Joel Aguirre · 27 de agosto de 2026
Andrea Serratos E.*
Una vez más, el Día Internacional de la Juventud nos da la oportunidad para sentarnos a reflexionar y a discutir las formas de organización y participación política que tenemos las juventudes en la era digital y en una sociedad globalizada con procesos de transformación acelerada, en donde aún permea una visión de adultocentrismo.
Hoy en día parece que algunas narrativas han cambiado. Ahora es más común escuchar frases como: “Las juventudes no solo somos el futuro, sino que somos el presente” o “No importa que no hayamos llegado a la ‘plenitud’ de la vida adulta, pues ya somos alguien en la vida”. Y aunque las narrativas nos ayudan a imaginar nuevos mundos posibles, en la realidad las estructuras siguen montando obstáculos (nuevos y cada vez más complejos) para nuestro desarrollo pleno en la sociedad y dentro de nuestras comunidades como son la familia, los grupos de amistades y la escuela.
Si bien la ONU estipula el 12 de agosto como el Día Internacional de la Juventud, vale la pena preguntarnos: ¿de qué juventud se habla? Consideremos que conviene hablar en plural, ya que además del lenguaje inclusivo que contiene la palabra, también hablamos de una diversidad de contextos de los que formamos parte, que colocan diferentes necesidades, así como diferentes expresiones de problemáticas culturales y estructurales que nos atraviesan.
Estas reflexiones y preguntas han sido parte de la discusión que se problematiza gracias a compartir espacios con otras juventudes, específicamente en el “Semillero de Paz”, el cual es un espacio de formación política y social basado históricamente en la educación popular y gestionado por el Centro de Derechos Humanos Fray Francisco de Vitoria.
Anteriormente se conocía como “La Escuelita para Juventudes Defensoras”; sin embargo, a partir del año 2022 cambió su nombre a Semillero, pues hablar y accionar bajo la perspectiva de los Derechos Humanos ya no era suficiente, había que añadir el componente de la Construcción de Paz a través de un diálogo intergeneracional, y el ejemplo Colombiano con los semilleros gestados en las universidades fue inspiración.
Actualmente, hace menos de un mes, comenzó “El Semillero de Paz” con la generación #24 en Ciudad de México. A la par y de manera inédita, sucede por primera vez un Semillero en la Ciudad de Oaxaca, que reúne a juventudes de las distintas regiones que conforman al estado y que pudo ser posible gracias a la articulación y sintonía que se logró con las organizaciones de Consorcio para el Diálogo Parlamentario y la Equidad, Oaxaca (Consorcio Oaxaca) y Servicios para una Educación Alternativa, A. C. (EDUCA).
Aunque ambos Semilleros parten de las bases de la educación popular, los derechos humanos y la construcción de paz (en Oaxaca se añadió el eje particular de los feminismos), los procesos son sumamente diferentes, puesto que hablar desde la educación popular de Freire es partir de las experiencias que cada quien tiene, reconociendo que son importantes para construir conocimiento colectivo. Esto último ha resultado un choque cultural con las juventudes que participan, pues en la cotidianidad, generalmente la lectura que se da a las acciones de espacios en donde predomina el adultocentrismo, nos ha hecho introyectar y normalizar la idea de que parece que solo somos escuchadas y tomadas en cuenta de forma seria cuando se demuestra ante el mundo adulto que tenemos más “experiencia de la que aparentamos por nuestra edad”.
El Semillero, busca fortalecer las capacidades de organización y acción colectiva de juventudes, a través de un espacio de encuentro presencial en donde se reconocen los saberes que cada quien trae y que es indispensable escucharlos para construir conocimiento colectivo.
Con el contexto pospandemia, ahora más que nunca resulta pertinente y necesario seguir construyendo espacios de encuentro fuera de la virtualidad. No se trata de satanizar ni de romantizar la tecnología ni las redes sociales porque ahora son parte de nuestra cotidianidad y han configurado la forma en la que particularmente las juventudes nos relacionamos y nos organizamos.
