Ojalá

Redacción Animal Político · 7 de diciembre de 2024

Ojalá

Aún no amanece. Recorro la sierra Tarahumara en un camión de pasajeros. Creel con sus amaneceres anaranjados de hielo; Cerocahui con sus tumbas capaces de dar vida, sus cruces y sus nogales amarillos; Samachique con su comunidad de artesanas y sus círculos de duelo; Sawé con su yúmari y sus bailes Matachín y Pascol, y Guachochi que no pude conocer, atrincherada con balaceras y toques de queda, se van quedando atrás debajo de tantas estrellas que a ratos dudo si podrán seguir sosteniéndose en el cielo.

Ojalá se cayeran de golpe e inundaran la sierra. Y nos dejaran ver. Ojalá se cayeran todas las estrellas ahí en las comunidades a las que no les llegan el agua ni la luz e iluminaran los trajes rarámuri de noche para ver sus colores brillantes, que parecen sonreír incluso en las circunstancias inclementes en las que viven. Ojalá se cayeran en los pueblos sitiados por el crimen organizado, en esas comunidades a las que, para entrar, se necesita el beneplácito del cártel que las gobierna y nos permitieran ver, con su luz cegadora, los rostros de la gente que ya no quiere, ya no puede estar ahí. Ojalá cayeran de golpe e iluminaran tanto que fuera imposible para gobiernos y ciudadanos hacernos de la vista gorda ante el asedio del crimen organizado, el acceso a las drogas y la precariedad de la vida que habita en muchos de sus territorios.

Ojalá viene del árabe oj y luego Alá, que en cristiano decimos: primero Dios.

Ojalá es nuestra palabra más cercana a la esperanza. A esa esperanza de la que Baruch Spinoza desconfiaba profundamente, una emoción irracional que mezcla el deseo y la incertidumbre, decía, prima hermana del miedo, tan paralizantes los dos. La esperanza que vive en el ojalá es una que espera que las cosas cambien, que -pasmada y detenida- desea con una incertidumbre casi segura de su propio fracaso que algo de pronto suceda y vierta sobre la realidad un final feliz, contra todo pronóstico.

Ojalá y nuestro concepto de esperanza se alejara de la esperanza pasmada e infértil de Spinoza y se acercara a la de Ernst Bloch o a la de Byung Chul Han.

Decía Bloch que la esperanza sin acción es inútil, es un deseo bobo (así no lo dijo nunca), un optimismo ingenuo. La esperanza, sin embargo, no cabe en el yo. Como nos lo recordó Luis de Tavira en un artículo reciente, el yo es el sujeto del desamparo, de la angustia. La esperanza, en cambio, se construye desde el somos.

La esperanza, como el amor, la paz y casi todo lo bueno de la vida, se conjuga en primera persona del plural. Se conjuga, es decir, se actúa, se vive. No se piensa, no se desea. Se ejerce. En primera persona del plural, nosotros, nosotras, ahí vive. Solo ahí tiene cabida, en la acción conjunta. Decía Hannah Arendt que la justicia y la libertad solo viven en la acción colectiva. Ahí vive también la resistencia, ahí reside el último vestigio de dignidad de la ciudadanía.

¿Desde dónde se puede construir ese somos que cimiente la acción colectiva y dé cabida a la esperanza y a la paz?

Solo la iglesia y un puñado de organizaciones de la sociedad civil no se han ido de la Tarahumara. Ahí están, encargándose de la salud, la educación, enterrando a muertos propios y ajenos. Ahí van recorriendo a pie los caminos empinados que los rarámuris han abierto en la sierra con su andar apresurado de ires y venires. Ojalá no se cansen de acompañar, de sostener, de volverlo a intentar. Ojalá no se vayan. Ojalá sigan ahí, tratando de entender, de resistir con ellos, de abrir nuevos caminos, de imaginar futuros. Ojalá sigan alzando la voz. Ojalá que el nosotros que han logrado construir ahí, vulnerable y necesitado como todos los nosotros, nos contagie.

Ojalá que ese nosotros contagiado alcance para el amor y el amor para las fuerzas y las fuerzas para resistir y la resistencia para la acción colectiva y la acción colectiva nos sacuda del marasmo y logre transformar la realidad. Porque si no alcanza, si no somos capaces de construir un nosotros sobre el que finquemos la esperanza conjugada, compartida y ejercida, lo que queda, lo que quedaría sería el desamparo.

Contra el optimismo ingenuo, toca ver la realidad. Esto es lo que hay. Hay pueblos desplazados y crimen organizado. Hay gobiernos negligentes (en el mejor de los casos) y ciudadanos omisos. Hay desaparecidos y cientos de miles de personas que, debiendo estar aquí, nos han sido arrebatadas. Sería irresponsable y cruel negarlo, eclipsarlo bajo los cielos estrellados de la Tarahumara y sus faldas de colores. Eso hay. Pero también hay esos pequeños nosotros que resisten en la Tarahumara y en tantos otros territorios del país. Esos pequeños nosotros que no se resignan ante la realidad apabullante. Y hay, estoy segura, cientos de miles de yos (ojalá millones) que, para no sucumbir a la angustia de Bloch, necesitan sumarse a un nosotros, a un somos en donde quepa la esperanza.

Dice Byung Chul Han que actuar desde la esperanza no es confiar en que todo saldrá bien: es estar seguros de que actuar tiene sentido, sin importar cuál vaya a ser el resultado. La esperanza, según él, nos eleva contra lo que no debería ser. Y en ese sentido, la esperanza tiene un carácter moral que debería resultarnos irrenunciable.

La esperanza y, en última instancia, la libertad, la paz y la justicia, es actuar porque no podemos darnos permiso de no actuar. Es actuar en conjunto porque solo desde ahí podremos salir del desamparo.

* Ana Paula Hernández Romano (@ensusmarcas) es Coordinadora del Diálogo Nacional por la Paz.