blogeditor · 16 de mayo de 2014
Confieso que llegué tarde al culto de True Detective. A diferencia de Breaking Bad y Game of Thrones, series que he seguido en tiempo real, comencé a ver True Detective hace apenas unas semanas, un mes después de que terminara la primera temporada. Caso raro, no sólo porque aprecio y me divierten las nuevas grandes series de televisión, sino porque el tema (crimen, asesinos seriales) siempre me ha parecido irresistible. Leí, por ejemplo, a Thomas Harris mucho antes de que se volviera famoso tras el éxito de El silencio de los inocentes. Ahora no perdono una sola novela de Jo Nesbo. De chico leía a Agatha Christie y, en un ánimo mucho menos morboso, las aventuras de Sherlock Holmes. El caso es que me tardé en entrarle al mundo de Rust Cohle y Marty Hart, los dos personajes creados con destreza singular por Nic Pizzolatto.
La serie, contenida en ocho capítulos (la segunda temporada comenzará de cero, con personajes y trama distintos) es casi una obra maestra. Naturalmente quiero explicar el “casi”, pero empiezo por lo de “obra maestra”. Hace muchos años le escuché a un novelista que respeto explicar que la clave de cualquier obra de ficción está en la voz, no sólo la voz general de la obra sino las distintas voces de los personajes. Sin una identidad clara para cada una de esas voces, la narración pierde fuerza, se diluye. En cambio, cuando el escritor consigue otorgarle una voz atractiva y claramente distinguible a cada uno de los personajes, las probabilidades de que la historia sea atractiva aumentan de manera considerable. Ésa es la virtud principal de Breaking Bad y, me atrevo a decir, lo es todavía más en el caso de True Detective. Pizzolatto viene del mundo de la literatura y aunque ese origen lejos está de garantizar una transición favorable al mundo del guión televisivo, en este caso resulta luminosa. El duelo entre los dos protagonistas de la historia no tiene comparación con prácticamente nada que yo haya visto recientemente en televisión y, francamente, ni en cine. El trabajo actoral de Woody Harrelson y Matthew McConaughey ayuda sobremanera, por supuesto. El ir y venir entre ambos, dos hombres rotos pero obstinadamente humanos, es un mano a mano pugilístico en toda la extensión de la palabra.
La otra clave del éxito para cualquier obra de ficción es la atmósfera. Eso no me lo dijo novelista alguno, pero lo deduzco. En eso también acierta True Detective. El mundo que diseñó Pizzolatto es enteramente verosímil. Refleja el agobio húmedo y caluroso del sur estadounidense y el peligro de los más febriles apegos religiosos. Pero más importante todavía es el retrato notable que hace la serie de la atmósfera, digamos, interior. La relación entre los dos protagonistas -más la irrupción de dos o tres personajes tan complejos como humanos– hacen de la dinámica psicológica de la serie algo digno de O’Neill, si aquel hubiera tenido una disposición más abiertamente perversa. True Detective es, en su mayor parte, una tragedia irresistible.
Y es aquí que llego al “casi”.
Para mí, parte innegable del encanto de la serie tuvo que ver con su coqueteo con temas más cercanos a la tradición literaria de H.P. Lovecraft que a Ellroy (lector: si no ha visto la serie deténgase aquí). Casi desde el principio, True Detective tiró un anzuelo audaz: la idea de que, detrás de los horrendos crímenes que atormentan a Cohle y Hart, hay una fuerza maligna, casi cósmica que se manifiesta a través de la pedestre maldad humana pero, al mismo tiempo, la trasciende. Incluir lo sobrenatural como ingrediente de una serie tan anclada en un mundo eminentemente real es una apuesta valiente y riesgosa porque implica un equilibrio que puede ser insostenible: ¿dónde está la línea entre la maldad humana y esa otra maldad que todo lo ve y lo manipula, esa suerte de “para-maldad”?
Durante varios capítulos, Pizzolatto se salió con la suya. Las alucinaciones de Cohle y las constantes referencias al misterioso “rey amarillo” y a ese sitio/estado de ánimo llamado “Carcosa” hizo pensar a la audiencia (o al menos a mí) que Pizzolatto iba a tener la osadía de darle a la serie una resolución, de nuevo, más cercana al horror cósmico de Lovecraft que a la novela social de Lehane, por ejemplo. Eso hubiera implicado dos cosas: la manifestación de lo sobrenatural y un desenlace sombrío (el ejemplo perfecto es la gran Seven de Fincher). Al final, Pizzolatto no hizo ni lo uno ni lo otro. Y aunque, como leí por ahí, “un final feliz no tiene nada de malo”, en este caso me hubiera gustado que True Detective, una serie con un corazón que prometía sombras más largas, se resistiera a la conclusión reconfortante. Es una pena, sobre todo porque los ingredientes estaban ya sobre la mesa. El espectador estaba listo para ese empujón final hacia el abismo. En cambio, Pizzolatto nos dio una lectura binaria –y un tanto ramplona– de nuestro mundo y, peor todavía, del mundo de su serie. Y aunque Pizzolatto no está solo –muchos otros y mejores narradores se han negado a imponerle a sus creaciones un destino cruel– eso no es consuelo. A veces hay que tener los cojones como para abandonar a los personajes dentro de la oscuridad plena, dentro de la pesadilla.