La comunidad es una necesidad humana, pues somos seres sociales. Recuerdo que en los inicios de la pandemia existía la discusión en torno a si se podía o no generar comunidad en o a través de redes sociales-medios digitales; con el tiempo y la praxis, eso dejó de ser una cuestionamiento y comenzó a normalizarse el poder conectar con una diversidad de personas en el mundo. Y entonces la pregunta ya no era si se podía o no generar comunidad, sino qué tipo de comunidades estábamos creando a través de los medios digitales.
Algunos grupos antiderechos se han aprovechado de los algoritmos y viralidad con la que se expanden los contenidos por el internet para acercarse a las juventudes a través de narrativas que promueven el individualismo, la cultura de la meritocracia y formas de vida aspiracionistas que son discursos convenientes para la legitimidad de un modelo económico que se sostiene en las desigualdades sociales.
Sin embargo, también existen juventudes que han trasladado sus activismos al territorio del internet, colocando narrativas y contra narrativas, enseñándonos que los territorios de disputa ya no solo suceden en la fisicalidad, sino en el terreno de lo digital. Pero ¿de qué manera encontrar un equilibrio entre estos dos mundos (el físico y el virtual) que no nos aleje de seguir creando vínculos significativos a través del encuentro presencial?
Pareciera que cada vez tenemos más miedo de encontrarnos en un espacio físico común, tenemos miedo a equivocarnos, a que nos excluyan. Nuestra salud mental y emocional muchas veces está deteriorada y creemos que esas vivencias son nuestra responsabilidad, pero al estar insertas en un contexto socio-político-cultural, lo que vivimos de manera personal no está aislado de lo que sucede a nivel global, y esa reflexión ha sido constantemente compartida en El Semillero, porque al final descubrimos que sí tenemos intenciones de incidir en nuestros contextos para tener una vida con mayor justicia en diferentes ámbitos.
Como mencioné antes, somos seres sociales, nuestro encuentro es a través de la mirada y el contacto con “un otro”; y aunque nombro al Semillero como un ejemplo de espacio en donde podemos converger y construir en colectivo, existen muchos otros espacios en donde las juventudes buscamos reaprender a organizarnos bajo las condiciones del contexto actual, identificando que modelos que se han replicado en generaciones anteriores ya no nos hacen sentido o no son funcionales para las exigencias de la reestructuración que nos marca el mundo global.
Esta reestructuración (alineada con valores desde el adultocentrismo, el patriarcado y el capitalismo) etiqueta a las juventudes como personas incomprendidas. ¿Es incomprensión o es la incapacidad mutua que hemos tenido para tejer diálogos intergeneracionales? Esta pregunta se ha hecho presente en diferentes espacios de discusión, como los foros sobre “La construcción de paz en México, frente a un nuevo orden mundial”, que promueve la Alianza Ciudadana por La Paz.
Pero incluso en espacios en donde parece que se llega a avanzar en un encuentro (y ya no digo diálogo) intergeneracional (como en la academia o espacios políticos), difícilmente hemos encontrado el poder trascender de forma sostenible a la construcción de acciones en conjunto (entre diferentes generaciones) para que las nuevas ideas o nuevas formas de organizarse colectivamente (nuevas metodologías) tengan cabida.
El contexto actual nos exige imaginar para construir nuevos modelos de articulación, de relacionamiento y un primer paso pueden ser espacios de formación política (separando lo político de lo partidista) y de fortalecimiento del pensamiento crítico, pero ¿de qué manera deconstruir para reconstruir la forma en la que estamos leyendo y accionando ante el mundo las diferentes generaciones, para articularnos en un bien común? No es sencillo y es un reto en donde la participación y escucha activa real es necesaria para poder escucharnos desde las diferencias y encontrar comunes, pero también tratando de construir desde las diferencias y ahí es cuando una perspectiva de Construcción de Paz, puede hacer sentido.
Las reflexiones aquí vertidas son inacabadas, pues más bien son una posibilidad para continuar abriendo el diálogo y pensar “en voz alta” desde nuestras diversas realidades, pero no cayendo en un relativismo, sino que nos permitan avanzar en acciones de escucha real, para la articulación de ideas y acciones que promuevan mayor justicia hacia el desarrollo pleno de las juventudes en la sociedad.♦
*Andrea Serratos E. es coordinadora del proyecto “Semillero de Paz”, del Centro de Derechos Humanos Fray Francisco de Vitoria.