Antes de elegir un Papa, cada uno tiene su agenda

Redacción Animal Político · 25 de abril de 2025

Antes de elegir un Papa, cada uno tiene su agenda

El 6 de febrero de 1922 el arzobispo de Boston, William O’Connell, bajó del tren en la estación Termini de Roma, escuchó las campañas repicando en festejo por la elección del papa Pío XI y supo que había llegado tarde. Como cardenal, tenía derecho a participar en ese cónclave. Pero necesitaba al menos una semana para cruzar el Atlántico y llegar al Vaticano.

Tres cardenales más, entre los primeros que hubo del hemisferio occidental, tampoco alcanzaron a llegar. Debían viajar de Estados Unidos, Canadá y Brasil, pero en ese entonces el lapso entre la muerte de un Papa y el inicio del cónclave era de 10 días.

El plazo era favorable para los cardenales italianos, que eran la abrumadora mayoría del colegio electoral. La rapidez con la que podían reunirse para escoger a su candidato vencía cualquier competencia de otros bloques. De hecho, en ese cónclave de 1922 otros cardenales europeos trataron de aplazar el inicio hasta que llegaran los que viajaban de América, pero los italianos se impusieron y empezaron lo más pronto posible. Ya tenían todo “planchado”.

Así se construían las candidaturas papales hace más de 100 años. Hoy, las maniobras pre-cónclave siguen vivas pero ahora se expresan en las listas de supuestos candidatos que circulan en Internet y los rumores sobre “papables” que en realidad sirven para avanzar agendas particulares. En realidad la pregunta está mal planteada. No es quién será el nuevo Papa sino hacia dónde debe ir la iglesia católica. La diferencia es qué respuesta gana.

Fue a partir de 1922 que se transformó la dinámica de la elección papal gracias a los medios masivos de comunicación. Tras la elección de ese año, O’Connell pidió a Pío XI que cambiara las reglas del cónclave para dar al creciente número de cardenales no europeos más tiempo de llegar a Roma. Asi nació el plazo que permanece hasta ahora, de 15 a 20 días después de la muerte o renuncia del Pontífice. En el siguiente cónclave, en 1939, ya eran frecuentes los vuelos trasatlánticos y cualquier cardenal podía ir a Roma en dos o tres días, pero el plazo ampliado sirvió para que plantaran una narrativa sobre la elección en los medios, pues el auge de la radio y el telégrafo permitía una cobertura en lo más cercano que había al tiempo real.

Fue así como se construyó la candidatura de Eugenio Pacelli, el secretario de Estado. Ante las tensiones en Europa, en la víspera de la Segunda Guerra, la narrativa era la necesidad de un diplomático al frente de la Iglesia. Pacelli fue electo Pío XII en el cónclave más corto de los últimos 200 años.

Con el tiempo, la influencia de los medios de comunicación creció y fue la herramienta esencial para que los cardenales pudieran impulsar sus propias agendas. En el cónclave de 1963, por ejemplo, los electores se enfrascaron en una guerra de narrativas: por un lado los que querían continuar el Concilio Vaticano II, iniciado un año antes, y por el otro los que querían cancelar ese intento de apertura. Ganó la primera facción con Pablo VI, pero el conflicto siguió hasta 1978, cuando Juan Pablo II fue electo. Su posterior identificación como conservador hace difícil creer que originalmente fue electo por el bloque liberal que buscaba contener y neutralizar a los reaccionarios.

El papado de Juan Pablo II duró tanto, que cuando murió en 2005 pocos se acordaban cómo cubrir una elección papal, y nadie sabía cómo se iba a cubrir ésa en particular, por un ingrediente que no existía en 1978: el Internet.

Fue la primera elección de las páginas web y las alertas por correo, y también de la televisión por cable, espacios que se llenaron con listas de candidatos que empujaban distintos grupos. Los que querían el regreso de un italiano hablaban del cardenal Dionigi Tettamanzi, que nunca sacó más de 10 votos. Los que querían ver al primer latinoamericano mencionaban al hondureño Óscar Rodríguez Maradiaga, al brasileño Claudio Hummes, o a Jorge Mario Bergoglio, que a la postre fue quien más votos recibió después del eventual ganador, Joseph Ratzinger.

Ratzinger era una figura tan polarizante que no se consideraba prospecto. Pero los electores tenían otro cálculo. La abrumadora multitud que se congregó en el funeral fue leída por los cardenales como un llamado a mantener la continuidad, y quién mejor que el guardián de la doctrina durante 24 años bajo Juan Pablo II. Ratzinger, oliendo la tendencia, usó la homilía de la misa previa al cónclave para lanzar una condena del relativismo moral y dejar claro que su labor sería protector de la ortodoxia. Los “vaticanistas” dijeron que con un discurso tan rígido, su candidatura estaba muerta. 36 horas después, Benedicto XVI fue electo en cuatro votaciones.

Tras la histórica renuncia de Benedicto XVI, en 2013, la elección papal entró en la dinámica de las redes sociales, de Facebook y YouTube y los teléfonos inteligentes, que estaban en pañales ocho años antes. Otra vez, cada grupo quiso imponer su agenda. El candidato latinoamericano no era Bergoglio, que ya tenía 76 años y se le consideraba de edad avanzada, sino el arzobispo de Sao Paulo, Odilo Pedro Scherer. Pero Bergoglio deslumbró a los cardenales con un discurso sobre una iglesia “auto-referencial”, que se había encerrado en sí misma y debía salir al encuentro del mundo. Los electores se dieron cuenta de que eso era lo que necesitaban en un momento en el que la iglesia estaba consumida por escándalos de abuso sexual de sacerdotes y corrupción en el Vaticano.

Por eso hay que ser cautelosos de las listas de candidatos y de aquéllos que dicen tener las claves de la elección. Ni siquiera el cliché de decir “quien entra Papa sale cardenal” es válido, porque en muchas elecciones un favorito termina electo. Todas las conjeturas y pronósticos son construcciones mediáticas que se despojan de cualquier matiz e ignoran hechos inconvenientes a la conclusión que se quiere presentar.

Por ejemplo, se habla mucho del cardenal filipino Luis Antonio Gokim Tagle, descrito como un “Francisco asiático” y mencionado como fuerte candidato. Pero el que lea un liberalismo en Tagle estará omitiendo que fue promovido a arzobispo de Manila y luego a cardenal por el conservador Benedicto XVI.

De igual forma, la inclusión en varias listas del estadounidense Raymond Burke, destituido por Francisco de un alto cargo en el Vaticano por cuestionar sus políticas, parece más un intento de grupos conservadores de ilusionarse con recuperar el papado, a través de una figura que fue antagónica del difunto Papa. Pero esa ilusión ignora que aun si los electores desean inclinarse por un conservador, difícilmente van a sustituir a un Papa que cambió el suntuoso Palacio Apostólico por la casa de huéspedes del Vaticano, con un cardenal que usa vestimentas eclesiales descontinuadas hace 60 años.

La realidad es que solo los cardenales electores saben qué preguntas se hacen y qué respuestas intercambian entre ellos. El mismo encierro que supone un cónclave, ha cambiado su propósito desde que se estableció hace mil años. Primero fue para incomodar a los cardenales y forzarlos a una elección rápida, pero en el último siglo, con sus estrictas reglas de secreto, ha servido para insular a los cardenales de presiones externas. Y el Espíritu Santo -dijo alguna vez el cardenal belga, Leo Suenens- a veces tiene sus travesuras.