Jorge Avila · 29 de marzo de 2026
Pakistán se encuentra en una posición geopolítica sumamente complicada. El país está atrapado entre la creciente confrontación entre Irán y las monarquías del Golfo, en el contexto de la guerra entre Israel y Estados Unidos contra Teherán. Para Islamabad, resulta especialmente preocupante la posible reacción de Arabia Saudita, dado el pacto de defensa mutua que mantiene con Riad y la necesidad de gestionar su relación con Irán. En este escenario, el gobierno pakistaní opera en un entorno regional sumamente delicado, marcado por la proliferación de conflictos entre sus vecinos y aliados. Por ello, Pakistán ha intentado posicionarse como mediador, consciente de que una escalada que arrastre a los países del Golfo lo colocaría entre los actores más expuestos a sus consecuencias.
Aunque actualmente no existe un conflicto abierto entre Irán y Arabia Saudita, la posibilidad de que se detone es cada vez más tangible. Si bien Riad ha intentado contener los efectos del conflicto y los Estados del Golfo han buscado evitar una confrontación directa, los recientes ataques iraníes contra infraestructura y objetivos en la región, junto con las declaraciones conjuntas emitidas por Arabia Saudita y otros miembros del Consejo de Cooperación del Golfo, evidencian una escalada sostenida de tensiones con Teherán. Es precisamente en este escenario de creciente presión y riesgo de ruptura donde emerge con mayor claridad el dilema estratégico para Pakistán.
A diferencia de otros Estados que pueden inclinarse con relativa claridad hacia uno u otro polo, Pakistán carece de esa flexibilidad. Por un lado, depende profundamente de Arabia Saudita en términos económicos, energéticos y estratégicos; por otro, comparte con Irán una frontera especialmente compleja, así como dinámicas de seguridad fronteriza y estabilidad interna estrechamente interconectadas. A ello se suma la necesidad de evitar una desestabilización regional que tendría efectos inmediatos en su propio territorio y en su entorno más próximo, particularmente en relación con su conflicto en Afganistán.
El principal dilema para Islamabad gira en torno a la firma del acuerdo de defensa mutua entre Pakistán y Arabia Saudita en 2025, el cual establece que un ataque contra uno sería considerado un ataque contra ambos. Aunque en su momento fue presentado como un instrumento de disuasión frente a posibles agresiones, hoy ha adquirido una nueva dimensión en el contexto del conflicto con Irán. Esto se debe a que el aumento de tensiones entre Irán y Arabia Saudita incrementa la posibilidad de que Riad invoque el acuerdo; sobre todo, en caso de un conflicto abierto derivado de ataques iraníes en su territorio, lo que convertiría esta coyuntura en la primera prueba efectiva del pacto de defensa mutua.
La posibilidad de una confrontación más amplia entre Irán y los países del Golfo coloca a Pakistán en una posición particularmente delicada. Por un lado, un alineamiento total con Arabia Saudita podría traducirse en una escalada directa con Teherán, un escenario que Islamabad buscaría evitar a toda costa. Por otro, una postura ambigua frente a un eventual conflicto en el que participe Riad podría erosionar la credibilidad del compromiso saudí-pakistaní con serias repercusiones para la relación entre Riad e Islamabad. De este modo, emerge una paradoja, pues el mismo acuerdo que pretende fortalecer la seguridad pakistaní podría, bajo ciertas condiciones, incrementar su exposición al conflicto. Esto resulta aún más problemático si se considera que Pakistán ya se encuentra enfrascado en tensiones y enfrentamientos persistentes que desembocaron en un conflicto abierto con el régimen talibán en Afganistán.
Y es que el riesgo de un conflicto que involucre a Arabia Saudita no es meramente teórico. Irán ha demostrado su disposición a atacar infraestructura energética en la región del Golfo como forma de respuesta ante la agresión de Israel y Estados Unidos, lo que convierte un conflicto con las monarquías del Golfo en una posibilidad. Esta percepción se ha intensificado tras las reuniones ministeriales del Consejo de Cooperación del Golfo para responder a la actual crisis de seguridad. Si bien países como Qatar y Omán han abogado por la desescalada del conflicto, otros como Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita se reservan el derecho de responder ante lo que perciben como una agresión iraní. De esta forma, en un escenario de escalada bélica en el que se vea involucrado Arabia Saudita, la presión sobre Pakistán para definir su posición sería inevitable.
