blogeditor · 5 de diciembre de 2020
“Este país se divide en dos: en los que tienen miedo y en los que tienen rabia”. Guillermo Arriaga. Salvar el fuego.
Medio se juntaron las películas Nuevo Orden (Michel Franco, 2020) y Parasite (Joon-ho Bong, 2019, ganadora del Oscar y múltiples reconocimientos del público y la crítica especializada, algo poco común) en esa extraña tendencia del cine al abordaje simultáneo de un tema particular por parte de varios autores, como en su momento la eutanasia, los dictadores, los genocidios raciales, la explotación diamantera.
El tema común esta vez es la desigualdad social y la emancipación de los de abajo desde todas las trincheras y bien patente del personal de servicio doméstico, harto de sobajarse ante el sometimiento.
Al estilo de El planeta de los simios, en Nuevo Orden y Parasite vemos qué ocurre cuando se invierte el poder y los que estaban oprimidos despliegan su rabia. Resulta que siempre tuvieron sentimientos, solo no se habían podido explayar.
“Llévense mi reloj”, ofrece el amo ingenuo a los jodidos que han invadido su casa en una escena a la altura de las mejores de zombies, donde la película migra del melodrama al terror ya sin retorno. Pero no mi chavo, no alcanza, no es una propina como acostumbras, la deuda es inconmensurable y el ajuste de cuentas al estilo de El cobrador, del inmenso Rubem Fonseca recientemente fallecido.
Esta semana dos pacientes (de psicoterapia) me contaron que les pagaron un trabajo pesado –le invirtieron tiempo y dinero– con un regalo o una comida, así discrecional, con migajas. Trabajos donde ofrecían comisiones a otros proveedores. Ellas eran medio conocidas del contratante en ambos casos, así que la relación laboral quedó ambigua, como ancestralmente le ocurre al personal de servicio, y les pagaron con gorgojo. Qué frustración e impotencia reportaban las dos, no supieron reclamar, mujeres curiosamente, a varias se nos complica cobrar. Lo mismo el personal de servicio doméstico. Ya mujer y trabajadora de servicio, lo “más bajo” del escalafón.
Qué habrá pensado Michel Franco al ver Parasite, “sí, sí, exacto eso, espérenme, yo también tengo algo que decir al respecto, ya viene mi película”.
A MÍ me dio coraje, porque tengo en mente un cuento de terror desde hace mucho y ya casi no me dejaron nada sin decir. (Supongo que todos traemos el asunto latente, no se puede soslayar):
Un día cualquiera –de la antigua normalidad, el viejo orden– hijos y maridos salen de casa a la escuela y el trabajo. Las señoras no van a ningún lado, son retenidas, si pensaban salir las regresan discretamente por la fuerza.
El personal de servicio doméstico de un edificio de lujo –empleadas de la limpieza, cocineras, cuidadoras, choferes y vigilantes– se organizan para secuestrar a las amas de casa. Las juntan en el salón de fiestas a punta de pistola y amenazas. Les quitan sus teléfonos y cierran el acceso al edifico.
Un chofer asume el mando, es el capo mayor. “Vamos a hacer unas dinámicas”, explica, “pero Felipe”, ruega su patrona, “Felipe ni madres, vieja puta güevona”, le espeta su empleado de confianza, “júntate con las demás, cabrona”.
El contingente ha organizado una dinámica mortal. Las señoras serán puestas a competir por su vida haciendo labores domésticas. Primera actividad, tienen que hacer arroz. Morirá la que lo haga peor, los empleados sublevados son los jueces. Siguiente actividad, todas a planchar una camisa, la más incompetente muere; una prueba más, doblar la camisa muy bien para eliminar a otra. Como novela de Stephen King donde le disparan al corredor más lento en una carrera hasta quedar un solo finalista, literal, por eliminación.
Para hacer estas pruebas recorren los diversos departamentos y los profanan todos. En este ambiente siniestro de venganza y humillación –las empleadas de servicio les gritan a sus (ex)jefas lo inútiles e insoportables que son, les escupen, las manosean, destruyen sus cosas–, van eliminando una por una a las “damas de sociedad”. A trapear el suelo y otra exterminada; una salsa bien picosa, huevos a la mexicana y dos menos; tender la cama sin arrugas, “no’mbre, así no comes mi chava”, ¡pum!; a pulir la estufa, limpiar el escusado, secar los vasos sin una sola mancha. “Sírveme vino sin tirar, ahora desmancha mi ropa”. ¡Pum pum pum!
La prueba final cuando quedan dos se le ocurre a Felipe, el mandamás. Tendrán que hacerle a él una felación y solo sobrevivirá la que lo haga mejor, “échenle ganas, como le maman a sus maridos para que les dé el gasto”. Desde luego una de las sobrevivientes es su propia patrona y cuando es su turno la humilla atizándola con un “mámame como a tu amante, puta, vieja caliente, crees que soy un mueble y no me doy cuenta como el cornudo de tu marido, pendejo. Eres una puta cara e infiel”.
Así hasta acabar con todas las “seños copetudas” cuya mayor tortura es la certeza de que el resto de su familia sufrirá la misma suerte, han sido advertidas, sin que ellas puedan evitarlo.
Es más, epílogo cruel, a la última la dejan recibir a sus hijos de la escuela, ver cómo los amedrentan y la matan frente a ellos.
De todos modos -hay niveles de artistas- lo mejor de Nuevo Orden no es cuando se desata el caos sino lo previo, los últimos momentos de inocencia de los ricos, la venganza ya al acecho, cuando declinan el chance de ayudar voluntariamente a un exempleado en aprietos que solicita sus sobras a cambio de salvar una vida. El status quo, la tensión in crescendo.
Como maridaje perfecto, recomiendo el muy ad hoc “Manifiesto” de arranque (primera página, una cachetada sin preámbulos de 1 cuartilla y 1/4 de pura perturbación) de la novela Salvar el fuego, de Guillermo Arriaga, actual premio Alfaguara, año de la nueva normalidad.
“Este país se divide en dos: en los que tienen miedo y en los que tienen rabia…”.