Joel Aguirre · 25 de agosto de 2026
Una estudiante recibe como tarea leer una novela. No abre el libro, encuentra un PDF y le pide a una inteligencia artificial que la resuma, que identifique a los personajes, explique los temas centrales y seleccione las ideas que debería recordar. Después le pide cinco preguntas posibles para el examen y las respuestas. Al día siguiente puede hablar de la novela e incluso obtener una buena calificación. ¿Cómo se define eso? ¿Es lectura?
En 2026 leer puede significar recorrer un libro de principio a fin, escanear un artículo buscando información, saltar entre enlaces, escuchar un texto, buscar una palabra dentro de un documento o pedirle a una inteligencia artificial que procese cien páginas y nos entregue lo esencial. Seguimos llamando “leer” a actividades que no exigen necesariamente los mismos procesos cognitivos.
Esta discusión empezó muchísimo antes de que empezáramos a tenerla relacionada con la inteligencia artificial. En 2008, Nicholas Carr publicó en The Atlantic, “Is Google Making Us Stupid? What the Internet Is Doing to Our Brains”. El autor habla de algo que le pasó: después de años utilizando internet, podía encontrar y recorrer información con una facilidad extraordinaria, pero le resultaba cada vez más difícil permanecer concentrado durante mucho tiempo en un texto y sobre todo, en un libro.
La preocupación de Carr partía de la plasticidad cerebral. Nuestro cerebro se modifica con aquello que hacemos repetidamente. Durante siglos, la lectura lineal y prolongada había ejercitado concentración, reflexión, asociación e imaginación. Internet comenzó a entrenarnos intensamente en velocidad, navegación, búsqueda, selección y cambio constante de atención, scrolling.
Unos años después, Betsy Sparrow, Jenny Liu y Daniel Wegner publicaron en Science “Google Effects on Memory: Cognitive Consequences of Having Information at Our Fingertips”. A través de cuatro experimentos encontraron que, cuando las personas creen que cierta información permanecerá disponible para consultarla posteriormente, tienden a recordar menos el contenido y mejor dónde encontrarlo.
El hallazgo se popularizó como The Google Effect , el Efecto Google, y muchas veces se redujo a una afirmación sencilla: Google nos hace olvidar. Los investigadores describían algo bastante mucho más complejo: los humanos siempre hemos distribuido nuestra memoria. En una familia, una comunidad o una organización no todos necesitamos saberlo todo: sabemos quién sabe qué. Es lo que la psicología denomina memoria transactiva, un sistema de conocimiento compartido en un grupo. Internet comenzó a convertirse en una extensión gigantesca de ese mecanismo.
Algo en el proceso de conocimiento empezaba a modificarse: saber algo y saber cómo encontrarlo comenzaban a disociarse.
En 2018, Maryanne Wolf llevó la discusión al cerebro lector o circuito lector. Neurocientífica cognitiva especializada en lectura, explica en Reader, Come Home: The Reading Brain in a Digital World que los seres humanos no nacimos programados para leer. La lectura, a diferencia del lenguaje oral, es una adquisición cultural. Nuestro cerebro tuvo que construir los circuitos necesarios para poder hacerlo. Después, en una reseña del libro, Doug Lemov en “Forgetting How to Read” habla de la lectura profunda.
Leer profundamente no significa solamente reconocer palabras y comprender frases. Implica inferir, asociar, anticipar, contextualizar, detenerse, regresar sobre una idea y relacionarla con conocimientos anteriores. Esas capacidades se desarrollan mediante la práctica.
Aquí la plasticidad cerebral adquiere una importancia central: el cerebro fortalece aquello que ejercita. Si buena parte de nuestras horas transcurren entre búsquedas, titulares, fragmentos, enlaces y desplazamientos rápidos, desarrollamos extraordinariamente esas habilidades, pero no necesariamente ejercitamos con la misma intensidad las necesarias para permanecer dentro de un argumento complejo. Más que escribir con nostalgia sobre los libros de papel, Wolf propone desarrollar una especie de cerebro lector “bilingüe”, capaz de aprovechar la velocidad y las posibilidades del entorno digital sin perder la capacidad de leer profundamente.
Entonces llegó la inteligencia artificial y volvió a mover la frontera y el debate.
