Animal Político · 21 de junio de 2026
Por Andrea Cárdenas, Helena Fabré, Evelina Guzmán y Ma Alejandra Díaz Castro
En San Luis de la Paz, Guanajuato, la migración forma parte de la memoria colectiva. Durante décadas, cientos de hombres han salido rumbo a Estados Unidos buscando trabajo para ofrecer estabilidad y condiciones de vida digna a su familia, algo que su propio territorio no ha podido garantizarles. El dinero que muchas personas migrantes envían a sus familias desde el extranjero —conocido como remesas— se convirtió con el paso de los años en uno de los principales sostenes económicos de la región, según el acompañamiento e investigación de la antropóloga Helena Fabre.

Gracias a esos recursos, numerosas familias lograron cubrir necesidades básicas, alimentar a sus hijas e hijos, construir viviendas o continuar estudios. Sin embargo, detrás de esa economía sostenida por la migración también existe una historia marcada por la fragmentación familiar, desigualdad social, precariedad laboral, violencia y desaparición.
En marzo de 2011, 22 hombres de San Luis de la Paz fueron desaparecidos mientras viajaban hacia Estados Unidos. Fueron llevados en dos camiones y sus familias nunca volvieron a saber de ellos. La mayoría eran jóvenes migrantes que buscaban mejores condiciones económicas para sus familias.

Uno de los guías del grupo, vecino de rancherías de San Luis de la Paz, fue localizado sin vida en una de las fosas clandestinas encontradas en San Fernando, Tamaulipas, en abril de 2011.Con el paso de los años, la historia continúa siendo una herida colectiva que continúa abierta, y las familias de los 22 desaparecidos continúan buscando verdad y justicia más de una década después.

La desaparición no impacta únicamente a quien falta. También transforma profundamente la vida de quienes permanecen. En San Luis de la Paz, fueron principalmente mujeres quienes asumieron las tareas de búsqueda, de organización comunitaria, la crianza y el trabajo de cuidados. Nombrarlas cuidadoras permite reconocer el trabajo emocional, físico y comunitario que realizan diariamente: cuidar a las niñeces, sostener económicamente los hogares, acompañar a otras familias, preservar la memoria de quienes desaparecieron y enfrentarse a instituciones atravesadas por la impunidad y la revictimización.

Muchas de ellas viven una doble o triple jornada: buscan a sus familiares mientras continúan realizando tareas domésticas y de crianza sin reconocimiento económico ni apoyo institucional suficiente. Además, enfrentan obstáculos sociales, violencia institucional y procesos de criminalización que profundizan el desgaste emocional y físico.
Frente a este contexto surgió el colectivo “Justicia y Esperanza”, integrado principalmente por mujeres de distintas edades y familiares de los 22 desaparecidos de San Luis de la Paz quienes decidieron organizarse para exigir verdad y justicia. Su trabajo no solo mantiene viva la búsqueda, sino que también construye redes comunitarias de acompañamiento y resistencia.

Con el paso de los años, los impactos de la desaparición también alcanzaron a las nuevas generaciones. Hijas, hijos, sobrinas, sobrinos, nietos y nietas crecieron en medio de la ausencia y la incertidumbre. Algunas niñeces apenas tenían meses de nacidas cuando ocurrió la desaparición de su familiar; otras nacieron después. Aun así, la huella permanece en la memoria familiar y comunitaria.
Las niñeces reconocen la ausencia a través de los silencios, las preguntas, secretos a voces, conversaciones interrumpidas, el cansancio de las cuidadoras y las emociones que atraviesan la vida cotidiana. En muchos casos, han crecido sin espacios de acompañamiento psicológico o comunitario que les permitan expresar lo que sienten.

Ante esta realidad nació el proyecto “Contemos Nuestra Historia”, una propuesta de acompañamiento psicosocial y actividades culturales dirigida a niñeces y adolescentes impactadas por la desaparición de familiares migrantes. A través de talleres de teatro, narración oral, lectura colectiva, dibujo, juegos y creación de cuentos, las participantes encontraron espacios seguros para expresar emociones, construir confianza y fortalecer vínculos familiares y comunitarios.

Las actividades no se plantearon únicamente como ejercicios recreativos, sino que desde una perspectiva de derechos humanos e interseccional, buscaron generar espacios de escucha, reconocimiento mutuo y construcción colectiva de memoria. Durante las sesiones se trabajó con diversos cuentos, además de estrategias psico artísticas entre las cuales destacan algunos ejercicios de improvisación, la creación de paisajes sonoros, la grabación de podcasts y la elaboración de relatos colectivos.
La narración de historias permitió que las niñeces expresaran de manera simbólica ciertas emociones complejas relacionadas con la ausencia, el miedo, la violencia y la esperanza. Al mismo tiempo, las voces adultas funcionaron como referentes de seguridad y de acompañamiento emocional.

Uno de los aspectos más importantes del proceso fue la participación conjunta entre niñeces y buscadoras-cuidadoras. Las actividades favorecieron la comunicación, la empatía, el fortalecimiento de vínculos familiares y la construcción de espacios donde el dolor pudiera compartirse colectivamente y no permanecer aislado.
Las buscadoras-cuidadoras y las niñeces mostraron cómo estos espacios de acompañamiento psicosocial con enfoque interseccional les acompañó a reconocer emociones como la tristeza, el enojo, la frustración o la culpa. También identificaron herramientas comunitarias construidas desde el acompañamiento colectivo, como el fortalecimiento del trabajo en equipo, la escucha activa o el fortalecimiento de vínculos familiares.

En contextos atravesados por desapariciones y violencia social, estos espacios representan mucho más que actividades culturales. Son procesos comunitarios que permiten reconstruir la memoria y fortalecer la identidad colectiva resistiendo al olvido y la a la impunidad.
Las familias de San Luis de la Paz continúan buscando a sus 22 familiares desaparecidos. Mientras siguen esperando la verdad y la justicia, las mujeres de “Justicia y Esperanza” decidieron sostener la memoria desde el cuidado colectivo, la organización comunitaria y la palabra compartida. Porque frente a la violencia que intenta borrar sus historias, narrarlas también se convierte en una forma de resistencia.









Evelina Guzmán es fundadora y representante del colectivo Justicia y Esperanza (@ColectivoJusti1). La primera organización en Guanajuato que se organizó para búsqueda de desaparecidos migrantes en el estado.
Ma Alejandra Díaz es integrante del Colectivo Buscadoras Guanajuato (@Buscadoras_Gto), por 18 meses estuvo buscando a su hermano Felipe desaparecido en Guanajuato. Actualmente acompaña a más familias en su búsqueda a través de la vinculación y gestión proyectos para la incidencia política, cultural y de acción ciudadana.
Andrea Cárdenas es psicóloga comunitaria. Se especializa en procesos psicosociales y forenses con niñeces, juventudes y sus redes de cuidado. Participa con el Colectivo Buscadoras Guanajuato
Helena Fabré es doctora en Antropología por el CIESAS de la Ciudad de México. Investiga sobre desaparición forzada y violencias en México desde los contextos de quienes las experimentan en primera persona, con énfasis en metodologías colaborativas. Ha acompañado al colectivo Justicia y Esperanza poniendo acento en los impactos comunitarios de la desaparición de los 22 de San Luis de la Paz.