Obama y el jaque de Putin

blogeditor · 11 de septiembre de 2013

Obama y el jaque de Putin

Barack Obama atraviesa por momentos de confusión. Como ya explicaba en este mismo espacio la semana pasada, después de varios meses de dudar sobre la conveniencia de un ataque militar contra el dictador sirio Bashar al-Assad, Barack Obama finalmente decidió intervenir tras conocer los detalles del atroz ataque con armas químicas en los alrededores de Damasco, por allá del 21 de agosto. Desde entonces, el presidente de Estados Unidos se ha dedicado a conseguir el respaldo suficiente para el ataque.

[contextly_sidebar id=”5a52e5a5f6008176cdb28a805419cf95″]Obama ha tenido que convencer a tres públicos distintos y muy complicados: la comunidad internacional, los legisladores estadounidenses y la opinión pública de su país. Con ninguno le ha ido bien. Con los estadounidenses ha fracasado de manera rotunda: a la fecha, no más del 25% de los encuestados en Estados Unidos dice apoyar una operación militar contra Siria. Aún así, es probable que Obama mantuviera cierta confianza en que, una vez que pudiera presentar la evidencia, la opinión pública lo respaldaría. Después de todo, un régimen dictatorial con acceso a armas químicas y una macabra disposición a utilizarlas se acerca  a la definición de la guerra justa. Así las cosas, Obama concentró todo su argumento para ir a la guerra en el hecho incontrovertible y ahora aceptado por el propio gobierno de Damasco: Siria cuenta con un vastísimo arsenal de armas químicas. Con eso en mente, Obama se dispuso a hablarle a la nación el martes por la noche. El discurso sería una detallada explicación del casus belli.

Pero Obama no contaba con el hombre que se está volviendo no sólo una recurrente piedra en el zapato de Washington, sino un adversario maquiavélico y formidable: Vladimir Putin. El presidente de Rusia se adelantó a Obama y, en un golpe maestro, le arrebató su principal argumento para atacar Siria. De alguna manera, Putin convenció a Assad de comprometerse a “entregar” su arsenal de armas químicas y firmar la Convención Internacional para la Prohibición de Armas Químicas (se había negado desde hace décadas). El plan ruso y el anuncio sirio –curiosamente  anunciados en la víspera del esperado discurso de Obama– pusieron en un aprieto imposible al presidente de Estados Unidos. Sin su argumento principal para ir a la guerra, Obama probablemente debió haber pecado de prudente y cancelado su aparición en televisión nacional. ¿Qué caso tenía dar un discurso para explicar las razones de una intervención militar para, en el mismo discurso, anunciar la postergación del voto legislativo para aprobar dicho ataque?

El jaque del ajedrecista de Moscú también obligó a Obama a moderar el tono. En lugar de concentrarse en todas las razones por las que Estados Unidos debe intervenir en Siria, Obama enumeró todos los reparos que ha escuchado –de legisladores y los ciudadanos– para no ir a la guerra. Fue, en suma, el discurso menos persuasivo del gobierno de Barack Obama. Será un milagro si alguien resultó convencido de la urgencia de atacar a Assad después de las divagaciones escuchadas ayer. Habrá quien diga que el discurso de Obama demuestra a qué grado a llegado la complejidad intelectual de un hombre que lo ha estudiado todo –desde San Agustín y Santo Tomás hasta Michael Walzer– cuando se trata de la teoría de la “guerra justa”. Habrá quien diga que lo de anoche fue un despliegue deslumbrante del hombre que fuera Nobel de la Paz. Lo dudo. Aunque confío en la voracidad intelectual de Obama, lo ocurrido ayer no pertenece, me temo, al terreno de la lucidez. Obama está confundido. En Moscú, alguien festeja. Y en Damasco también.