blogeditor · 8 de diciembre de 2021
El acceso a la naloxona es un tema de interés público, ya que se trata de un antídoto útil contra una sobredosis por el consumo de opioides (familia de sustancias que engloba a la heroína, la morfina, el fentanilo y la oxicodona, entre otras). En México su venta está restringida, y muchas personas que mueren por sobredosis no tienen al alcance un remedio que en otros lugares del mundo se encuentra en una farmacia. Debemos cambiar la clasificación de la naloxona para salvar un número importante de vidas humanas, e investigaciones recientes respecto a los contextos de consumo de heroína en la frontera norte de México resaltan esta deuda.
La relación de las sociedades contemporáneas con los opioides es ambivalente. Por un lado, reconocemos en ellos gran valor terapéutico al constituir medicamentos esenciales para controlar dolores intensos o terminales, aliviar la tos, contener episodios de diarrea severa o ser utilizados como anestésicos. Por otro, nos planteamos el desafío de su producción, tráfico ilegal y adulteración, así como la afectación a la salud de quienes los consumen por razones no médicas. Aunque el acceso a medicamentos opioides ha sido calificado como una necesidad global, existe una gran disparidad geográfica y socioeconómica en lo que se refiere a su uso y distribución. Mientras que en varios lugares del mundo enfrentamos una crisis por su uso desmedido, en otros no hay suficientes para el tratamiento mínimo del dolor que los amerita.
El poder de los opioides radica en su efecto de inhibición sobre las funciones de diferentes neuronas del organismo: permiten la reducción en su actividad eléctrica, por lo que producen menos potenciales de acción; es decir, las ralentizan. La transmisión del impulso nervioso se entrecorta y el cuerpo experimenta una suerte de desconexión con el entorno. Esta irrupción en el flujo natural de los impulsos nerviosos provoca una sensación de alivio, porque las señales dolorosas disminuyen. Pero también allí radica su potencial amenaza para la vida: las neuronas del tallo cerebral, que regulan de manera automática la respiración, pueden llegar a la quietud por efecto de los opioides, con lo cual la respiración comienza a ser más lenta y superficial. Las inspiraciones se van espaciando de forma cada vez más prolongada, quedando un influjo de aire lento e insuficiente; tan insuficiente que es incompatible con la vida humana.
Al sufrir una sobredosis de opioides, las personas se tornan pálidas; se les dificulta hablar, moverse y caminar; su cuerpo literalmente se dobla, debido a la debilidad muscular que les impide mantener la verticalidad; vomitan; se les enfría la piel; sus labios adquieren una coloración azulada. Finalmente, la insuficiencia respiratoria hace que el corazón termine por detenerse: no hay suministro de oxígeno y el tiempo es limitado.
Hay un conjunto de estrategias rudimentarias, desplegadas por parejas, familiares y compañeros en el consumo, para evitar que la sobredosis sea fatal: se golpea con mucha fuerza al afectado, se le echa agua fría y en ocasiones se pone hielo en sus genitales; incluso es común que se le inyecte una solución de agua con sal. Sabemos ahora que esta última técnica podría retrasar un poco el tiempo de muerte por heroína y acortar el de recuperación, pero no tiene ningún efecto cuando la sustancia está adulterada con fentanilo (situación cada vez más común).
Ahora, la naloxona, al entrar al organismo, se une como un imán con los receptores específicos que controlan la respiración, pero no los inhibe: sólo desplaza a los otros opioides, permitiendo que las neuronas recuperen su actividad, la respiración se normalice y, con ello, llegue el suministro adecuado de oxígeno a todas las células. Es el mecanismo científico para revertir una sobredosis: el antídoto perfecto. No tiene propiedades adictivas, no altera ni la consciencia ni el ánimo, y no provoca alucinaciones; si una persona está sana y la consume, no le produce nada. Por el contrario, si se suministra a alguien que se encuentra en riesgo de morir por sobredosis —de heroína, por ejemplo—, su efecto es salvífico.
La Organización Mundial de la Salud recomienda el uso de la naloxona como antídoto eficaz para evitar la muerte por sobredosis de opioides, y en muchos países se obtiene sin receta médica. En contraste, en México está mal clasificada como sustancia psicotrópica según el artículo 245 de la Ley General de Salud. El enfoque global en el control de sustancias ha conducido a una suerte de “sobre-control” en este caso: la naloxona no cuenta con ninguna de las características que la harían una sustancia riesgosa y, por consiguiente, su restricción es injustificada.
Urge que se realicen los cambios necesarios para que la naloxona deje de ser clasificada como una sustancia restringida: no hay ninguna razón científica para que esto sea así. En cambio, hay razones humanitarias para garantizar su libre distribución y fácil acceso por parte de quienes pueden encontrar en ella la diferencia entre la vida y la muerte.
* Silvia Cruz Martín del Campo es doctora en Farmacología. Estudió Biología en la UNAM y la Maestría y el Doctorado en el Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav), donde también es investigadora y explora temas relacionados con los mecanismos de acción de drogas, en particular opioides e inhalables. Recibió entrenamiento posdoctoral en el Medical College de Virginia, Estados Unidos. Es colaboradora en el Grupo de Opioides del Seminario de Estudios sobre la Globalidad de la UNAM. David Fajardo-Chica es doctor en Filosofía. Estudió en la Universidad del Valle de Cali, Colombia, y en la UNAM, donde también realiza una estancia de investigación posdoctoral (DGAPA-UNAM) en el Departamento de Psiquiatría y Salud Mental. Colabora con el Seminario de Estudios sobre la Globalidad y el Seminario Universitario de Afectividad y Emociones. Se centra en el estudio interdisciplinario del dolor y el sufrimiento.