Redacción Animal Político · 25 de julio de 2024
Desde 2009, el 8 de junio se celebra el Día Mundial de los Océanos, así establecido por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). El objetivo es llamar la atención a nivel internacional sobre los océanos, su relevancia, sus problemas y sus posibles soluciones. Con sobrada razón el primer Día de los Océanos llevó como lema: El Océano, nuestra responsabilidad.
Esta decisión de la ONU fue resultado de los procesos de consulta sobre los océanos y el Derecho del Mar que se llevan a cabo desde el 2000, en los que se han planteado diversos temas que han enriquecido dichas actividades. Durante muchos años, la ONU recibió información de gobiernos, expertos, científicos y organizaciones sociales sobre las amenazas que hemos cernido sobre el mar.
Hoy sabemos que los océanos constituyen 70 % de la superficie del planeta y que la vida como la conocemos se originó en él; 80 % de los seres vivos dependemos del mar para sobrevivir; los océanos capturan 50 % del bióxido de carbono que se emite en la Tierra, absorbe 90 % del calor y se calienta a menor velocidad que la porción terrestre.
El ecosistema marino mantiene su equilibrio de una forma delicada; todas las especies que lo habitan interactúan con aportaciones esenciales que apenas estamos conociendo. De hecho, conocemos sólo 10 % de los océanos, mientras llevamos siglos de impactarlos con nuestras actividades directas o indirectas, voluntarias o involuntarias, terrestres o marítimas, hasta niveles casi catastróficos que hoy requieren acciones inmediatas.
Por limitaciones de espacio expongo sólo tres impactos del cambio climático y de las emisiones de gases de efecto invernadero que merecen nuestra atención: dos en el Polo Norte y otra en las mares tropicales.
Sabemos que el derretimiento de las masas de hielo en el Polo Norte se debe al cambio climático; el calentamiento de los océanos está mostrándonos graves consecuencias: la pérdida de la masa polar en el Ártico ha provocado que la enorme capa de hielo disminuya de afuera hacia adentro, en una suerte de “encogimiento” que facilitó que se abriera una ruta de paso entre los océanos Atlántico y Pacífico, con lo que las barreras entre los dos mares y sus respectivas especies se fueran perdiendo y hubiera, entre otras cosas, una mayor exposición a enfermedades que eran propias de especies del Atlántico. Es así como se detectó una mayor exposición al virus del moquillo focino de especímenes del océano Atlántico (Phoca vitulina vitulina) en animales del Pacífico (lobos marinos, focas y nutrias) que llegó hasta la costa norte de Rusia, pero también bajó hasta las costas de Canadá. No se conoce bien el impacto en las diversas especies, pero la diseminación en el Pacífico está demostrada.
De la misma manera, el derretimiento y adelgazamiento de este enorme y sólido suelo congelado de más de 300 metros de grosor, llamado permafrost, ha permitido que emerjan virus y bacterias que habían permanecido enterrados durante mucho tiempo. Así sucedió en la Península de Yamal, zona de Siberia donde el derretimiento posibilitó que emergiera un cadáver de reno infectado con bacterias de Ántrax (Bacillus anthracis), se diseminaran las esporas y se reactivaran. Esto resultó en una epizootia mortal en renos; incluso hubo contagios y muerte de seres humanos. Hoy preocupa el hecho de saber que a principios del siglo XX hubo diversos brotes de Ántrax en Siberia que provocaron la muerte de más de un millón de renos, por lo que existen alrededor de 7 000 zonas de entierro de renos muertos por ántrax. Al derretirse el hielo durante las oleadas de calor se prevé que los cuerpos irán emergiendo ya que, debido a la dureza del permafrost, los entierros no son profundos y el riesgo es inminente a pesar de las vacunas.
Los arrecifes de coral son uno de los ecosistemas de mares tropicales más diversos, coloridos y frágiles del océano. Cubren menos de 1 % del suelo marino, pero son el soporte de, al menos, 25 % de la vida marina. Además, están formados por colonias de animales pequeños llamados pólipos que utilizan el calcio y el carbonato para formar su esqueleto y tener una estructura característica que contiene algas —su principal fuente de energía— conviviendo de forma simbiótica.
En un artículo anterior he mencionado los efectos —también impredecibles— de la pérdida de zooplancton en los suelos marinos en las zonas polares debido al sobrecalentamiento del agua de mar, los cuales son el alimento fundamental de ballenas barbadas como la ballena gris.
Un arrecife sano provee refugio y es fuente de alimento para diversas especies; es el centro de una cadena alimenticia compleja. Un arrecife íntegro absorbe hasta 97 % de la energía del oleaje marino, protegiendo las costas de tormentas y tsunamis. Debido al calentamiento del mar, los arrecifes sufren de “blanqueamiento”, lo que significa su muerte y la pérdida de la biodiversidad asociada. Tan sólo desde 2009 se ha perdido 14 % de los arrecifes y con ello toda la vida que depende de ellos.
En un informe de 2018, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático predijo que un calentamiento de 1.5°C provocará la desaparición de entre 70 y 90 % de los arrecifes de coral del mundo. Los científicos advierten que se requiere de una acción drástica para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero que puede llevar a la desaparición de 99 % de los arrecifes del mundo.
Ante todo esto, en un fallo sin precedentes, el 21 de mayo el Tribunal Internacional del Derecho del Mar de Naciones Unidas determinó mediante opinión que se debe considerar las emisiones de gases de efecto invernadero como un tipo de contaminación marina en los términos del Derecho del Mar y que los países tienen, por tanto, obligaciones vinculantes para evitar el daño que se le está haciendo al mar. Esto obligaría a los Estados a adoptar y adaptar sus leyes domésticas en concordancia con los lineamientos del Derecho del Mar y el Acuerdo de París.
Hemos llegado a un límite insostenible que nos confronta. Como humanidad debemos responsabilizarnos del futuro del planeta y voltear hacia el mar. El cambio de paradigma es impostergable. La valoración desde la ética es indispensable para redefinir, desde sus cimientos, nuestros valores, racionalidad y nociones de progreso y desarrollo. Urge revertir el impacto generado por nosotros mismos. Retomemos las consideraciones expuestas por el doctor Alejandro Herrera en el capítulo “Progreso responsable” de su libro Bioética animal, humana y ambiental. Escritos, en el sentido de que se deben dictar normas éticas para la creación y uso de tecnologías que se reorienten al servicio de la vida en su totalidad: “Resulta conveniente no olvidar que viajamos en la misma nave, y que por dondequiera que empiece a hacer agua, su naufragio puede ser evitado más fácilmente mediante el esfuerzo solidario”.
* Yolanda Alaniz Pasini es médica cirujana. Cursó las maestrías en Salud Pública y en Antropología Social, así como los posgrados en Bioética y en Desarrollo Sustentable. Fue profesora de las asignaturas de Epidemiología y Antropología Médica en la UNAM, y de Bioética y Ética Ambiental en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Se desempeñó como secretaria Técnica de las comisiones de Medio Ambiente y Recursos Naturales, tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados, y ha sido observadora y/o parte de la delegación mexicana ante la Comisión Ballenera Internacional y en CITES. Actualmente es consultora para Conservación de Mamíferos Marinos de México.
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