Redacción Animal Político · 2 de diciembre de 2022
En 2008 cofundé una organización para impulsar la participación ciudadana. Las catorce personas que iniciamos el proyecto nos preguntábamos cómo reducir los costos de la participación ciudadana en procesos de decisión pública. Buscamos teoría, creamos metodologías, las probamos, nos equivocamos y corregimos en muchas ocasiones. Creamos modelos sobre cómo reducir los costos de información, de organización y de vinculación que enfrenta la ciudadanía al participar. Capacitamos a cientos de personas alrededor del país: de organizaciones de la sociedad civil, de agrupaciones comunitarias, funcionarios públicos e integrantes de partidos políticos. Nos topábamos siempre con la (des)motivación, con el tiempo y esfuerzo que requiere participar y nuestras metodologías y herramientas no eran suficientes. Reflexionábamos sobre ello, lo discutimos en espacios académicos y en reflexiones con otras organizaciones de la sociedad civil. Nuestra mejor respuesta recaía en los atributos individuales de las personas que participaban y en su propia convicción para impulsar las causas por las que luchaban. Una idea potente detrás de esta conclusión es que los liderazgos existen, no necesariamente se crean. Esa idea cambió para mí profundamente unos años después.
Pasaron 8 años desde que iniciamos la organización hasta que decidimos entrar a temas de incidencia directamente. Hasta entonces hacíamos investigación, capacitación y estrategias de organización e incidencia. Para la incidencia hacíamos estrategia, planeábamos con tanto detalle como podíamos las tácticas que seguiríamos, las alianzas disponibles, los recursos disponibles y los necesarios para lograr los objetivos. La racionalidad, la lógica y las secuencias causales e incrementales de nuestra planeación eran impecables. Algo faltaba.
A finales de 2016 decidí iniciar una nueva organización dedicada completamente a la movilización y a la incidencia. Hablé con colegas de Brasil que estaban impulsando acciones extraordinarias de organización, movilización e incidencia. Fui a verlos para conocer sus herramientas, metodologías y referencias, así como el trabajo que realizaban desde Nossas. Allá me hablaron por primera vez de Marshall Ganz, una amiga de la organización había tomado un curso con él ese mismo año en Harvard: Leadership, Organizing and Action: Leading Change. Me hablaron también de Saúl Alinsky y su libro Tratado para radicales. En la organización mezclaban teoría y práctica, pero la práctica era en particular muy potente. Me explicaron algunos componentes de la metodología de Marshall, pero en realidad en ese viaje recibí un cúmulo de información que tardé varias semanas en procesar. De regreso a México me inscribí en el curso de Marshall Ganz en Harvard para el primer semestre de 2017.
Los planes para iniciar la organización de movilización e incidencia cambiaron cuando estábamos integrando el consejo asesor. Un profesor muy querido, Mauricio Merino, tenía otra idea en paralelo para impulsar un gran movimiento en el país de exigencia colectiva de derechos. El hambre se juntó con las ganas de comer. Decidimos emprender el esfuerzo juntos. Él echó mano de muchos años de experiencia, de reputación, de conocimiento teórico y práctico acumulado en temas de democracia, participación e incidencia, y de la construcción de muchas relaciones de confianza construidas a lo largo de su vida. Además, absorbió el riesgo inicial de invertir en un equipo operativo. Por mi parte, integraría las metodologías y herramientas para la operación, la experiencia en campo y al equipo que había integrado. Decidimos unir esfuerzos e impulsar ese gran proyecto: Nosotrxs. Asumí la dirección ejecutiva de Nosotrxs desde el inicio y decidimos salir públicamente en mayo de 2017.
Mientras planeábamos cómo operaría Nosotrxs, qué causas impulsaría e integra, estudiaba el curso de Leadership, Organizing and Action con Marshall y el equipo extraordinario de Leading Change Network. El curso me cambió la vida. La metodología y su puesta en práctica modificaron por completo la forma en la que entendía la participación ciudadana, la participación política y, sobre todo, la organización comunitaria. No solo eso, cambió la forma en cómo yo me entendía dedicado al activismo y por qué me involucraba en temas sociales. Toda la teoría, las metodologías previas, los métodos participativos, las mejores herramientas de planeación y el mejor diseño de estrategias para la incidencia quedaron a un lado.
La metodología de Marshall Ganz incorpora variantes emocionales e introspectivas profundas y potentes que obligan a entender el porqué hacemos lo que hacemos y, desde ahí, impulsa la acción. Construye confianza y capacidad de acción colectiva desde la empatía, desde la construcción de vínculos y desde la convicción de cada persona para participar en lo público. Desarrolla liderazgo en otras personas al ayudarlas a lograr sus propios propósitos. A partir de reconocer intereses, recursos y valores propios y de otras personas se generan equipos, redes y organización para movilizar recursos y capacidades compartidas. Usé todo lo aprendido en el diseño y operación cotidiana de Nosotrxs.
No comprendí la dimensión hasta que lo puse en marcha en mis relaciones cotidianas, en las conversaciones con el equipo de trabajo, con colectivos de trabajadoras del hogar y con grupos de pacientes que no recibían medicamentos, entre muchos más. No sólo funcionó con estos colectivos, sino que funcionó para orientar el método y el trabajo de Nosotrxs y de todos los colectivos que impulsamos desde 2017. Pedí autorización de Marshall y su equipo para adaptar la metodología en México, compartirla y replicarla tanto como fuera posible, siempre mencionándolo y dándole el crédito total cada vez que la compartimos. Con ella capacitamos a treinta formadores que interiorizaron y han replicado la metodología desde entonces en todo el país y a más de 300 activistas que utilizaron la metodología para organizar colectivos de defensa y exigencia de derechos, en conjunto con la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) y el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED).
No sé si Marshall Ganz dimensiona el alcance de la metodología que lleva casi 60 años ideando, probando y mejorando cada vez más. Aprendió y contribuyó en el movimiento de campesinos liderado por César Chavez en los sesenta. Desde ahí trabajó en movimientos de base y lo combinó con la academia para aterrizar lo aprendido en tantos años. Ideó la estrategia de organización para la campaña presidencial de Obama en 2007 y 2008 y desde entonces se ha dedicado a formar a cientos de generaciones de activistas para potenciar la acción colectiva en el mundo.
Recientemente arranqué un nuevo proyecto con más de veinte personas para impulsar la construcción de un nuevo consenso social para México, desde la construcción de vínculos de confianza y la acción motivada desde la convicción de cada comunidad. No puedo evitar pensar que el método de Marshall eventualmente se convierte en una forma de vida, de planear y de construir nuevas capacidades colectivas. No sólo se multiplica cuando lo compartes, sino que lo llevas contigo a nuevas incursiones personales o profesionales. Me ha enseñado a conectar más con las causas de otras personas, a compartir desde el corazón y a entender que nuestras vulnerabilidades se convierten en nuestra mayor fuerza y en la razón de ser, hacer y estar. El nombre de su libro es un potente llamado a la acción para cada vez que queramos transformar nuestras realidades: sí se puede.