blogeditor · 7 de junio de 2013
Desde la reelección de Barak Obama he pensado que la reforma migratoria depende casi por completo de una variable: la propensión del partido republicano a suicidarse. Me explico. La tendencia demográfica en Estados Unidos no deja lugar a dudas: el voto hispano tiene una enorme relevancia y la tendrá mucho más. Ningún político que pretenda ganar una elección nacional puede ignorar a los hispanos. Mitt Romney aprendió esa lección de la manera más severa posible: no sólo no contempló la importancia del voto latino sino que se dedicó, dadas las exigencias de la derecha, a agredir a la comunidad hispana durante buena parte de la contienda por la candidatura republicana. Al final, el gesto (entre otras cosas, claro) le terminó costando la elección.
Desde entonces, el partido republicano ha emprendido una veloz marcha hacia la moderación cuando se trata de la agenda hispana, empezando con la migración. Por momentos pareció que el partido se cansó de perder y comprendió que la única manera de tener futuro era una reconciliación, con los matices que se quiera, con los hispanos. De ahí, por ejemplo, que hayan elegido como su niño de oro, como el salvador de los valores conservadores, al senador de Florida, Marco Rubio.
Pensémoslo, si prefiere el lector, en términos de una inversión. Durante al menos quince años, los republicanos le han apostado todo al voto conservador. Ha sido una inversión redituable a corto plazo pero torpe a la larga. La defensa a ultranza de los intereses conservadores ha distanciado al partido republicano de demográficos que, con el tiempo, pesarán muchísimo más. Uno de ellos, claro, son los hispanos. Después de lo que ocurrió en la última elección, pensé que los republicanos harían, digamos, cambios en su portafolio de inversiones.
Durante un buen tiempo, parecía que tendría razón. Un número de senadores republicanos apoyaron públicamente la idea de la reforma. Lo mismo hicieron varios asesores conservadores quienes, desde los medios, establecen la agenda del partido. El impulso fue tal que un grupo de legisladores – el llamado “grupo de los ocho” – propuso una iniciativa bipartidista que logró superar las discusiones en comité y ahora se dirige al pleno del Senado. Los republicanos habían privilegiado el pragmatismo antes que el dogma, la inversión a largo plazo antes que los réditos inmediatos. Parecía, en suma, el principio de una reforma histórica.
Y luego algo ocurrió.
En los últimos días, los republicanos han recuperado su apetito por la causa conservadora. Marco Rubio, clave en el proceso, poco a poco se ha ido distanciando de la propuesta legislativa que él mismo ayudó a formular. Un analista experto en el tema me confió que a Rubio le está lloviendo sobre mojado en Iowa, el crucial estado donde se disputa la primera elección del proceso de primarias para el 2016 (Rubio quiere ser presidente). Los grandes donadores conservadores parecen estar descontentos con el joven senador de Florida. Y Rubio, cuyos principios llegan hasta donde comienza su ambición (es político, después de todo), parece estar listo para desconocer su propia iniciativa de ley. Para Rubio, bien vale aquello que dice “más vale aquí corrió que aquí murió”.
A los pies en polvorosa de Rubio habrá que sumar la gran cantidad de enmiendas absurdas que varios legisladores republicanos pretenden agregar a la reforma y que terminarán haciéndola no solo improductiva sino imposible. Y, por supuesto, habrá que tomar en cuenta la creciente hostilidad de la Cámara de Representantes, que apenas el jueves 6 de junio se dio el gusto de aprobar una iniciativa cortesía de Steve King, uno de los grandes enemigos de la agenda hispana, que pretende retirar fondos al programa impulsado por Barack Obama para diferir la deportación de indocumentados de “baja prioridad”, como los famosos “Dreamers”. Además, el Comité Judicial de la misma cámara ha presentado otra iniciativa que, de aprobarse, convertiría a Estados Unidos entero en una suerte de “nación Arpaio”, donde las autoridades locales tendrían libertad para interpretar las leyes migratorias como mejor les plazca y los agentes de migración estarían armados hasta los dientes. En pocas palabras, una campaña nacional de persecución que hace que aquella repugnante propuesta de “auto-deportación” de Mitt Romney parezca un auténtico juego de niños.
Por supuesto, ninguna de las dos joyas de legislación xenófoba tiene futuro: el Senado va a rechazarlas en el momento en que se lea la primera letra. Por desgracia, eso no es lo más importante. Lo auténticamente grave es lo que hay detrás: el cambio de rumbo del partido republicano. Lo que por un instante parecía la vuelta efímera del pragmatismo se ha convertido una vez más en el triunfo de la política más reaccionaria. Los republicanos parecen dispuestos a inmolarse antes que a abandonar a su clientela más peligrosa. Y mucho me temo que la reforma migratoria puede ser una de las víctimas colaterales.