Redacción Animal Político · 14 de mayo de 2025
Con la muerte de Francisco despedimos a un papa cercano, humilde y dialogante, pero también despedimos a un papa reformista y progresista que abogó por un enfoque más abierto en temas sociales como la pobreza, la migración, la inclusión de la comunidad LGBT+ y las mujeres.
Durante siglos, las mujeres han sido el alma y el pilar de la Iglesia: cuidan enfermos, sostienen comunidades, educan generaciones y, también, han callado, obedecido y resistido violencias. Han sido excluidas de los espacios de toma de decisiones y pasado a segundo plano. Así lo criticó el papa Francisco: “porque se piensa que las monjas, y en general las mujeres, son de segunda clase”.
No era feminista, nunca dijo serlo; no habló de patriarcado ni puso sobre la mesa el sacerdocio femenino, pero hizo algo histórico: escuchó, reconoció y abrió espacios de toma de decisiones para las mujeres. Afirmó y reconoció que hay que eliminar la mentalidad clerical y machista en la Curia, el gobierno de la Iglesia Católica, y afirmó que las monjas son más avanzadas y hacen muchas cosas mejor que los hombres. Escuchó a las que están en la estructura eclesial. Y también escuchó (aunque con cierta distancia) a las que cuestionamos desde afuera, algunas desde un feminismo que se resiste a divorciarse de lo espiritual.
El papado de Francisco (2013 – 2025) representa un punto de inflexión para las mujeres, pues se empeñó en “desmasculinizar” el gobierno eclesiástico, reconfigurando el lugar de las mujeres en el Vaticano y en la Iglesia. Puso a mujeres en cargos del Vaticano: nombró a la primera subsecretaria en la Secretaría de Estado; permitió que laicas y laicos pudieran dirigir dicasterios vaticanos; por primera vez, mujeres laicas y religiosas participaron con derecho a voto en el Sínodo, rompiendo así la estructura masculina que definía el rumbo doctrinal; nombró teólogas, filósofas y juristas; creó dos comisiones en 2016 y 2020 para estudiar la posible reinstauración de mujeres diáconas; abrió la participación en organismos financieros vaticanos a las mujeres; e impulsó el liderazgo laico femenino.
Francisco dijo que, cuando mandan las mujeres, las cosas funcionan. Y aunque esa frase podría parecer un guiño amable, en boca de un papa fue un viraje: de una institución marcada por la tradición y la jerarquía, a una institución abierta y más incluyente.
No podemos decir que transformó la Iglesia, pero sí que la cambió. Cambió el lenguaje, la escucha y la conciencia sobre la participación de las mujeres en el Vaticano. Pasó de un eje de moral a uno de justicia. Abrió a la posibilidad de nombrar lo que antes no se podía pronunciar: la exclusión, la desigualdad y la violencia dentro de una institución que predica amor, pero tantas veces lo ha negado a las mujeres.
León XIV asume el liderazgo de la Iglesia católica con una decisión que no podrá evadir: seguir avanzando o retroceder. Hasta ahora, en sus declaraciones reafirma y amplía el legado progresista de su predecesor. En particular, ha manifestado su apoyo a una mayor participación de las mujeres en la vida institucional de la Iglesia. En 2019, se pronunció defendiendo el trato 100 % igualitario entre hombres y mujeres, aunque dejó en claro su postura sobre la importancia de promover la familia tradicional como base de la sociedad.
El último papa con este nombre, León XIII, fue considerado reformista en varios aspectos clave: su apertura al pensamiento moderno, su enfoque en cuestiones sociales y laborales; además de haber sido el fundador de la doctrina social de la Iglesia, abordando por primera vez los problemas del capitalismo industrial y la justicia social, abriendo caminos importantes sin romper con la tradición.
Entonces puede esperarse que el papado de León XIV, como el de su predecesor León XIII, se recuerde por su valentía para abrir caminos nuevos dentro de la Iglesia y romper con tradiciones que lo consoliden como un papa progresista: que amplíe, en todos los niveles espacios de toma de decisión para las mujeres; que se escuche a las teólogas y defensoras de derechos humanos en la Iglesia; que se reconozca que la autoridad espiritual no tiene género; que se impulse una Iglesia más inclusiva y con espacios para que las mujeres definan políticas y tengan poder espiritual e institucional no como concesión, sino como un derecho.
* Agueda Ale Valdés es ntegrante de la Coalición por el Derecho al Cuidado Digno y Trabajo Propio de las Mujeres. Regidora en el Ayuntamiento de Monterrey (2021-2024). Coordinadora de la Comisión para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres. Impulsando el primer reglamento de acceso a una vida libre de violencia contra las mujeres, y el primer reglamento para el sistema municipal de cuidados, asimismo impulsó la primera Unidad de Igualdad de Género. Egresada en el 2011 de la Licenciatura de Ciencia Política por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM). Maestra en Responsabilidad Social por la Universidad Anahuac del Norte y maestría en Políticas Públicas por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). Su experiencia se ha enfocado en las áreas de Responsabilidad Social, igualdad de género y justicia social. Fundadora de la Fundación Alfonso Ale, A. C., asociación civil que apoyaba a mujeres e infancias en temas de empoderamiento y cultura de paz.