blogeditor · 2 de junio de 2017
Por: Étienne von Bertrab (@etiennista)
El viernes pasado frente a una nutrida audiencia conformada por mexicanos en el Reino Unido y por gente que quiere y se (pre)ocupa por México, dos valerosas periodistas, Lydia Cacho y Anabel Hernández, hablaron del libro The Sorrows of Mexico. Formado por textos suyos y otros de Sergio González Rodríguez, Diego Enrique Osorno, Emiliano Ruíz Parra, Marcela Turati y Juan Villoro, lo debemos tanto a los autores como a la iniciativa de un editor británico, sin la cual el libro no existiría (la versión al español vino después). El diálogo, conducido por Ricardo Luévano de Artículo 19, tuvo lugar en Frontline Club, un icónico lugar resguardo de periodistas que han estado en el frente de guerra, como hoy lo están ambas periodistas y tantos más en nuestro país.
Como podría esperarse muchas de las preguntas del público tuvieron que ver con el porvenir. Una vez que alguien preguntó a las periodistas su opinión sobre el movimiento zapatista y el proceso llevado por el Congreso Nacional Indígena frente a las elecciones de 2018, el tema perduró el resto de la noche. Ambas fueron cuestionadas por sus críticas al movimiento: una insistía en el protagonismo del hombre blanco ‘que escribe bonito’ y la inequidad de género que los rebeldes no concibieron atacar en sus inicios; la otra aseguraba con vehemencia que el movimiento había perdido el rumbo, invalidándolo (a pesar de que, en la misma frase, reconocía no conocerlo lo suficiente). Era notable entre la audiencia el apoyo al zapatismo, y ciertamente no de la forma fetichista como las invitadas sugerían era la naturaleza de la solidaridad internacional a dicho movimiento.
Pero el propósito de estas líneas no es hablar de ellas o de ciertas posturas específicas. En todo caso son admirables ambas y el pueblo de México les debe mucho, así como a tantas mujeres y hombres –famosos y no– que han tratado de revelar o hacer algo sobre la podredumbre que azota a nuestro país. Esta parte del diálogo, sin embargo, me pareció sintomática de algo que considero nos afecta profundamente y que, pese a todo, nos compete a la sociedad reconocer y atender: estamos enfermos de desconfianza.
Mientras que el indiferente, el apático, o quien simplemente no ha encontrado cómo ejercer su ciudadanía plena, se libra de toda crítica, aquél que intenta hacer algo por construir un país distinto la pasa, con frecuencia, bastante mal. Pero no me refiero aquí a la consabida violencia institucional. El ataque a la persona, y con ello las descalificaciones a colectivos y movimientos, son el pan de cada día. Llenan las redes sociales, ocupan las sobremesas y en conjunto alimentan la desesperanza. Los ataques pueden ser de lo más ruin, como los que cotidianamente enfrenta Denise Dresser, o Andrea Noel, esta joven periodista estadounidense víctima de violencia machista en la Ciudad de México y de una revictimización que no cesa, por mencionar tan solo algunos ejemplos conocidos.
Y es que en nuestro país, también enfermo de machismo, las mujeres en la esfera pública o en el barrio se llevan los peores ataques, los más hirientes y salvajes. Pero nadie se libra; vaya, ni quienes se levantaron dispuestos a todo para combatir el despojo a sus pueblos con el grito ‘nunca más un México sin nosotros’. La lista continúa y abarcaría la gran mayoría de colectivos, organizaciones de la sociedad civil, periodistas, activistas, pasando por quienes consideran ser candidatos a gobernar el país con alguna autoridad moral para hacerlo. Nadie que haga algo se libra mientras que el que viaja como pasajero en los procesos de cambio del país se siente con la autoridad para juzgar y denostar, con mayor frecuencia sin elementos o con miradas parciales. Y sucede también al interior y entre organizaciones y movimientos, por supuesto, formando una sociedad civil sectaria, con escasa colaboración y poco músculo.
Ahora bien, la desconfianza es en muchos casos entendible y en otros puede salvar la vida. Resulta difícil imaginar, por ejemplo, el día en que en México nos la creamos que la policía está para protegernos, o que quien gobierna busca servir al país y no servirse de él; muchas mujeres están vivas o han escapado las formas más horrendas de violencia gracias a la desconfianza, ese mecanismo intuitivo de alerta temprana. En la difícil construcción colectiva, sin embargo, el beneficio de la duda no se le otorga a prácticamente nadie, y en los círculos activos juzgamos al otro por su imperfección o por cualquier tropiezo o claroscuro en su historia. Si no se es simultáneamente antisistémico, anticapitalista, feminista, ecologista, libre de toda carga inevitable como el origen social o el color de la piel, entre una larga lista con los matices que cada quien pone, recibiremos, ganado o no, los ataques personales, las descalificaciones, la desconfianza.
Pensar en cualquier tipo de ‘unidad’ en estas condiciones resulta utópico, y ciertamente cada quien tiene el derecho de elegir sus apuestas, inspiraciones, tácticas. Pero si no comenzamos a reconocer el valor del otro en la transformación del país, sobre todo hacia quien tiene orígenes diferentes o busca caminos distintos, no llegaremos ni a la esquina y seguiremos sumidos en este podrido y mortífero lodo, minando toda posibilidad de salida.
Volviendo a Lydia Cacho y a Anabel Hernández, y a tantos periodistas más, gracias por hacer lo que hacen. Sobre el libro – con prefacio de Elena Poniatowska, otra extraordinaria mujer también inmerecidamente atacada – y titulado en nuestro país La Ira de México, léanlo. Y sobre el proceso que los pueblos indígenas de México conducen para conformar la candidatura de una mujer indígena para ‘mandar obedeciendo’, a título personal me declaro entusiasta y entusiasmado y en la coyuntura nacional actual esa será mi apuesta, sin demeritar otros esfuerzos y caminos posibles. Pero mi conclusión, como la de cualquiera, no es lo importante. Lo que esta inacabada reflexión pretende es invitarnos a ser más cautos, a distinguir la crítica de la descalificación, a reconocer que nos necesitamos los unos a los otros, que ninguno sabemos cómo salir del atolladero, pero sobre todo a no perder de vista quién o qué es el enemigo. Ya habrá tiempo para el tejido más fino una vez tengamos un contrato social y una realidad dignas de cuidar y mejorar.
* Étienne von Bertrab es activista y académico (University College London), basado en Londres.