hubo amenazas relacionadas con el hecho delictuoso, acoso o lesiones del sujeto activo en contra de la víctima;

VI. La víctima haya sido incomunicada, cualquiera que sea el tiempo previo a la privación de la vida;

VII. El cuerpo de la víctima sea expuesto o exhibido en un lugar público”.

Como se puede apreciar el concepto de feminicidio también es útil para comprender que a las mujeres se nos mata de modos particularmente crueles, en comparación con los hombres.

Juntas, a una sola voz, en un contingente interminable, las mujeres exigieron su derecho a una vida libre de violencia. Foto: Amnistía Internacional México.

En nuestra página #VivanLasMujeres4 contamos con información sobre ¿Cómo son asesinadas las mujeres en México?, en ella se revela que es más común que una mujer sea asesinada con un cuchillo (18.35 por ciento, contra 14.97 por ciento de hombres); por ahorcamiento o ahogamiento (17.31 por ciento frente al 6.08 por ciento de los asesinatos de hombres); así como por envenenamiento (0.8 por ciento, contra 0.2 por ciento) o con fuerza corporal (1.0 por ciento, contra 0.8 por ciento).

Hay que decir también que esta violencia afecta desproporcionadamente a niñas, mujeres adolescentes, adultas mayores, mujeres de diferentes estratos sociales, universitarias, maestras, empleadas, obreras, entre muchas otras.

Estamos ante una violencia −generalmente− masculina que refleja poder, control, y que está enraizada en el sistema político, económico y social.

El feminicidio es uno de los motivos por el que las mujeres vivimos con miedo en México y una de las razones por las que salimos a las calles y participamos en el #9M, exigiendo seguridad para nuestras vidas.

A todas luces toca al Estado mexicano reaccionar positivamente a nuestras demandas. Como lo hemos dicho hasta la saciedad, se deben implementar políticas públicas que permitan prevenir y erradicar la violencia contra las mujeres con acciones diferenciadas, que impulsen la igualdad de género, así como la autonomía y el empoderamiento de las mujeres.

En la implementación de dichas políticas deberían intervenir las diferentes instancias de gobierno y abarcar las esferas de educación, trabajo, salud, cultura, entre otras. Lo ideal sería que se implementaran políticas de Estado para garantizar su trascendencia sexenio tras sexenio. Para que sean viables se requiere que cuenten con indicadores que permitan medir su efectividad y facilitar los ajustes que requieran para incidir definitivamente en un cambio social real que, no está por demás decirlo, no ocurre de la noche a la mañana.

Es obligación del Estado garantizar nuestro derecho a vivir una vida libre de violencia y así debe ocurrir. El Estado no puede seguir haciendo oídos sordos a las mujeres que representamos el 51.4 por ciento de la población de este país. Desde Amnistía Internacional hemos denunciado −hace varias décadas− el problema de la violencia contra las mujeres y el feminicidio en México. Entre las acciones más recientes en ese sentido, está la campaña general Vivan las mujeres, al amparo de la cual efectuamos la campaña específica #JuntasHastaLaVida.

Esta acción tuvo como objetivo visibilizar la dimensión de la violencia contra las mujeres e incluyó dos casos emblemáticos de feminicidio, el de Alondra González y el de Karla Pontigo, a los que Amnistía Internacional da seguimiento permanente.

Además de exigir al Estado la aplicación de políticas públicas efectivas que erradiquen la violencia contra las mujeres, la campaña contó con un componente muy importante de activismo, mediante el cual se buscó sensibilizar y movilizar a la opinión pública en pro de nuestros derechos.

Porque nos queremos #JuntasHastaLaVida, desde Amnistía Internacional seguiremos trabajando con la misma intensidad para que la prevención y erradicación de la violencia contra las mujeres ocupe un lugar central en la agenda del Estado mexicano.

Nuestro movimiento seguirá haciendo frente común con otras colectivas y así, juntas, con decisión y coraje, seguiremos tomando las calles hasta que se concrete nuestro derecho a una vida libre de violencia.

* Tania Reneaum Panszi es Directora Ejecutiva de Amnistía Internacional México (@AIMexico).

 

1 Lagarde, Marcela (2006), “Introducción”, en Diana Russell y Roberta A. Harmes (eds.), Feminicidio, una perspectiva global, México, CEIICH-UNAM/Cámara de Diputados LIX Legislatura, pp. 15-42; Toledo, Patsilí (2012), Feminicidio, México, Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, ONU.

2 Radford Jill y Russel, Diana, (eds), Femicide: the politics of woman killing. 1992.

3 Incháustegui Romero, Teresa, Sociología y política del feminicidio; algunas claves interpretativas a partir de caso mexicano, en Soc. Estado. vol.29 no.2 Brasília May/Aug. 2014.

4 La información fue generada en colaboración con Data Cívica, en el marco de la campaña de Amnistía Internacional México #VivanLasMujeres.