Paciencia, que todo pasa

blogeditor · 21 de enero de 2022

Paciencia, que todo pasa

Tengo la esperanza de que estos tiempos espesos pronto se transformen en algo más ligero, pero también en algo más resistente. Quiero pensar que la vida nos recorre de tal forma que, al terminarse un episodio así, algo habrá cambiado en nuestro cuerpo y en nuestra forma de pensar. Mientras tanto, me acerco a cualquier rayo de sol, por tibio y fugaz que sea, para enfrentar este clima que cala. Necesito despejarme, darle una dimensión más justa a lo que ocurre y darle una oportunidad a la temporalidad. Ya me lo he dicho antes: paciencia, que todo pasa.

Nicolás cumplirá pronto cuatro años. Me da la impresión de que ha crecido conmigo, más allá de su paso por mi cuerpo, como si tuviese mi edad más la de él, apropiándose de su aprendizaje y del mío. De pronto siento que le sobran mis explicaciones sobre el mundo y sobre lo poco que sé de esta vida; él parece ir un paso adelante con su sabiduría intacta, venida de otra vida, sin espesura de por medio. Nicolás me enseña a ser feliz con sus pocos años, como nunca y como nadie. Ser su mamá es un honor y un privilegio. Pero esta historia no empezó así.

Gran parte de mi embarazo fantaseé sobre mi muerte durante el parto porque pensaba que sería el mejor destino para ambos. Imaginé la escena tantas veces que era incapaz de ver más allá de ese día. No podía pensar en un futuro con Nicolás. Fue un tiempo espeso también. Y tal vez suena injusto, porque tuve la capacidad de gestar a un ser humano sin ninguna complicación, salvo por mis pensamientos. Pero aquí la justicia se la pone una misma sobre el cuerpo. O la injusticia.

Mi embarazo fue un episodio lleno de dudas y de miedo, en el que la mayor parte del tiempo me preguntaba si sería apta para maternar y si encontraría la manera de ser feliz mientras criaba a mi hijo. ¿Alguna vez volvería a ser yo? ¿Habría que sacrificar una pieza de mí para convertirme en madre?

Más o menos a los seis meses de embarazo soñé por primera vez a mi hijo: estábamos recostados sobre la cama, yo lo miraba y él reía a carcajadas. Al despertar supe que no quería morir en el parto. Deseé, más que nunca, conocer a Nicolás, abrazarlo, alimentarlo, acompañarlo y criarlo. La espesura llegaba a su fin conforme se acercaba su nacimiento.

El día que di a luz conocí la calma. A pesar de lo preparados que estábamos, tanto mi psiquiatra como yo, para una depresión posparto, lo único que llegó con Nicolás fue esperanza. Desde entonces, hace casi cuatro años, he aprendido que tener paciencia y tener esperanza no son solo pensamientos, sino órganos que crecen en el cuerpo y que nos ayudan a alumbrar y a saber a qué rayo de sol acercarnos en tiempos espesos como estos, que quizá se transformen en algo más ligero, pero también más resistente. Ya me lo he dicho antes: paciencia, que todo pasa.

@barbarahoyo