Joel Aguirre · 13 de agosto de 2026
Por Alfonso Rivera Illingworth*
En los últimos años hemos notado el incremento de la generación de productos homogéneos: documentos, imágenes e ideas. Es el resultado del uso de la inteligencia artificial (IA), lo cual se hace evidente cuando recibimos anuncios de eventos o panfletos de ventas diseñados por alguna de las herramientas más comunes, como ChatGPT, o cuando leemos textos que se parecen demasiado entre sí en el estilo de escritura. Ante esta situación surge la pregunta: ¿podemos optar por decir “no” al uso de herramientas de IA en ciertos ámbitos?
Las discusiones teóricas derivadas del uso del internet como una herramienta de propósito general, es decir, que se puede usar para múltiples fines, llevó a algunos pensadores como Evgeny Morozov, a argumentar que no es posible optar por el “no”. Otras discusiones del momento en que las tecnologías relacionadas con los grandes datos (big data) tomaron fuerza, señalaban que era poco el margen de maniobra para poder decir “no”. ¿Es poca o nula la posibilidad de optar por el “no” en la era de la IA como herramienta de propósito general? Vale la pena reflexionar sobre el “no” como un privilegio, las motivaciones, consecuencias y posibles formas de encontrar un espacio para el “no” ante la IA.
Consideraremos el “no” como un privilegio de aquellas personas que tienen acceso a las herramientas de IA y saben usarlas, sin centrarnos en aquellas que no tienen la posibilidad de acceso a la tecnología por distintos motivos. Este privilegio podemos entenderlo mejor si clasificamos el no uso como una decisión propia o ajena. En el primer caso tenemos decisiones derivadas de la resistencia a usar esta tecnología, nos podemos oponer y resistimos a utilizar herramientas de IA, a pesar de tener acceso a ellas. Aquí también están aquellas personas que rechazan usar la IA luego de haberla utilizado. En el segundo rubro vemos a aquellas personas que por una decisión ajena quedan excluidas de su uso a pesar de tener acceso a las herramientas (por falta de recursos económicos), pero también tenemos en esta lista a las personas expulsadas o vetadas —por ejemplo, por su mal uso—. Centrémonos entonces en los que tienen la libertad y potencia para optar por el “no”.
¿Cuáles podrían ser las motivaciones para optar por el “no”? Ya planteamos que esto deriva de un proceso de decisión libre y privilegiado que podemos ligar con la racionalidad del ser humano al ver que hay algo que no funciona como le gustaría, o que podría atentar incluso a nivel de la humanidad. Timnit Gebru y su equipo de ética en Google alegaban problemas ecológicos y medioambientales de los grandes modelos de lenguaje como una de las motivaciones para el “no”. Además, Gebru con su despido de Google y la disolución de ese comité de ética, dejó claro que esta puede ser una motivación clara para los límites o el “no” uso. De la literatura de inicios del siglo XXI identificamos una motivación clásica para dejar la tecnología, “desintoxicarnos”, al sentir que nos hemos vuelto dependientes de ella. De manera adicional podemos incluir motivaciones económicas (costos), género (sesgos algorítmicos), intelectuales (protección al pensamiento), laborales (evitar ser sustituidos), privacidad (proteger nuestros datos), por mencionar algunas, aunque el listado puede incluir todo aquello que se relacione con los elementos que subyacen a las disparidades digitales como causas.
Entonces, una vez motivados, ¿podemos controlar algo al optar por el “no”? Si recordamos que los datos son el combustible de las herramientas de IA, podemos pensar que del lado de la producción indirecta no tenemos casi control de lo que producen estas herramientas una vez que ya tienen nuestros datos. Por ejemplo, si la IA se alimentó de nuestros textos en el dominio público o de nuestros diseños o fotografías, es poco lo que podemos hacer para pedir que se olvide y no sea usado en otras creaciones.
Por el lado de nuestro consumo directo podríamos tener control parcial al estar conscientes de qué herramientas utilizan y cómo usan la IA y nuestros datos; menor control veríamos de aquel consumo indirecto del que es difícil darnos cuenta que se desarrolla. Un mayor control lo podemos tener del lado de la producción directa, al optar claramente por el no uso de herramientas que utilicen IA para generar textos, imágenes, sonidos, decisiones o cualquiera que sea su función; sin embargo, esto requiere tener gran conocimiento técnico y la conciencia de las consecuencias de uso.
No obstante, el privilegio de optar por el “no” puede tener consecuencias que colocan a las personas del lado de las vulnerabilidades digitales, al tomar una decisión de no uso, por ejemplo, al dejarlas sin productos o servicios que utilizan elementos de IA. Más allá de dejarnos del lado de las vulnerabilidades digitales al que decidimos ingresar de manera voluntaria, hemos visto que las personas que optan por el “no” toman una decisión que de manera convencional está vista como “sospechosa”. ¿Por qué teniendo acceso y uso a una tecnología como IA alguien decidiría alejarse de ella?
Estas decisiones que colocan a las personas en los márgenes podrían generar comunidades de protección del conocimiento, originalidad del pensamiento, preservación de la creatividad humana, entre otras, por lo que la desconexión se convierte en un elemento virtuoso para la producción y consumo de elementos generados desde lo humano. Empero, también debemos considerar que esos márgenes podrían convertir a estas personas en “parias digitales” o cobrar las consecuencias de su desconexión, como una forma asocial de existencia en la era de la IA.
¿Tenemos entonces posibilidades de optar por el “no”? La respuesta es que sí, pero con márgenes de acción limitados debido a la ubicuidad de una tecnología como la IA, por lo que debemos de buscar espacios donde podamos optar por el “no” de manera rotunda, al considerar las motivaciones que desde nuestro plano sean válidas. Desde nuestra trinchera podemos fortalecer las opciones al “no” al educarnos en lo que es la IA, sus implicaciones, funcionalidades, beneficios e impactos, además de contar con información clara en productos y servicios, de cuáles son los usos que se tuvo de la IA en cada caso. De parte de las compañías requerimos transparentar las decisiones algorítmicas, con base en las decisiones de política pública orientadas a la generación de normatividad y alternativas que consideren la protección del individuo, pero también de los elementos que como humanidad podemos tener el “no” como un derecho claro ante la IA.♦
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*Alfonso Rivera Illingworth es profesor de tiempo completo en la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno del Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad de México, donde imparte materias de riesgo internacional, prospectiva, instituciones y políticas públicas, entre otras. Su trabajo de investigación se centra en el uso de tecnologías digitales para el desarrollo social y económico, así como la aplicación de herramientas de la ciencia social de datos para entender fenómenos políticos y sociales.