Una ofrenda y un altar

Redacción Animal Político · 3 de noviembre de 2023

A mi abuelo Luis le tomé la mano hasta que nos sacaron de terapia intensiva para desconectarlo. Días antes había tenido un paro respiratorio. Durante el poco tiempo que estuvo en el hospital tuve permitida una visita de quince minutos, pues había que repartir el tiempo entre mi abuela, sus dos hijos y seis hijas.

Ahí, acostado e intubado y yo parada a su lado, en lugar de seguir los consejos de la familia de no llorar frente a él, lo único que pude hacer fue decirle que lo extrañaría mientras a ambos nos corrían las lágrimas por las mejillas. Esa fue nuestra despedida. Cruda, sin mentiras ni deudas.

Mi abuelo decía que yo era su novena hija. Con el tiempo me ha quedado más claro lo que le aportó a mi vida: me hizo sentir una niña amada. Quizá porque lo que yo esperaba de él (de una figura paterna) no era mucho, sólo necesitaba que no se fuera. Y así fue desde el día que nací, cuando me recibió en el hospital junto a mi madre, hasta el día en que su funeral se llenó de flores y coronas. Por primera vez me enfrenté a la muerte. Cruda, sin mentiras ni deudas.

Diez años más tarde, a mi abuela Emma le tomé la mano durante sus últimas horas. Hincada junto a su cama, en su casa, la vi apagarse y fundirse en su sueño hasta que no estuvo más. Las cenizas de ambos las aventamos a un pequeño lago cerca del Nevado de Toluca. De un soplido se fueron. Los dos quedaron suspendidos en el tiempo y en la memoria de quienes les amamos.

Cada año que pasa, alguno de sus gestos se desvanece. He perdido, de manera sutil, el recuerdo de nuestra cotidianidad. Intento recordar sus voces, sus olores, la manera que cada uno tenía de andar por el mundo y hasta sus peculiares formas de hartazgo.

Mi abuela fue más madre que abuela conmigo. Crecí con ella como abuela, como madre, como maestra y como amiga. A ella le tomé la mano hasta el final, no con la intensión de despedirme sino con la necesidad de retenerla. La contención que ella me daba era infinita. E irremplazable.

Con mi abuela descubrí que llevo conmigo una caja de tesoros y herramientas.  Me hizo querer buscar dentro de mí lo que fuese que quisiera encontrar. No la recuerdo, por ejemplo, aplaudiéndome los logros, pero sí acompañándome en mi timidez, riéndose conmigo y enseñándome a reírme de mí.

Estas semanas la he soñado casi diario. A pesar de que cada sueño es distinto, en todos sé que se va a morir. Al despertar, hay un pequeño instante en el que siento alivio por saber que se trata de un sueño. Después me golpea la realidad como una pequeña piedra que cae al fondo de un pozo.

No estoy segura si con el paso del tiempo he idealizado el recuerdo de mis abuelos. Tal vez mi abuela fue sólo una abuela y no la mejor abuela que ha existido en la Tierra. Tal vez mi abuelo fue un hombre común y corriente y no un genio. Tal vez nuestra relación fue un vínculo más para ellos y no la fundación de todo un sistema. Yo qué sé.

Mi abuela no resistía, conquistaba. Hoy, que me cuesta conquistar hasta mis propios pensamientos, nos sueño en su casa que también fue mía, y recuerdo que no vine de la nada, que estoy hecha también de su fortaleza.

En mi corazón llevo una ofrenda permanente para agradecerle haber estado y para pedirle que nunca se vaya, ni siquiera cuando a la muerte me encuentre.

Ilustración del blog de Bárbara Hoyo, Anatomía, que representa la forma de una mujer en tres dimensiones.

@barbarahoyo