blogeditor · 13 de mayo de 2015
La primera vez que supe de Uber fue en el 2012. El servicio no estaba disponible en México, apenas en algunas ciudades de Estados Unidos. Para quienes seguimos obsesivamente el mundo de internet y sus consecuencias en lo social, la información publicada el 26 de marzo de aquel año en el blog de la compañía era oro molido. Uno de los científicos de datos de Uber, quien se hacía llamar Voytek, publicó un post en el que describía los “rides of glory” (aventones gloriosos). Estos “rides” son aquellos que los usuarios de Uber realizan entre las 10 de la noche y las 4 de la mañana los días viernes y sábado al punto X y de allí toman un segundo viaje en un radio de 1/10 kilómetros del punto de entrega entre 4 o 6 horas más tarde.
Estos datos mostraban ciertos patrones: ocurrían más en fin de semana, en unos barrios más que en otros, con diferencia de género e incluso por fechas festivas: el 14 de febrero era menos probable que en el cumpleaños de la persona. Pero no solo mostraban aquello sino la enorme cantidad de datos que una start up sin regulación alguna podía recabar, usar y comerciar con facilidad nunca vista.
El post generó un escándalo, ¿por qué Uber tenía estos datos? ¿Por qué los hacía públicos? ¿Cómo y para qué estaba manejando esa cantidad de datos? El post fue borrado (una vez más, los obsesivos de internet conocemos cómo verlo, gracias al web archive → aquí) y con una buena campaña de relaciones públicas la compañía restableció la confianza de sus usuarios y se expandió. Años después llegaría a México en donde nuestra modernidad de segundo piso (Carlos Bravo dixit) lo acogió rápidamente.
El pasado noviembre, el portal Buzzfeed publicó una historia acerca de cómo una de sus reporteras había sido espiada por Uber por publicar en su contra. Este escándalo llevó a la investigación del vicepresidente de ventas de la compañía, Emil Michael, por violaciones graves a la privacidad. El Washington Post reportó un caso en el que un aspirante a trabajar en Uber tuvo acceso a todos los datos de los usuarios, pudo ver los viajes de personas que conocía e incluso de políticos. Cuando el periódico preguntó sobre la política de seguridad de datos Uber contestó que “por razones de seguridad (sic)” no podían revelarla.
[contextly_sidebar id=”D5375rBxirLiHfW7RQAjZrS5Sy6qOimi”]Facebook o Grindr o Google lucran con nuestros datos. Mejor dicho, el servicio aparentemente gratis de las plataformas es una forma moderna de explotación/esclavitud invisible de las personas. Recientemente Facebook actualizó su política de privacidad en donde deja claro que si no desactivas tu geolocalización la compañía te seguirá por defecto, que ordeñará todos los datos que terceros den sobre ti, incluidos los de tus contactos telefónicos. Evgeny Morozov dice que: “De hecho, estamos siendo estafados dos veces: primero, cuando entregamos nuestros datos – cuyo resultado termina en la hoja financiera positiva de Google – a cambio de servicios relativamente triviales, y, segundo, cuando esos datos se utilizan para personalizar y estructurar nuestro mundo de una manera que no es ni transparente ni deseable”.
¿Cuál es el futuro de la economía bajo demanda tal como funciona hoy? La respuesta la podemos encontrar en las industrias extractivas del siglo pasado: las compañías de petroleo o mineras. Nosotros somos el petróleo y estos grandes “solucionadores” los extractores. Nuestros datos son una fuente de recursos finita y no renovable, pero las maneras de procesarlos son infinitas.
Como en el caso de las industrias extractivas, en la uberificación del mundo no se juega la comodidad de un segmento privilegiado de usuarios, se juega el Estado y lo público. Una solución en términos de extracción y uso masivo de datos es: 1) Saber con claridad quién, por qué y para qué se usan, 2) tener la opción de que no puedan ser usados pero seguir gozando del servicio, 3) comités de auditoría externa multiactor (sociedad civil, gobierno, comunidad técnica y academia) que por ley tengan esas facultades sobre las empresas.
Unos dirán que “no tienen nada qué esconder”, que Uber puede saber (y sugerir) si tenemos amantes o no, si vamos a tal o cuál lugar, si lo usamos con X o Y frecuencia. Esos patrones dicen más que la información adentro de ellos, pueden dar ideas equivocadas a los actores equivocados: cierto patrón nos podría revelar como terroristas y cierto otro como asesinos. Sin ningún control pronto quedaremos doblemente afectados: primero como esclavos de las compañías que lucran con nuestros datos y segundo como constantes posibles delincuentes. Ahora pensemos en el anonimato que nos da una transacción aleatoria en taxi y pensemos en la libertad que eso tiene como consecuencia.
Los pro uber y anti uber en el fondo coinciden. El problema de los “taxis pirata” (uber también lo es) es la falta de Estado, allí se privatizó lo público y a cambio de la movilización clientelar de un grupo el Estado capituló sus obligaciones. Sumado a lo anterior, Uber tiene otro problema, el de la extracción de datos; en ese caso el Estado no interviene para proteger algo que de por sí protege (la privacidad), dejando a miles de personas al arbitrio de compañías privadas que ignoran el interés público (ya no digamos los Derechos Humanos). La solución a esos problemas de falta de Estado no es su anulación completa sino su presencia activa.