blogeditor · 14 de agosto de 2013
Por: Luis Serra (@luisserra23)
El acalorado debate que se ha dado en las últimas semanas sobre cuál es la reforma energética que necesita nuestro país se ha centrado, por un lado, en convencer a la opinión pública que México enfrenta una verdadera presión energética y, por el otro, en denunciar los supuestos eufemismos utilizados por algunos actores políticos (como “apertura a la inversión privada” y “Pemex no puede solo”) para justificar la necesidad de dicha reforma. A cambio de ello, se dejó de lado una cuestión ajena a pasiones ideológicas, de mayor relevancia para el futuro del país y que sólo fue mencionada de forma tangencial por el Presidente Peña durante la presentación de su propuesta de reforma energética: la seguridad energética de México. Pero ¿qué es la seguridad energética y hacia dónde vamos?
La Agencia Internacional de Energía la entiende como la disponibilidad ininterrumpida de fuentes de energía a un precio asequible, tanto en el corto, como en el largo plazo. En el corto plazo, la seguridad energética se refiere a la capacidad de reacción del sistema a cambios abruptos o desbalances entre oferta y demanda. En el largo plazo en cambio, se refiere a las inversiones necesarias para abastecer energía conforme al desarrollo económico del país y sus necesidades ambientales. Otras definiciones relativamente parecidas son las del Foro Económico Mundial y el Consejo Mundial de Energía. Por su parte, la propuesta del Presidente Peña considera que “se debe aprovechar la disponibilidad de energía primaria en el territorio nacional para lograr la procuración continua, diversificada y económica del suministro energético para ésta y las siguientes generaciones”.
Bajo cualquiera de estas visiones, y más importante aún, dejando de lado tanto las mitologías populistas como las conservadoras, México es un país inseguro energéticamente. La estructura del sector energético en materia de hidrocarburos y en generación bruta de electricidad que diversos gobiernos federales han fomentado no está capacitada para afrontar los retos que se le han presentado y que se agravarán a tasas aceleradas en el próximo decenio:
La opinión pública se hace la siguiente pregunta de manera frecuente: ¿por qué se dice que México tiene un problema energético si se trata de un país con tantos recursos naturales y aún es considerado un país petrolero? Si se apela a pasiones ideológicas las respuestas tienden a ser reduccionistas y, en ocasiones, fantasiosas. Sin embargo, una exploración más a detalle indica que el progreso de nuestro país hacia la inseguridad energética no ha sido trivial. Veamos por qué.
Distintas generaciones de administraciones públicas han mantenido una visión de corto plazo del sector energético mexicano, lo cual por un lado, ha limitado a Pemex a ser garante de las cifras macroeconómicas y de las finanzas públicas del Estado mexicano, y, por el otro, al ser una fuente “segura” de ingresos para el erario público, ha provocado una alta dependencia de los hidrocarburos. Adicionalmente, se ha promovido un portafolio de inversión en hidrocarburos estrictamente basado en criterios financieros, cuyo objetivo ha sido maximizar el monto de crudo extraído en el menor tiempo posible sin considerar el deterioro que dicha práctica ha impuesto en el horizonte de vida productiva de algunos campos, tal y como sucedió con Cantarell. Precisamente este tipo de estrategia de explotación ha fomentado a su vez que los costos de oportunidad de los recursos en hidrocarburos no explotados (343 mil millones de pesos anuales desde 2005) no sean incorporados dentro de la métrica de negocio de Pemex. Finalmente, la capacidad de cambio del sector energético ha sido constantemente frenada por diversos actores políticos de distintas ideologías porque persiste en el imaginario colectivo una asociación de la posesión del petróleo a la defensa de la soberanía nacional.
Estas condiciones han facilitado el agravamiento de las siguientes problemáticas:
¿Hacia dónde vamos entonces? Hacia un México que en 2023 experimentará un desabasto energético, situación que impondrá particular presión sobre la competitividad de la industria nacional ante el nuevo arreglo geopolítico energético. Para evitar tal escenario, México necesita modificar su sector energético; incluso las voces de mayor oposición a la apertura del mismo lo reconocen.
Primero, la administración pública debe generar una visión de largo plazo que libere a Pemex de sus funciones como brazo operativo del Estado y le permita, por un lado, reinvertir sus ganancias de la renta petrolera en investigación y desarrollo, y, por el otro, tener la capacidad financiera para desarrollar la infraestructura necesaria para la distribución del gas natural. Además, la visión del largo plazo exige la creación de un Fondo Soberano –como el Petoro noruego– que efectivamente pueda distribuir los beneficios de la explotación de los hidrocarburos de forma intergeneracional.
Segundo, Pemex necesita de una reorganización estructural que elimine sus problemas de corrupción y que mejore su eficiencia operativa.
Tercero, se tiene que incorporar el costo de oportunidad de los recursos no explotados dentro de la métrica de negocios de Pemex para que ésta sea sustentable y defina un portafolio de inversión basado en las fortalezas de Pemex, esto es, que le permita desarrollar libremente aquellos proyectos en los que cuenta más experiencia y para los que la tasa de éxito es mayor.
Cuarto, el concepto de soberanía nacional se tiene que reconstituir para que deje de estar ligado a la posesión del petróleo; la soberanía nacional tiene que estar ligada a la seguridad energética.
Quinto, precisamente por el punto anterior, debe ser claro para todo planificador social que una verdadera modificación al sector energético en México forzosamente tiene que considerar cambios a la estructura del sector eléctrico, específicamente cambios que otorguen transparencia a la definición de las tarifas eléctricas y permita la expansión y modernización de la red de transmisión.
Por último, la seguridad energética debe estar estrechamente relacionada al desarrollo sustentable, de tal manera que la seguridad energética de México exige una transición hacia fuentes de energía limpias que permitan el desarrollo ininterrumpido de la actividad productiva sin dañar el medio ambiente. Pero, ¿de qué tipo de energías estamos hablando? ¿Gas shale? ¿Energía nuclear? ¿Energías renovables? ¿Por qué tipo de energía debe apostar México? Eso se discutirá en la segunda parte de este artículo, dedicado a la transición energética.
*Luis Serra es Investigador Senior en CIDAC [email protected]