blogeditor · 28 de agosto de 2013
Se cumple medio siglo del histórico “I Have a Dream”, discurso memorable de Martin Luther King. Las celebraciones en Washington serán una ocasión inmejorable para que Barack Obama se refiera a la lucha que, para algunos, alcanzó su culminación con el triunfo del primer presidente afroamericano en el 2008.
Lo curioso es que la presidencia de Barack Obama no se explica sin la distancia que el propio Presidente ha puesto, desde sus épocas de candidato y hasta la fecha, con la figura de Luther King o al menos con el tipo de identidad política que la lucha de King engendró en la comunidad afroamericana. Buena parte del éxito de Obama radica en que, desde muy temprano, decidió que su personalidad pública y privada se alejaría de la indignación que, con todo y su elocuencia poética, encarnaba Luther King y, mucho más, figuras como Malcolm X. Obama construyó su carrera trazando una línea clara: no sería el “angry Black man”, ni siquiera el hombre negro medianamente indignado. Sería, desde el comienzo, “no drama Obama”: el ejemplo mismo de la moderación.
Los políticos afroamericanos previos a Obama, especialmente gente como Jesse Jackson, hicieron de la bandera y la figura de Luther King el corazón de sus respectivos proyectos políticos. Jackson es el ejemplo perfecto. Obsesionado con defender la agenda afro-americana desde la interpretación de Luther King, Jackson se convirtió en un político de nicho, de limitado alcance en el gran escenario nacional. Obama, en cambio, optó por otra identidad, lo que en Estados Unidos se llama “post-racial” pero que en realidad no es otra cosa sino una identidad política “post-Luther King”.
Claro está que Obama se ha referido a la tensión racial en Estados Unidos en al menos un par de momentos durante su campaña y su presidencia. Pero jamás se ha comportado como un “presidente negro” con “A” mayúscula: lejos está de respaldar una agenda abiertamente activista de reconciliación racial, como seguramente habrían querido muchos de sus seguidores en la comunidad afroamericana. En este sentido, pareciera que Obama ha asumido que su sola presencia en la Casa Blanca es, por sí misma, una victoria suficiente, un paso adelante cuyo carácter histórico debe bastar. Es por ello que algunos notables intelectuales afroamericanos le han reclamado lo que interpretan como el temor injustificable a asumir plenamente su identidad racial: esperaban que la llegada de Obama abriera la puerta al debate definitivo sobre el papel del racismo en la historia y la sociedad de Estados Unidos. En cambio han recibido a un hombre cuya cautela a veces les exaspera.
Y quizá tengan razón.
Tres preguntas permanecen en el aire a 50 años de aquel discurso histórico en Washington. ¿Que habría pensado Luther King de Barak Obama y su conducta frente a la agenda afroamericana y la deuda histórica de este país con sus minorías? Y más interesante y dramático aún: ¿Fue el triunfo de Obama realmente un parteaguas -la encarnación del sueño de Luther King- o apenas un virtuoso accidente de la historia? ¿Después de Barak Obama, cuando llegará a la casa blanca el siguiente presidente proveniente de una minoría? Mucho me temo que la respuesta habría entristecido al propio Luther King y a los cientos de miles que soñaron junto a él hace ya medio siglo.