Joel Aguirre · 27 de agosto de 2026
Por Óscar Arias*
Hay edades que se anuncian en el espejo y otras que se anuncian en las estadísticas. Durante mucho tiempo, México tuvo la costumbre de pensarse como un país joven. La imagen no era del todo falsa: una enorme proporción de la población estaba formada por niños, adolescentes y adultos en edad de trabajar. La pirámide demográfica tenía la forma tranquilizadora de una montaña que parecía no terminar nunca de ensancharse en su base.
Pero las pirámides también se derrumban. México está envejeciendo, y lo está haciendo con una velocidad que quizá todavía no hemos aprendido a imaginar. Las proyecciones más recientes de población estiman que alrededor de 17.1 millones de mexicanos tenían 60 años o más en 2025, aproximadamente 12.8 por ciento de la población. Para 2030, el Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores anticipa que los mayores podrían representar cerca de 15 por ciento del país; hacia 2070, la proporción podría llegar a 34.2 por ciento. Es decir: dentro de unas décadas, aproximadamente uno de cada tres mexicanos podría tener 60 años o más.
No es una catástrofe. En buena medida, es una consecuencia del éxito. Vivimos más porque hemos reducido la mortalidad infantil, controlado enfermedades infecciosas, mejorado la nutrición, ampliado la cobertura de salud y desarrollado tratamientos que hace apenas unas generaciones habrían parecido milagrosos. La esperanza de vida en México recuperó terreno tras el impacto de la pandemia de covid-19 y alcanzó los 75.5 años en promedio en 2024. Sin embargo, persiste una brecha significativa por género: cerca de 78 años para las mujeres, frente a 72 años para los hombres.
El problema es que vivir más no significa necesariamente vivir mejor. Ahí comienza la conversación verdaderamente difícil sobre el envejecimiento. La medicina moderna ha conseguido prolongar la vida con una eficacia extraordinaria, pero todavía estamos aprendiendo a prolongar aquello que hace que una vida larga sea también una vida autónoma, digna y significativa. Porque envejecer no es simplemente acumular años: es atravesar una transformación biológica, social y cultural que afecta al organismo entero —músculos, vasos sanguíneos, cerebro, sistema inmunitario, metabolismo— y, sobre todo, a la capacidad de conservar la independencia.
Los datos mexicanos son elocuentes. La Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México, ENASEM 2024, encontró que en el país había 32 millones de personas de 50 años o más. Entre ellas, 41.5 por ciento vivía con hipertensión y 25.5 por ciento, con diabetes. Además, 9.3 por ciento reportó al menos una limitación para realizar actividades de la vida diaria.
Pero hay otra cifra que debería obligarnos a mirar el envejecimiento de una manera menos individualista: 35 por ciento de las personas de 50 años o más cuidaba a menores de 12 años o a personas adultas enfermas o con alguna discapacidad. Entre las mujeres, el porcentaje alcanzaba 43.8 por ciento, frente a 25.1 por ciento entre los hombres.
El viejo no es, por tanto, simplemente aquel que necesita cuidados. Con frecuencia es quien cuida. Esta paradoja desmonta buena parte de nuestras ideas sobre la edad. Envejecer no significa necesariamente abandonar la vida productiva y convertirse en una carga familiar. Muchas personas mayores continúan trabajando, cuidando nietos, sosteniendo hogares, participando en sus comunidades y transfiriendo conocimientos que no aparecen en ninguna cuenta nacional.
El problema es que nuestra sociedad sigue organizándose como si el envejecimiento fuera una anomalía. Pensamos las ciudades para quienes pueden caminar rápido; el transporte, para quienes pueden subir escalones; las viviendas, para cuerpos sin limitaciones; el mercado laboral, para personas que comienzan su jornada con 20 años de edad biológica. Y, durante décadas, hemos imaginado la familia como una red de cuidados prácticamente infinita.
Pero ninguna familia es infinita. Tampoco lo es el cuerpo. Una de las consecuencias menos visibles del envejecimiento es precisamente que transforma la relación entre las generaciones. Cuando aumenta la esperanza de vida y disminuye la fecundidad, una misma familia puede contener simultáneamente bisabuelos, abuelos, padres, hijos y nietos. El cuidado deja entonces de ser un episodio excepcional y se convierte en una estructura permanente de la vida.
México tendrá que aprender a cuidar a sus viejos al mismo tiempo que aprende a cuidar a quienes los cuidan. Y la desigualdad vuelve todo esto mucho más complejo. En 2024, según el Sistema de Información de Derechos Sociales del INEGI, 46.5 por ciento de las personas adultas mayores en zonas urbanas contaba simultáneamente con acceso a servicios de salud y con ingresos provenientes de jubilación o pensión iguales o superiores a la línea de pobreza por ingresos. En las zonas rurales, la proporción era apenas de 16.3 por ciento.