Google podía encontrar información, pero teníamos que procesarla. Podíamos leer superficialmente, saltarnos párrafos o quedarnos con los primeros resultados, pero alguien tenía que abrir el texto, identificar lo importante y construir una interpretación.
Una inteligencia artificial puede hacer parte de ese recorrido por nosotras. Puede localizar un texto, resumirlo, identificar sus argumentos, compararlo con otro, explicar sus diferencias, responder preguntas sobre ambos y producir una síntesis. Con Google comenzamos a externalizar parte de nuestra memoria. Con la inteligencia artificial podemos comenzar a externalizar también partes del proceso de comprensión.
Eso no significa que la IA destruya nuestra capacidad de leer. Puede ayudarnos a acceder a cantidades de información imposibles de procesar individualmente, encontrar conexiones, traducir, contrastar argumentos y ampliar nuestras posibilidades intelectuales e introduce una diferencia fundamental: no todas y todos llegamos a esas herramientas con el mismo equipaje intelectual.
Quien posee conocimientos previos puede reconocer una referencia, cuestionar una interpretación, detectar una inconsistencia, identificar una ausencia y conectar una idea con algo aprendido veinte años antes. Quien carece de esos referentes puede recibir exactamente la misma respuesta y no disponer de elementos para determinar si es extraordinaria, superficial, incompleta o falsa.
Esto nos plantea otra cuestión: ¿qué significa estar alfabetizado en 2026?
Durante siglos la respuesta parecía relativamente clara: una persona alfabetizada sabía leer y escribir. Después incorporamos la alfabetización digital: encontrar información y desenvolvernos con herramientas tecnológicas. Más tarde hablamos de alfabetización mediática: distinguir fuentes, comprender quién produce información, reconocer desinformación y evaluar confiabilidad.
La inteligencia artificial vuelve insuficiente esa definición. Una persona puede saber leer y escribir, manejar perfectamente un teléfono, navegar por internet y formular o copiar instrucciones sofisticadas a una inteligencia artificial y, sin embargo, carecer de los conocimientos necesarios para evaluar lo que recibe.
Puede acceder a información sin saber contextualizarla. Obtener una explicación sin identificar lo que falta. Presentar un argumento sin haber construido el razonamiento que lo sostiene. Incluso, como nuestra estudiante del principio, puede hablar sobre un libro que nunca leyó.
Esto importa particularmente para quienes están aprendiendo hoy. Las generaciones anteriores desarrollaron buena parte de sus capacidades de lectura, memoria y escritura antes de disponer de herramientas capaces de realizar esas tareas. Las nuevas generaciones tendrán que construirlas mientras esas herramientas existan y estén disponibles permanentemente.
Hoy no basta con enseñar a utilizar inteligencia artificial. Tendremos que decidir qué capacidades necesitamos desarrollar precisamente porque existe. ¿Qué información necesitamos conservar cuando prácticamente cualquier dato puede recuperarse en segundos? ¿Cuánta lectura profunda necesitamos practicar para poder movernos después con inteligencia entre fragmentos y resúmenes? ¿Qué conocimientos debemos poseer para reconocer cuándo una respuesta aparentemente convincente es incorrecta? ¿Qué parte del esfuerzo de comprender puede delegarse sin perder la capacidad de comprender?
La historia de las últimas dos décadas muestra que nuestra relación con la lectura ya estaba cambiando mucho antes de la inteligencia artificial. Primero cambió nuestra atención; después, nuestra relación con la memoria; ahora comienza a cambiar también la frontera entre acceder a una explicación y construir nosotras mismas la comprensión.
Quizá por eso leer en 2026 ya no pueda definirse simplemente como comprender palabras escritas. Leer implica navegar y detenerse, encontrar y recordar, acceder y comprender, utilizar herramientas y saber cuándo apartarlas. Significa también contar con suficientes referentes para cuestionar aquello que encontramos.
Esto obliga a replantear incluso nuestras categorías de alfabetismo y analfabetismo. En un mundo de información prácticamente ilimitada, la nueva brecha puede no estar solamente entre quienes pueden acceder al conocimiento y quienes no. Puede estar entre quienes poseen las capacidades para interrogar, relacionar, cuestionar y transformar información en conocimiento y quienes solamente pueden consumir las respuestas que otros —humanos o máquinas— producen.♦