Nuevos y viejos colonialismos. Un apunte sobre el caso de Sézane

blogeditor · 11 de enero de 2022

Nuevos y viejos colonialismos. Un apunte sobre el caso de Sézane

En la década de 1920, Josephine Baker, artista afroamericana, triunfó en París. Detrás de ese triunfo estaba una nación que, disfrazando la desigualdad de tolerancia, exhaltó “la animalidad”, el exotismo y la objetivización de Baker, antes que su talento musical y dancístico. A diferencia de otras artistas de su talento, pero no de su color o su origen, Baker debía por contrato cantar semidesnuda y realizar contorsiones que incluían caminar a gatas y mostrar su anatomía.

Antes que Baker, Francia se había “fascinado” ya con “Saartjie” Baartman, la llamada “Venus de Hottentot”, a quien se trató más que como a una persona como a un espécimen de una raza inferior y fue sometida sin su consentimiento a exámenes médicos, evaluaciones físicas y biológicas y a exhibiciones donde esa fascinación se acercaba más al morbo que al encanto.

Este fin de semana, la marca francesa Sézane visitó el mercado de Tlacolula, Oaxaca, para realizar una sesión fotográfica y de video para su nueva colección. Ahí, le solicitaron a una de las mujeres -una adulta mayor- que vende sus productos dentro del mercado, que vistiera una de las prendas de la marca y “bailara”. Por esta sesión, le pagaron la irrisoria cantidad de 250 pesos (alrededor de 10 euros).

Detrás de este hecho está la clara evidencia de que, un siglo después, las nociones colonialistas y de desigualdad persisten y siguen vivas y vigentes. En los últimos años, marcas europeas y americanas como Dior, Isabel Marant, Anthropologie, Inditex (Zara), Mango, por nombrar sólo algunas, han realizado acciones de apropiación cultural al utilizar, sin reconocimiento ni pago, las tramas y diseños de los pueblos originarios no sólo de México, sino de una multiplicidad de naciones africanas, sudasiáticas, de europa oriental y del cono sur. Si antes venían a llevarse el oro, ahora lo hacen capitalizando la creatividad de los mismos pueblos a los que antes despojaron.

Lo hecho por Sézane es otra cara más de esta práctica. Probablemente serían incapaces de realizar una acción similar en un mercado francés, con una marchante francesa, primero, porque la regulación les impediría “contratar” a una connacional sin los mínimos requisitos legales, que empezarían por pagar más de 10 euros por una fotografía y video que probablemente se exploten en todos los medios que pague la marca, pero también y más importante, porque a pesar del entramado de derechos humanos -paradójicamente impulsado en buena medida por los franceses- para ellos, nosotros, los mexicanos y más aún, aquellos que tienen rasgos indígenas, no somos sus iguales y seguimos siendo para ellos más que personas, objetos exóticos y props para realzar su estética.

La industria de la moda nunca se ha caracterizado por su ética. La explotación de menores tanto en la publicidad como en la manufactura, el desinterés por las condiciones de trabajo de las maquilas (todas ubicadas en el denominado tercer mundo), el fomento de estándares de belleza homogéneos y en muchos casos irreales, su contribución a la contaminación, el calentamiento global y el desperdicio y ahora, la visibilización -no es que no lo hayan hecho desde siempre- de la apropiación y explotación hacia culturas y pueblos, a las que denominan falsamente “homenajes”, son prácticas de uso corriente en un sector que necesita, urgentemente, cambiar sus métodos y sus objetivos.

En los últimos años, la industria ha pretendido mejorar sus prácticas pero, al mirar casos como el de Sézane que presume tener la certificación B Corporation -una ONG que señala, entre sus objetivos, buscar “transformar la economía global para beneficiar a todas las personas y todas las comunidades”-  no queda claro si se tratan de mecanismos para lavar la cara a las mismas prácticas vía certificaciones de buenas prácticas laborales, ambientales o esfuerzos genuinos para dotar de una nueva columna vertebral a las prácticas económicas. Un caso como el que recién presenciamos ameritaría, al menos,  mecanismos de revisión a la membresía de la marca o bien, a los requisitos que deben cumplir las marcas para obtener esta certificación.

En este contexto, la región no puede ni debe quedarse cruzada de brazos. La exigencia de una nueva ética y del reconocimiento verdaderamente universal de los derechos humanos debe venir precisamente de aquellas latitudes cuya riqueza material, cultural y biológica ha sido expoliada sin miramientos.

Primero, debemos revertir la nociva práctica de permitir en nuestro territorio el abuso de los extranjeros en nombre del turismo y la difusión de nuestra cultura. Aquello que ellos no permiten ni para sus connacionales ni en sus países, no debería permitírseles aquí. Segundo, desde el Estado se deben generar mecanismos para prevenir y sancionar estas prácticas, así como herramientas de acompañamiento y respaldo para permitir que todas las personas, especialmente las que pertenecen a comunidades y pueblos indígenas, puedan participar en la economía global en condiciones de igualdad. Tercero, como consumidores, también debemos ser más selectivos y castigar a las empresas que realicen prácticas de apropiación, de explotación o de depredación de cualquier tipo. La noción de comercio justo debe ir mucho más allá de una remuneración adecuada e incorporar el reconocimiento, la cocreación y la colaboración entre iguales. A la estética contemporánea le urge ética. Estamos en el tiempo justo y la hora precisa para lograr un cambio profundo.

* Paula Sofía Vásquez es abogada, diletante y especialista en regulación y políticas públicas.