blogeditor · 13 de octubre de 2021
Entre la primera vez que una mujer votó en México y la primera legislatura paritaria en el Congreso de la Unión han pasado 67 años.
La participación política de las mujeres la hemos logrado con base en movilizaciones sociales y con algunas pocas mujeres que lograron llegar al legislativo y, desde ahí, impulsaron una reforma para incorporar en la ley las cuotas de género que en un principio fueron del 70%- 30%.
Las movilizaciones siguieron, y las mujeres que fueron llegando al Congreso abrieron el espacio para otras. Entonces, surgieron las artimañas partidistas para poner candidaturas de mujeres en distritos donde no tenían posibilidades de ganar. Después, llegaron “las Juanitas”, famosa truculencia política para registrar candidaturas de mujeres con suplentes hombres que, en cuanto llegaban al cargo, renunciaban para cederles el escaño a ellos. Para que esto no sucediera, hubo una nueva reforma para evitar el fraude a la ley.
Por supuesto, que esto no hubiera sido posible también sin hombres –a los que algunas no les gusta llamar aliados– pero que es preciso reconocer que, sin sus argumentos y votos, estas reformas no hubieran sucedido.
El hecho es que ya estamos aquí, en 2021 con una nueva exigencia: mujeres con poder en el poder. Que se respete la paridad en las comisiones ordinarias y en la integración de las mesas directivas que son clave en la toma de decisiones es, en síntesis, poder que de nueva cuenta todos los partidos se niegan a compartir con nosotras.
Hasta hoy que vivimos la primera legislatura paritaria, todas las leyes que nos han regido y nos rigen han sido decididas por una mayoría de hombres, es decir desde una perspectiva preponderantemente masculina.
Aunque tenemos la mitad de la representación en las Cámaras, las dirigencias partidistas nos siguen imaginando solo debatiendo temas que nos son propios como el derecho a decidir y la menstruación digna. Sin embargo, las mujeres llegamos para participar activamente en las decisiones sobre causas que nos son comunes, como justicia, energía, clima, impuestos, drogas, movilidad, etc.
Por ejemplo: ¿cómo votarán las diputadas sobre la propuesta de aumento al presupuesto de la Guardia Nacional? ¿Votarán con la línea de sus bancadas? o ¿habrá quienes se distancien para hacer un cambio de enfoque abriendo espacio a los feminismos antipunitivos? ¿Se notará la perspectiva de género en el debate sobre la reforma energética? ¿Nuestras representantes en el Congreso harán caso a las propuestas del movimiento eco-feminista que se niega a seguir apostando por el petróleo?
La expectativa de la lucha que muchas hemos dado por la participación política de las mujeres no es sólo ocupar escaños: se trata de replantear el Estado entero, desde un diálogo que armonice las visiones de género para que juntos, mujeres y hombres, hagamos nuevas reglas.
¡Nunca más un México sin nosotras!