A esta complejidad se suma la dimensión económica como un factor que profundiza aún más el dilema para Islamabad. Factores como el conflicto con Afganistán, la crisis en Irán, el riesgo de interrupciones en el estrecho de Hormuz y el encarecimiento global de los hidrocarburos han tenido efectos negativos en la economía pakistaní. Si bien Pakistán ha logrado negociar con Irán un acuerdo para garantizar el tránsito de algunos buques petroleros hacia sus puertos, su dependencia de las importaciones energéticas provenientes del Golfo sigue siendo considerable, lo que hace que la estabilidad de estos flujos sea crítica. En consecuencia, la economía pakistaní se vuelve particularmente vulnerable a la situación en el Golfo Pérsico.
De igual forma, la relación económica y financiera entre Arabia Saudita e Islamabad constituye un elemento central para entender las limitaciones estratégicas de Pakistán. Actualmente el país mantiene una deuda de más de 5 mil millones de dólares con Arabia Saudita en la forma de depósitos pagables al corto plazo, que Islamabad busca refinanciar en un crédito a largo plazo de 10 años con tasas de interés más favorables. En conjunto con esto ha solicitado una serie de apoyos que incluye la ampliación del crédito petrolero y mayores plazos de pago; la securitización de remesas de la diáspora pakistaní para fortalecer su liquidez; el respaldo saudí para emitir bonos de deuda en mejores condiciones para acceder a mercados internacionales; diversas líneas de crédito y facilidades comerciales para infraestructura, importaciones y exportaciones; así como una mayor inversión directa saudí y el respaldo para flexibilizar sus metas fiscales ante el Fondo Monetario Internacional. Esta dependencia financiera genera que Islamabad no pueda desairar a Riad en el marco de su acuerdo de defensa mutua.
A la par, para Pakistán, su relación con Irán es estratégica, dinámica y compleja. Aunque en ocasiones está marcada por tensiones, tanto Teherán como Islamabad han buscado mantener e incluso expandir la cooperación en áreas clave. Esta relación se ha vuelto particularmente relevante en el contexto conflicto entre Pakistán y el régimen talibán en Kabul. Ambos países enfrentan desafíos similares derivados de la inestabilidad afgana, incluyendo la presencia de grupos militantes y la porosidad de sus fronteras, lo que ha incentivado una mayor coordinación en materia de seguridad.
De igual forma, ambos países comparten una frontera particularmente compleja en la región de Baluchistán, donde operan grupos insurgentes y redes criminales que desafían la autoridad estatal de ambos países. En este contexto, la estabilidad pakistaní está relacionada en cierta medida con su relación con Teherán. Por lo que una confrontación abierta con Irán no solo implicaría riesgos militares directos, sino que podría detonar una espiral de inestabilidad en esta región, exacerbando conflictos tanto internos como externos que Pakistán ya enfrenta y busca contener.
Más aún, Irán dispone de diversas herramientas de presión indirecta que complican la posición de Pakistán ante un eventual alineamiento con Arabia Saudita en un conflicto. Estas van desde su capacidad para influir en dinámicas regionales, incluido el entorno de seguridad entre Afganistán y Pakistán, hasta su potencial para intensificar tensiones en zonas fronterizas, especialmente a través de permitir que redes y milicias separatistas del Baluchistán pakistaní operen desde territorio iraní, algo de lo que Islamabad ya ha acusado a Irán en el pasado aún cuando el separatismo baluchi es un fenómeno transfronterizo que afecta tanto a Irán como a Pakistán, y grupos como el Frente de Liberación de Baluchistán, el Ejército de Liberación de Baluchistán y Jaish al-Adl operan en ambos lados de la frontera, realizando ataques contra los dos Estados. En este escenario, si Teherán retira su colaboración (ya sea por el propio conflicto que vive o como represalia contra Islamabad) en contener a las milicias baluchis, se facilitaría una escalada de inestabilidad en Pakistán.
En este contexto, Islamabad ha optado por una estrategia basada en posicionarse como un posible mediador en el conflicto. Pues, para Pakistán, el escenario es reducir las tensiones entre Irán o Arabia Saudita. En este sentido, el gobierno pakistaní ha orientado sus esfuerzos hacia promover una desescalada del conflicto entre Estados Unidos e Irán, bajo la premisa de que una disminución en esa confrontación contribuiría directamente a relajar las tensiones entre Riad y Teherán. Así, Islamabad, evitar estar en medio de un conflicto entre su socio y su vecino.
No obstante, la viabilidad de esta ambigüedad depende de un factor que Pakistán no controla: el comportamiento de Irán y Arabia Saudita. En un escenario de escalada limitada, Islamabad podría seguir navegando entre ambos polos, ajustando su posición según evolucione el conflicto y probablemente busque mantener su neutralidad aún frente a su acuerdo de defensa mutua con Arabia Saudita. Pero si la confrontación se intensifica y adquiere una dimensión de conflicto abierto entre Riad y Teherán, las presiones para Islamabad serián mucho mayores.