Treinta puntos porcentuales separan dos maneras muy distintas de envejecer. Porque no existe una sola vejez mexicana. Está la persona que llega a los 70 años con una pensión, vivienda propia, servicios médicos y una familia cercana. Y está quien llega a la misma edad después de toda una vida de trabajo informal, sin ahorros suficientes, con una enfermedad crónica y dependiendo de otros para desplazarse.
Ambos tienen 70 años. Pero biológica, económica y socialmente habitan países diferentes.
La pensión universal ha modificado una parte importante de esta realidad. Para mediados de 2025, alrededor de 13 millones de personas mayores de 65 años eran derechohabientes de la Pensión para el Bienestar, con un apoyo de 6,200 pesos bimestrales. Es una transformación importante de la protección social, pero no resuelve por sí sola el problema del envejecimiento. Porque el dinero puede comprar alimentos, medicamentos o transporte. No puede sustituir una articulación de la cadera. No puede levantar a una persona de la cama. No puede acompañarla durante una noche de confusión. No puede reemplazar a una hija agotada después de cuidar durante diez años a sus padres.
El envejecimiento nos obliga, entonces, a ampliar nuestra definición de salud. No basta con preguntar cuánto vive una persona. Hay que preguntar cuántos de esos años puede vivir sin depender de otros para las tareas fundamentales; cuántos conserva movilidad; cuántos mantiene capacidad cognitiva; durante cuántos puede decidir por sí misma dónde vivir, qué comer, con quién relacionarse y qué hacer con su tiempo.
En otras palabras: no deberíamos medir solamente la longevidad. Deberíamos medir la autonomía.
La biología tiene aquí una lección incómoda. Envejecer no es una enfermedad que pueda curarse con una pastilla. Es el resultado acumulativo de procesos que comienzan mucho antes de que aparezcan las primeras canas: daño celular, alteraciones metabólicas, inflamación crónica, cambios en la reparación del ADN, pérdida de masa muscular y modificaciones progresivas de los sistemas que mantienen el equilibrio interno del organismo.
Por eso, el envejecimiento comienza mucho antes de que nos consideremos viejos. Quizá uno de los errores más profundos de nuestra cultura consiste en imaginar que la vejez comienza a los 60 o a los 65 años. Las instituciones necesitan establecer edades administrativas; la biología no.
Un cuerpo de 65 años no es simplemente un cuerpo de 30 con 35 años adicionales. Somos organismos históricos. Cada cuerpo contiene una especie de autobiografía molecular de su propia existencia: alimentación, actividad física, enfermedades, contaminación, estrés, sueño, infecciones, accidentes, hábitos y circunstancias sociales. Envejecer es, entre otras cosas, cargar con la historia de haber vivido.
Y esa historia no se distribuye equitativamente. Por eso, hablar del envejecimiento exclusivamente como un problema médico sería insuficiente. También es un problema de vivienda, transporte, trabajo, urbanismo, pensiones, educación y justicia social.
El país que envejece tendrá que construir banquetas que puedan recorrer los cuerpos que ya no tienen 20 años. Tendrá que diseñar hospitales capaces de atender múltiples enfermedades simultáneamente. Tendrá que formar cuidadores y adaptar viviendas. Tendrá que pensar en empleos para personas que desean o necesitan seguir trabajando. Tendrá que combatir el edadismo, esa forma de discriminación que convierte la edad en una explicación automática de la incompetencia. Y tendrá que hacer algo todavía más difícil: aprender a mirar a sus viejos sin reducirlos a viejos.
Porque la edad es una característica, no una identidad completa. Una persona de 80 años puede estar enamorada. Puede escribir e investigar. Puede votar. Puede aprender un idioma. Puede equivocarse. Puede tener deseos absurdos. Puede sentir miedo. Puede ser generosa o insoportable. Puede querer estar sola. Puede querer compañía. Puede seguir haciendo planes.
El futuro del envejecimiento no consiste solamente en conseguir que lleguemos vivos a los 90. Consiste en preguntarnos qué clase de sociedad queremos ser cuando una tercera parte de nosotros tenga 60 años o más. Quizá esa sea la verdadera revolución demográfica mexicana.
Durante décadas construimos un país pensando en los jóvenes porque México era joven. Ahora tendremos que construir otro pensando en todas las edades. Y quizá, al hacerlo, descubramos algo elemental que habíamos olvidado: que hablar de los viejos es hablar de nuestro propio futuro.
La vejez no es el territorio de los otros. Es el país al que, si tenemos suerte, todos llegaremos.♦
*Oscar Arias es decano de Posgrado de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud del Tecnológico de Monterrey. Es médico, científico, autor, editor y mentor especializado en genética del Parkinson, neuromodulación y medicina traslacional.